viernes, 9 de noviembre de 2012

24.- Felicidad. Su voz.

Era felicidad. Ella. Estar con ella. Vivir. Por ella. Vipunen se echó sobre la hierba larga y tierna, mirando como Pirausta arrancaba los pétalos de un puñado de flores violáceas. Al rededor de ellos el bosque resplandecía con la luz clara del medio día, acentuando el color vivo de su felicidad. 

  -¿Por qué haces éso?- preguntó entonces el lobo, apoyando el hocico sobre sus patas delanteras.

  Ella sonrió, sin quitar la vista de su labor, dejando caer los pétalos sobre la falda de su vestido.     

-Es para Alan. -   

Al escuchar el nombre del joven aprendiz de la bruja, Alan Goddard, las orejas puntiagudas de Vipunen se irguieron como antenas paralelas.

  -Se las daré a su sirviente, para que las agregue a la hora del baño en el agua. Las flores de malva tienen la propiedad de  tranquilizar y suavizar. Está tan preocupado por todo que no logra darse cuenta del significado maravilloso de estar vivo.-

  Vipunen frunció el ceño.  

-¿Por qué te interesa tanto ese hombre?- se atrevió a preguntar, sintiendo por dentro quemarle el ácido de los celos.   

-Por que tiene un enorme potencial.- respondió cándida, deshojando otra flor.

  -Es sólo un humano.-

  -¿Y eso qué supone? - rió -Las brujas también los somos. Y los lobos como tú son en parte humanos también. -  

-Somos diferentes a ellos.- dijo receloso, incorporándose hasta sentarse.   

  -Todos somos diferentes.-  

-Los humanos...- recalcó él, tornando la vista hacia las copas de los árboles que eran de un verde vibrante. -No tienen respeto por nada en este mundo. Ni por ellos mismo, ni por nadie más.-

  -Es cierto.- la bruja tomó los pétalos de malva entre sus manos y los dejó caer sobre la cabeza de Vipunen. -Y es por eso que nosotros, que podemos ver más que ellos, debemos enseñarles.- 

  -Temo que abusen de ese generoso cariño que tienes para con ellos y te lastimen.-  

-Oh, hay pocas cosas que un humano puede hacer para lastimarme. Y si en algún caso llegará a ocurrir sé que estarás ahí para protegerme, por que así lo prometiste, querido Vipunen.-  

El lobo se dejó abrazar por el cuello, respondiendo mansamente a los mimos que la bruja le hacía.   

Pero él había incumplido su promesa. No había podido evitar que le hicieran daño a Pirausta. Aceptaba su encierro como el castigo que había recibido por fallar a su señora, atado por la eternidad, prisionero. Era justo. Era el sufrimiento de ella lo que le atormentaba.  


Su señora  le había dado su palabra de volver y liberarlo. Entonces, sin importar cuanto tiempo le tomara a ella, él esperaría, ansiando su presencia, que era la única razón que le mantenía con vida. Pero incluso si ella no volvía, Vipunen se sentía bendecido al saber libre a Pirausta. Con su cabeza inclinada en el suelo y constantemente tensada por la cinta irrompible, elevó una plegaria de agradecimiento. La respuesta que obtuvo fue una advertencia terrible de lo que estaba a punto de ocurrir.    






      Vaizack dormitaba. El cielo blanco y brillante que recordaba de su infancia era todo lo que podía evocar su mente. Y de querer moverse tal vez no podría, debido a aquella sensación relajante que le embargaba y que era muy parecido a estar completamente desunido del mundo físico.  

Sabía que no había dormido mucho, y aún así se sentía descansado y ligero.  

Fue el ruido chirriante del teléfono móvil el que lo trajo de vuelta al mundo terrenal. Abrió los ojos lentamente, encontrándose con la luz del sol que lo bañaba por completo. Debía ser por eso que sentía el cielo brillante sobre él. Se levantó de la cama, todavía desnudo, y buscó el teléfono en el bolsillo de la gabardina.

