domingo, 14 de octubre de 2012

22.- Silencio. Blanco.


Era silencio. Lo que se había instalado confortablemente entre ellos.

El camino había sido silencioso, por qué no había nada en especial que pudieran decirse dos licántropos que habían pasado evitando toda la vida a aquellos que eran como ellos. Eran distintos entre ellos y con todos los demás. Estaban en lados opuestos de la escala jerárquica. Uno, una bestia pura de sangre superior. El otro la escoria de la raza.

Y la pequeña escoria tiritó sintiendo el frío mortal cada vez más cerca. Lucas cerró los ojos por un momento, adormecido, y cuando los volvió a abrir estaba ya cerca de donde había dejado a Ajax.

-Cruza la calle hacia el callejón.- Vaizack cruzó la calle y entraron al callejón. A la sombra protectora de las dos paredes que se levantaban alrededor de ellos, Lucas hizo por bajar y caminar por sí mismo. Pero en cuanto tocó el piso el vértigo le obligó a recargarse en la pared.

-Ajax.-le llamó.Y el silencio de la ausencia del niño respondió contundente. A lo lejos, el ruido del tráfico citadino hizo más hondo el silencio.
-¡Ajax!- gritó el vago en su intento de ir hacia las cajas de embalaje en donde había, cuidadosamente, dejado a su hermanito. Pero estaba terriblemente débil, y las piernas se le doblaron y cayó al suelo estrepitosamente.

-Ajax- gimió. Vaizack entrecerró los ojos con disgusto harto de escuchar ese nombre dicho tan lastimeramente. Se acercó a las cajas de embalaje y miró dentro.

-No está aquí, deja de llamarlo.-

-¡Ajax!- gritó, demasiado débil para que sonara como un grito. Dolorosamente, como un lamento profundo. Quiso levantarse pero los brazos no le respondieron. Ni las piernas. Su cuerpo estaba adormecido de debilidad.-¡Levántame! ¡Tengo que ir a buscarlo!-

Vaizack no se movió.

-Es preciso que lo encuentre ¡Levántame!-Vaizack se acercó.-¡Levántame!-Y el albino pateó tan fuerte la cabeza de Lucas que éste perdió la conciencia.


Bijou  se metió a la sala sin siquiera llamar antes. Simplemente empujó la puerta y entró a sus anchas. Y Cheryl lo miró furiosa por ello.

-Tú, imbécil....-

-Silencio.-

-¿Qué? ¡¿Qué?! ¿Cómo te atreves a entrar así? ¡A hablarme así! Que valiente perro- la mujer alzó el brazo en lo alto dispuesta a asestarle un golpe. El hombre le detuvo la mano en el aire. Nunca antes lo había hecho. Le apretó tan fuerte la muñeca que Cheryl chilló.-¡Malnacido! ¡Tú, escoria de laboratorio! ¡Engendro deforme! ¡Suéltame!-

-Cállate- la autoridad de aquella orden fue tan absoluta que Cheryl  no pudo hacer más que enmudecer. Bijou la obligó a tomar asiento y ella volvió a gritar.

-¡No eres más que escoria! ¿Quién te crees tú, inmundo pedazo de...?-
La mujer había saltado de nuevo hacia Bijou, clavándole las uñas en el rostro, pero justo entonces entró en la habitación un grupo de cazadores, con sus uniformes verde oscuro y todos con casco protector con careta, tal como si fueran a una misión de extremo peligro. Dos de ellos tomaron a la mujer por los brazos, alejándola de Bijou, y ella se resistía golpeando y pegando al aire a veces y otras tantas logrando atinar a los que la sujetaban. Llevar los cascos protectores definitivamente había sido una muy buena idea.

-Vas a pagar, LeClair. Voy a hacerte pagar. Cuando Goddard se entere...-

-El señor Goddard está enterado- interrumpió  él, suspirando aburrido, como si aquello fuera de rutina. -El mismo ha ordenado tu  aprensión y reclusión, y todos tus privilegios han sido revocados, señorita Thompson.- lo estaba disfrutando terriblemente, el rostro de confusión y asombro de Cheryl, y su ira que iba creciendo a cada memento.
Ira.  
Contenida.
Explotando.
Cheryl gritando, tan fuerte, tan rápido que no se entendía lo que decía. Gritaba y golpeaba, todo lo que podía hacerlo con dos cazadores apresándola con fuerza.

-¡Trae a Goddard! ¡Quiero verlo! ¡Tráelo, maldito parásito! ¡Tráelo! - alcanzó a distinguir Bijou en aquellas frases entrecortadas - ¡Trae a Oberth! ¡Él no te permitirá hacer esto!-
El joven hombre le miró en silencio durante un rato, entornando los ojos hacia ella, observándola con absoluto repudio, y con una especie de fascinación hacia aquel momento irrepetible. Una sonrisa pétrea asomó a sus labios mientras buscaba en el bolsillo interno de su saco el pequeño frasquito y la jeringa que había preparado previo.

-¿No lo recuerdas, señorita Thompson? Oberth está muerto.-Los ojos de Cheryl se abrieron en círculos completos.

-Tú... ¡Tú! ¡Lo mataste! ¡Lo mataste y ahora quieres matarme a mí! ¿Dónde está Goddard? ¡Lo mataste también! ¿Verdad?-

-Shhhh, señorita Thompson. Sabes perfectamente que quien ha matado al señor Oberth fuiste tú- respondió Bijou disimulando una jactanciosa sonrisa de triunfo ante el desconcierto de la mujer  -Pero el señor Goddard se encuentra perfectamente. El capitán Bates, aquí presente, puede aseverarlo puesto que él personalmente le dio la orden de...ocuparse de ti.- le tomó el mentón para mirarle directo a los ojos -Matar a uno de los accionistas mayoritarios de la empresa no fue buena idea, señorita Thompson ¿Por qué lo hiciste?-

-Tú...- los ojos de la mujer se empequeñecieron aún más, llenos de un rencor profundo y punzante. Tiró una mordida hacia la mano que le sujetaba el rostro, pero Bijou alcanzó a apartarla.

-Está mintiendo... ¡Está mintiendo! ¡No hagan caso de lo que dice! ¡Ha sido él quien mató a Oberth! ¡Captúrenlo!-  pero la voz de Cheryl fue completamente ignorada.

-El brazo- Pidió Bijou.Al instante uno de los cazadores tomó el brazo de Cheryl, extendiéndolo y levantando la manga de la bata, dejándolo expuesto con todas sus venas notándose invitantes bajo la piel delgada.

-¡No!-Pero no pudo evitarlo. Bijou inyectó el contenido del  frasquito directo en su brazo y su fuerza la abandonó por completo. Podía verlo todo, completamente consciente y completamente inmóvil. El terror la llenó. Sus ojos se quedaron duramente clavados en el rostro de aquel hombre al que odiaba. Su fallido experimento de laboratorio que se estaba vengando. Lo maldijo.

-Llévensela. Me ocuparé de ella más tarde.- ordenó él. Lo maldijo mil veces.


Entre más se adentraba en la arboleda del parque, más oscuro se ponía todo. Ajax no podía ver claro por donde caminaba y por eso iba dando tropezones y pegándose contra cada rama que se le atravesaba. Había visto o creía que así era al lobo blanco correr en aquella dirección. Era un parque muy grande, así que era fácil incluso para un monstruo enorme esconderse bien.

Habría sido más fácil poder llamarlo por su nombre, quizá le escucharía y apareciera. Pero claro, no sabía su nombre. No sabía de él casi nada, en realidad, y aún así era la persona más cercana que tenía en la que podía confiar y recurrir por ayuda. Tropezó con una raíz salida y se dio contra el suelo. Chilló débilmente. Seguramente al levantarse vería que se había raspado las piernas y le estaba saliendo sangre. Ardía mucho, pero no tenía caso que pensara en llorar si quiera. No podía perder tiempo en eso por que tenia que salvar a Lucas... o encontrar a alguien que pudiera hacerlo. Aún así el llanto no se contuvo, las lagrimas corrían por si solas, pero el niño no se ocupó de secarlas o prestarles la menor atención. Se levantó despacio y se miró las rodillas. Las tenia raspadas, como pensaba, y los hilos de sangre corrían por sus piernas hasta topar con el elástico de los calcetines, manchándolos también. Se limpió lo mejor que pudo la tierra, sin tocarse los raspones y  con pasos lentos y vacilantes continuó su búsqueda. Una búsqueda que no siguió mucho más pues se encontró viniendo hacia él de pronto la larga figura blanca de un lobo. Uno blanco y enorme, con largas orejas puntiagudas y rectas como antenas y ojos rojos y brillantes.