  El que estuviera sonando sólo podía significar que iban a asignarle un nuevo trabajo. El nombre de una nueva presa. Sin embargo el mensaje que recibió le resultó extraño.   

Iniciaba con un saludo general a todos los cazadores, y seguía con la instrucción inesperada y absoluta de cancelar todas las cacerías de licántropos que estuvieran en curso. Se explicaba que a partir de aquel momento quedaba prohibidor matar a un lobo de cualquier tipo y que el objetivo único de todos los cazadores se reducía a un solo nombre: Ajax Ramsley.

 El niño que tenía en casa se llamaba Ajax. Fue el hecho de no saber su apellido lo que le hizo contemplar por un momento la posibilidad de que fuera una coincidencia. Pero los dioses se habían empeñado en unir su camino con el del niño y el lobo tuerto, por lo que todo lo concerniente a ellos nada tenía que ver con las coincidencias. Además, en el mensaje venía un archivo adjunto. Una fotografía que no tuvo que mirar más de unos segundos para constatar que Ajax Ramsley era el Ajax que él conocía.      



  Ajax miró de nuevo hacia el baño, dudoso, mientras se acercaba más a la puerta de la habitación, que seguía cerrada. Lucas le había dicho que se mantuviera lejos de ahí, pero todo se había quedado de pronto tan silencioso que lo único que venía a su mente era la imagen del cuerpo muerto y ensangrentado de su abuelo, y el miedo de que hubiera ocurrido lo mismo con el lobo blanco le caló tan hondo que terminó con su mano sobre la manija, tirando de ella y empujando suavemente y se asomó, pero no alcanzó a ver al lobo blanco dentro de la habitación sucia y desordenada.

  -¿Qué quieres?- escuchó la peculiar voz rasposa que venía de un costado de la habitación, dentro del closet.  

-Ahm... ¿Puedo entrar?-  

-Entra.-  

Ajax terminó de deslizarse dentro de la habitación y se acercó al closet. Dio un paso atrás en seguida en cuanto vio el brillo de la piel blanca del joven expuesta.  

Estaba desnudo, aun que la mata de cabello le cubría toda la espalda, al girarse hacia el niño quedó expuesto de frente.  

Pero Ajax no pareció incomodarse demasiado, era diferente de estar frente a Lucas y además,resultaba más intrigante mirar lo blanco que el muchacho era. El niño estaba seguro de que podía ver las venas color ázul debajo de la piel clara y llena de rasguños frescos. Dentro de todo el color blanco que era su persona, destacaba enormemente la franja roja que atravezaba el cuello del joven.

  -Ah... ¿Tú voz va quedarse así?- preguntó el niño, recargado contra la pared, con las manos en la espalda.  

-No sé.-  

Vaizack no parecía particularmente preocupado por ello. Se giró hacía los estantes donde guardaba sus pequeñas cajas de madera, y extrajo una de las botellitas de cristal y aplicó el líquido que contenía sobre su garganta.

  -¿Para qué haces éso?- preguntó Ajax, que todavía lo miraba con atención.

  -Para que sane más de prisa.-

  -¿Es medicina?-  

-Si.-  

-¿Todas esas cajas tienen botellas con medicina?-

  -Algunas de ellas.-

  -Ah.-  

Vaizack se puso un par de pantalones limpios y se calzó sus pesadas botas.

  -Yo también tengo una.-

  -¿Una qué?-  

-Una botella. Y es mágica.-  


 El joven salió del closet y fue al otro lado de la habitación, donde estaba su gabardina, doblada sobre el piso. Se la puso y al volverse vio que Ajax abría su pequeña valija y rebuscaba dentro de ella.  

Se preguntó cuantas cosas más podía tener escondidas en una maleta tan pequeña.  

Ajax levantó en su mano una botella pequeña de cristal muy claro llena de un líquido azul y lo agitó emocionado frente al joven.

  -¿Es mágica dices? ¿Qué hace?-

  -Ahm... Siempre está fría - Vaizack tomó la botella entre sus dedos y compró que al tacto se sentía helada.

   El agua dentro tenía un color azul intenso, Vaizack la levantó contra la luz de la ventana, mirando a través de ella con curiosidad.  

-¿Qué es?- preguntó ladeando la botellita, dentro de la cual se formaban pequeñas ondas rizadas.  

-Agua.-
  -¿Qué tipo de agua? ¿De dónde la sacaste?- Vaizack tiró del tapón de corcho, pero estaba demasiado bien cerrado.

  -Me la dio mi amiga Harley.-

  El joven continuó jalando del corcho en su intento de sacarlo, pero de pronto se detuvo. Ajax lo miró, y aun que su expresión no decía nada, como era habitual, le pareció que se veía sorprendido.

  Los ojos claros de Vaizack se dirigieron a la ventana, buscando desesperadamente algo con la vista, algo que de todas maneras no podía ver desde ahí, pero que sentía profundamente. Entonces dejó la botella de vuelta en manos de Ajax, se envolvió en la gabardina y se ajustó una bufanda sobre la boca.

  -No salgan hasta que yo vuelva.- dijo y se fue.      
 



Lucas salió del baño sintiéndose mareado. Se había quedado bajo el agua helada hasta casi dormirse. Realmente no le había hecho sentir mejor, pero al menos había podido sacarse de encima el olor del albino.

Y afortunadamente estaba acostumbrado al dolor, o el sólo intentar caminar le estaría matando. La molesta sensación podría haberla disminuido si pudiera fumar uno de sus cigarros, pero claro, no podía por que el lobo el imbécil lobo blanco los había tirado, y pensar en ello hizo que se sintiera aún más irritado hacia él.

Al volver a la habitación encontró a Ajax ahí, y el albino no estaba a la vista. El niño al verlo se encogió ligeramente, como temiendo un regaño de su parte. 

Lucas se limitó a suspirar cansado y echarse sobre la cama.

-El dijo que no saliéramos hasta que regrese.- dijo Ajax, en voz bajita, mirando a Lucas que se había acostado de espaldas a él.

-Nh.-

Ajax, que todavía sostenía la botella de agua azul entre las manitas, la guardó en uno de los bolsillos de sus pantalones cortos y luego dio un paso vacilante hacia la puerta del dormitorio.  
-¿Cómo te sientes?-  la voz de Lucas lo hizo detenerse y mirarlo de nuevo.
  -Bien.-  

-Lamento no haber podido ir por ti anoche.-
  -Estabas ocupado.- Lucas sintió como la voz se acercaba más y más hasta quedar justo detrás de él. -Ese señor... ese señor que te perseguía ¿Te lastimó mucho?-  

-No.-

  El muchacho reconoció el silencio que siguió. El silencio ansioso y espectante de Ajax. Cerró los ojos y disimuló una sonrisa.   -Si quieres decir algo, hazlo, Ajax.-  

-Amh... ¿Estás enojado?-  

-No.- el vago se giró lentamente sobre la cama para mirarlo. -Contigo no.-

  Ajax pareció tomar el valor suficiente para sentarse en la cama. Lucas sólo llevaba pantalones, así que pudo ver  de cerca sus cicatrices y los nuevos rasguños que se había hecho. Incluso alcanzó a divisar aquella tan grande que tenía en el costado y que ese hombre detestable que era amigo de Lucas, le había contado que tenía y que por ahí metían tubos dentro del cuerpo del muchacho.

  No se la había visto antes. Era muy grande. Se imaginó que debía haber dolido horrores. Y el que tendría que haber sufrido todo eso era él, y no Lucas. Entonces tuvo ganas de preguntar si tampoco estaba enojado con él por que el abuelo lo había mandado a aquel lugar horrible en vez de a él. Pero no tuvo tiempo de preguntarlo.  

-No puedo enojarme contigo...- dijo Lucas, recargando la cabeza sobre el brazo. -Me alegra que estés bien. Me preocupé mucho cuando volví y no te encontré en el callejón.-

 -Perdón.- el niño agachó la cabeza y tartamudeó un poco antes de poder decir alguna otra cosa.- Creí...creí que su buscaba al muchacho del pelo blanco él podría ayudarte... por que te estaban persiguiendo. Pero no lo encontré. Había otro... otro hombre lobo...- se mordió el labio inferior con ansiedad y en seguida levantó la cabeza y sonrió. -¡Pero Harley me ayudó!.-    
Pero Lucas no sé enteró. Se había quedado dormido.  