-Hola.- Ajax se acercó sin vacilar. -Mi hermano está ... necesita ayuda... ¿Podrías por favor...?-

No pudo terminar su pregunta porque en menos del tiempo que le pudo haber tomado pestañear siquiera, el lobo ya estaba sobre él. Lo había lanzado al piso y le detenía con una de sus enormes garras sobre su pequeño pecho. Ajax gritó. Se removió, tratando de soltarse, lanzaba patadas y continuaba gritando. De pronto estaba ahí, a punto de morir, y a fin de cuentas pensó con tristeza esos monstruos no eran más que eso...monstruos. No importaba que parecieran amables, eran malvados asesinos.   

-¡Suéltame! - pidió, llorando abiertamente, sintiendo las zarpas clavándose sobre su piel -¡Por favor! Ughhh....-  cerró los ojos y arrugó la nariz con asco cuando el lobo acercó su hocico abierto, mostrando los larguísimos colmillos. Se imaginó que iba a clavárselos, y que iba a doler bastante. Iba a  ser asesinado, y probablemente devorado. Recordó en el cadáver abierto de su abuelo y  toda esa sangre. El iba a verse igual. Tembló. Iba a morir. Morir.
Pero no ocurrió. En vez de eso sólo se sintió asediado por la nariz del lobo que se pasaba sobre su rostro y su cabello, olfateando. Escuchaba el sonido nasal ir y venir sobre su ropa, pero sin cesar un sólo momento la sensación de las garras afiladas encajándose en su abdomen. El monstruo se detuvo. Seguía sobre él pero se había quedado quieto, así que Ajax se animó a entreabrir los ojos muy lentamente y sólo un poco y vio que el lobo había levantado la cabeza y observaba atento algo que estaba en frente. El niño no sabía que era y no se atrevía a moverse para mirar, pero escuchó, primero un tintineo suave, y luego una voz igual de suave y melódica, y maravillosamente familiar, aún que Ajax no estaba seguro de si verdad la estaba escuchando o había comenzado a soñar.    

-Venenoso aliento de berserker. El aroma de la muerte y la destrucción. El perfume del final de los tiempos. El aire está viciado de ese olor.-

-El aliento de un berserker es el aliento de la tierra misma- murmuró el lobo, cerrando sus garras con más fuerza sobre el cuerpo de Ajax, como por acto reflejo porque no dejaría escapar a su presa. Sus orejas se inclinaron hacia atrás y sus labios se retrajeron sobre la hilera de colmillos, amenazante hacia la que acababa de llegar.

-Te estás equivocando. Este niño no es tu presa.-

-Todo el mundo es una presa, bruja. ¡Aléjate!-  Pero la mujer se acercó más, estiró su brazo y tocó el hocico del lobo. Apenas, pues él enseguida reaccionó y saltó hacia atrás, meneando la cabeza con disgusto.

-Plata.- musitó ella moviendo su mano enjoyada delante de la bestia. Sus  finos dedos iban llenos de anillos, igual que sus brazos que exhibían una colección de pulseras delgadas que creaban el tintineo bailando unas sobre otras. Ella se había puesto entre el lobo y Ajax, así que el niño, aún en el piso, sólo podía verle las espaldas y las largas ondas de cabello rojo balanceándose sobre los hombros y los brazos.

-Ha...Harley-

-Eso no va a salvarte, sucia bruja.- dijo el lobo con su innatural voz, agazapándose, listo para echarse sobre ella. No se había dado cuenta que la mujer llevaba a la cintura, sobre el vestido de ceda, una delgada cadena a forma de cintillo, pero la vio mover la mano para desatársela y dejarla caer en el suelo, alrededor de ella y del niño, formando un círculo. Y se dio cuenta, pero muy tarde, que era una cadena de plata. Elcírculo formado en el suelo con ella era algo que no podía atravesar.
Cosas de brujas. Al pisar dentro del círculo, el aire, que parecía haberse vuelto un ácido monstruoso le quemó la piel, así que el lobo tuvo que retroceder. No había sido mucho el daño, pero dolía.