 
El rostro de Goddard era duro, de frente amplia, mejillas hundidas y nariz larga de aletas anchas. Había sido un rostro atractivo cuando era joven, pero ahora Pirausta lo encontraba insoportable, especialmente estando atrapada detrás de él.  

Incluso ahora que la piel parecía haberse alisado y suavizado ahí donde antes lucía arrugas, y las canas del cabello habían desaparecido, y que en las pupilas oscuros, la bruja reconocía su propio brillo, no podía evitar sentir repulsión de estar dentro de aquel cuerpo.

  Entornó los ojos, intentando perder de vista su propio reflejo sobre el cristal del ventanal y fijar la vista en el cielo de la tarde que se iba poniendo más obscura.  

Pensó en Vipunen, atado en el calabozo, debilitado y solo. O peor que solo, condenado a permanecer al lado de Goddard. Entonces ella suspiraba y pensaba que podía soportar estar en ese cuerpo por que era necesario si quería liberar a su lobo, y que aquello no era nada comparado con lo que él estaba pasando. Y quizá peor que habitar el cuerpo de Alan Goddard era el estar tan lejos de Vipunen. Debía ser muy lejos en verdad, pues por más que se esforzaba ella no podía escuchar su voz, a pesar de haber estado llamándole insistentemente.  

-Vipunen.Ten paciencia. He encontrado a alguien que me brindara el medio para para conseguir liberarte-

  -Pirausta.- le respondió él. Era la voz de Vipunen, ahogada y lejana, como un murmullo apenas distinto al ruido de la ciudad que se extendía bajo sus pies. Pero era su voz. Y el pecho de la bruja se agitó lleno de una emoción tan intensa que le resultó dolorosa. Era felicidad.    






    Era su voz. Estaba segura de que la que había escuchado pronunciando su nombre era la voz de Vipunen. No ahí junto a ella, pero en aquel lugar donde él permanecía confinado, él la estaba llamando.  

Sin embargo la voz se desvaneció tan derepente como había aparecido. Pirausta se quedó quieta, conteniendo el aliento, tratando de escucharlo de nuevo. Pero se había ido.  

¿Le echaba tanto de menos que empezaba a imaginarlo?  

Había pasado el último siglo a su lado, no imaginaba lo mucho que le haría falta, lo débil que se sentía lejos de él.
  Un nudo se deslizó por su garganta, mientras luchaba por reprimir el llanto, inclinando la frente sobre el cristal frío.

  Algo se movió en el horizonte. Afiló la mirada tratando de seguir el movimiento de la figura que parecía saltar sobre los edificios. Había llamado su atención por que debía tratarse de una criatura muy grande para poder distinguirla tan claramente a la distancia que estaba, y por que conocía perfectamente el tipo de movimientos que efectuaba. Era la manera en que se movía un licántropo al correr.

  Un licántropo de una blancura inmaculada.  

-Oh, dioses...-  

-Pirausta.-  

Bijou acababa de entrar a la oficina, y se sorprendió al encontrar a la bruja con aquella expresión desencajada.  

-¿Cuántos lobos blancos han encontrado tus cazadores, Bijou LeClair?-

  -Ah. ¿Disculpa?.-  

-¿Cuántos?- preguntó ella levantando la voz.  

-12 en el último mes en toda la zona sureste. Aun que no hemos logrado capturar a ninguno. Y éso te interesa ¿Por qué?-  

-Es demasiado.- musitó ella en una reflexión para si misma, luego miró a Bijou -Una ventana.-  

El ventanal que ocupada gran parte de una de las paredes de la habitación, era de un grueso cristal empotrado a la pared y no podía abrirse.

  -¡Una ventana!¡Aire fresco!- gritó ella. -Consigue una ventana.-

  -Hay una en el baño...-  

La bruja fue hacia la puerta y miró al hombre de nuevo.

-¡Llévame!-

  Bijou la guió hasta el baño al final del pasillo, donde había una pequeña ventana rectangular en la parte superior de la pared.  

-Ahí está.-  

-Sube.-

  El hombre arrugó el entrecejo, sin comprender.

-¿Cómo?-  

-Sube ahí. Ahora. Anda.-

  El obedeció, inseguro, asiéndose de la ventanilla.

  -Sube.- volvió a decir ella, impacientándose.  

Bijou no comprendía de que podía tratarse todo aquello, así que rindiéndose, se colgó de la ventana y asomó el rostro, viendo atra vez del reducido rectángulo, un paisaje gris de paredes.  
-¿A qué huele el aire?- preguntó la bruja. Bijou aspiró. Olía a smog, a concreto, a humedad y basura. Todo a lo que debía oler una ciudad.  

-Pon atención, Bijou LeClair, utiliza el sentido agudo del depredador en que te han convertido.-  
Él gruñó, y alzando la nariz de nuevo, dejó que el aire pasara, envolviéndolo. Seguía oliendo a ciudad, olía las cucarachas dentro del drenaje, el pelo mojado y apestoso de las ratas, la grasa y el sudor de la piel humana, pelo de perro, comida descompuesta, perfumes, gasolina, luego el olor inconfundible e irresistible de un lobo, luego el olor de muchos de ellos, diferentes entre si, pero todos igualmente deliciosos.

Su boca salivó mientras aspiraba a través de la ventana. Luego se detuvo, aturdido.   Estaba seguro de percibir el olor de un lobo, pero resultaba muy particular, era un aroma tremendamente intenso, como si el aire a su al rededor fuera muy pesado, un aroma peligroso.  

-¿Qué es?- balbuceó, sosteniéndose fuerte con las manos sobre las baldosas de la ventana. -Son muchos.-  

El aroma se había multiplicado, podía percibir a una multitud de criaturas con ese aroma espeso, no estaban cerca, aun que no podía precisarlo, ni decir en que dirección se hallaban. El aroma lo golpeaba despiadadamente, embriagándolo y causandole un mareo terrible. Estuvo a punto de caer, pero se detuvo de la pared.  

-¿Qué descubriste?-  

-Hay monstruos allá afuera. Monstruos que harían que los licántropos que conocemos sintieran temor.- murmuró.

  -¡Ah!.- exclamó ella con ecuanimidad y salió del baño, dejándo a Bijou solo.            


  -¿¡Qué es!?- Lucas abrió los ojos de golpe. Tenía el cabello erizado y sudaba. Por un momento creyó que acababa de despertar de una pesadilla y por eso era que se sentía tan mal, pero la realidad era que se había despertado de esa manera por que aún dormido podía percibir aquella amenaza, que ahora, completamente consciente podía percibir con terrible desazón.

  Eran lobos, muchos de ellos, y no lobos cualquiera. La presencia que desprendían era pesada y agotadora, y podía sentir sus conciencias como algo perturbador y violento, algo lleno de una voracidad inextinguible.   Hábía sentido algo parecido antes, al pelear con el lobo blanco, aun que en menor escala y mucho menos violento que lo que estaba sintiendo ahora. Se dio cuenta de que su cuerpo temblaba. No era algo que pudiera controlar. Aquello que se acercaba era algo anormalmente malo y no estaba seguro de como sobrellevarlo.  

-¡Ajax!- gritó, saliendo de la cama. Ajax apareció en la puerta de la habitación, mirándolo con horror por la manera en que vociferaba su nombre.  

-¿Dónde está ese idiota?- preguntó. El niño supo en seguida que se refería al lobo blanco.  

-Salió.- respondió mordisqueándose el labio inferior. -Dijo...¡que no saliéramos!- tuvo que gritar cuando vio a su hermano yendo hacía la puerta principal. -Dijo que nos quedáramos dentro hasta que él volviera.- insistió mientras Lucas abría la puerta y miraba por el pasillo vacío.   -Ajax, trae tus cosas.-

  -Pero...-

  -¡Trae tus cosas!-  

-No.-  

-Ajax, escucha, no es seguro quedarnos aquí...-

  -¿Por qué?-  

-Algo malo va a pasar...-

  -¡No es cierto! ¡No es cierto! Eso lo dices por que no te cae bien él. Pero siempre que nos vamos de aquí pasa algo malo... Y él nos ayuda.-  

-¡No tiene nada que ver con él, Ajax! Ve por tus cosas.-  

-¡No!...¡Ah!- 

  Al ver el rostro de sorpresa de Ajax, Lucas supo que había alguien detrás suyo ( y que él no se había dado cuenta antes), pero no tuvo tiempo de voltearse por que un dolor agudo en la nuca lo arrojó a un pozo oscuro de inconsiencia.        



  -¿Qué fue todo eso?- preguntó Bijou, yendo detrás de Pirausta, que volvía a encerrarse en la oficina.

  -¿Qué es ese olor?-  

-¿Qué olor?- preguntó ella, haciéndo un ademán con las manos.  

-Eso que querías que percibiera. Esos... esos monstruos.-  

-Son los lobos blancos.- dijo ella, lanzando un suspiro. -Quería confirmar de qué se trataba, y ya que tú eres un debora-lobos.- Goddard se encogió de hombros, y con la mirada vagando de una lado a otro, sonrió ausente. -Me pregunto si podrías alimentarte de ellos.-  

-¿Debo entender que me estás sugiriendo cazarlos?.-  

Ella negó con la cabeza, con una sonrisa que era más triste que divertida.

- Si están aquí ya no podrán ser detenidos. No hay nadie que pueda cazarlos, aun cuando deseara decirte que lo hagas por el bien de tu raza.-  

-¿A qué te refieres?-

  -Los lobos blancos son un augurio de mala fortuna. O una condena, en cierta forma....-dijo suavemente -Que ellos despierten significa el fin del mundo como lo conoces, Bijou LeClair.-        




-Ese maldito.- pensó Lucas. Estaba consciente, aun que su cuerpo no se movía y no podía abrir los ojos. Era como si estuviera desconectado de su cuerpo, aun que sabía lo que pasaba a su alrededor. Se habían llevado a Ajax. Había sido el lobo blanco. No notó su presencía detrás de él, hasta después de que le golpeara la nuca, dejándolo inconsciente. Estaba seguro que se trataba de él.  

Le preocupó al pensar para qué querría llevarse a su hermano. Hasta ahora el lobo blanco había sido, a su modo, amable con Ajax ¿Por qué entonces ahora se lo había llevado por la fuerza?  
Había escuchado a Ajax gritar mientras lo sacaban de ahí contra su voluntad.  

-Se lo han llevado. ¿Qué vas a hacer al respeto?-  

-¿Parece que puedo hacer algo? Estoy inútil. Aun que pudiera mover mi cuerpo... No puedo hacer nada por Ajax. No puedo ganarle a ese estúpido perro blanco.- 

-¿Esperas acaso que Ajax se libre solo de esto? Tenías tantas ganas de cuidarlo, te veías tan feliz cuando lo encontraste. ¿Eso es todo lo que puedes hacer?-  

-Todo lo que puedo hacer por él es ponerlo triste-  

-Probablemente, pero no lo haces con intención. Y ahora mismo él te necesita. Eres lo único que tiene en el mundo, Lucas.-  

Lucas sintió como los pensamientos en su mente se aceleraban.  

-El es todo lo que yo tengo. Todo lo que me importa... No puedo moverme...-   Luchaba por abrir los ojos, por ordenarle a su cuerpo que se moviera, pero no había respuesta.  

-Estarás bien en unos minutos. Cuando te levantes debes darte prisa y buscar a Ajax antes de que sea tarde.-

  -Lo siento... Harley...-  

Pensó Lucas, cuando se dio cuenta que era la pelirroja a quien había estado escuchando. Era su voz.

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