-Esto te mantendrá a raya-

-No puedes quedarte ahí para siempre.- gruñó, caminando alrededor del círculo.

-Tú tampoco, lobo. Tarde o temprano tendrás que irte.Y ella sonrío descarada. Como sólo las brujas, en su maldad -según su opinión- podían sonreír.

Necedad. Pura necedad y orgullo de aquella mujer detestable que se negaba a cooperar aún cuando intuía lo mal que podía irle. O quizá no intuía nada. Quizá era incapaz de imaginar algo más allá de su retorcida  ciencia, pensó Bijou. Cheryl le miraba desde la camilla de operaciones. Y le miraba. Le miraba retadora y furiosa. El paralizante que Bijou le había inyectado antes había cesado en su efecto, pero se sentía todavía débil y le costaba mover los músculos de tan sueltos que estaban.

-No voy a ayudarte, monstruo.-

-No me parece que tengas opción, señorita Thompson. A menos claro que prefieras la muerte.-

-No te atreverías. - ella alzó la cabeza de forma exagerada a modo de superioridad. -No puedes ponerme una mano encima, y si me matas entonces podrás estar seguro de que nunca, ¡Nunca tendrás la fórmula que te vuelva humano de nuevo! Me parece que eres tú, bestia pútrida, quien no tiene opción. Y cuando Goddard se entere de lo que me has hecho, él...-

-El señor Goddard no va a hacer nada- interrumpió el hombre, quitándose el elegante saco y poniéndolo muy cuidadosamente sobre una mesita de metal. -El señor Goddard no va a volver. El está...no lo sé, supongo que podemos darlo por muerto puesto que no saldrá más del lugar donde está ahora. Y ¿sabes? - mostró sus colmillos en una reluciente y lúgubre sonrisa, acercándose con pasos lentos hasta Cheryl, mientras se arremangaba la camisa teniendo extremo cuidado de no arrugarla demasiado. -Yo estoy a cargo ahora. De absolutamente todo.-

La mujer abrió mucho los ojos en un gesto desquiciado.

-Tú, sucia rata... ¡besti...!-

Y fue silenciada por una sonora bofetada.

-Está bien. - él se aflojó la corbata. -Me  tomaré el tiempo que sea necesario para enseñarte bien quien es quien manda ahora. En realidad estaba esperando que fueras un poco difícil.-

-¡Monstruo!- gritó ella -¡Monstruo! ¡Monstruo!- usando un tono histérico y alarmante, confiando en que alguien la escuchara y detuviera aquella aberración. Instintivamente se calló y cerró los ojos al ver que Bijou alzaba de nuevo hacia ella. Pero él no volvió a golpearla. Nunca más. En lugar de eso recorrió el rostro de ella con las yemas de sus dedos y los deslizó, hundiéndolos  en la mata de oscuros y ensortijados cabellos, enredándolos para finalmente tirar de ellos, obligándola a mover la cabeza hacia atrás violentamente.

-Aún estamos en tu maravilloso laboratorio subterráneo, señorita Thompson. Tan lejos de todo. Aquí nadie escucha tus gritos. ¿Lo olvidas? Nadie escuchó los míos. Ni los de todas las pobres criaturas que te complaciste en atormentar. Así que ahora... es tu turno de gritar.-Bijou la soltó y fue de nuevo hacia la mesita donde, además de su cuidadosamente colocado saco, estaba una pequeña maletita negra de la cual extrajo un largo estuche que desenrolló poco a poco, dejando expuestas todas las brillantes piezas de metal quirúrgico.-¿Por dónde debería comenzar? ¿Cuáles son tus partes sensibles?- dejó que el bisturí que había tomado se deslizara sobre la piel de ella, tocándola apenas. Paró cerca del cuello y lo apoyó, haciéndole un pequeño corte que sangró rápido. La mujer gritó.  Trató de levantarse, pero se encontró así misma atada a la mesa. No las había notado. Su cuerpo estaba aún tan adormecido que no sentía las correas de cuero en sus muñecas y tobillos. Apenas si había sentido el pinchazo en la base del cuello. Apenas.  

Pero luego comenzó a sentir más, cuando  Bijou le rasguñó con el bisturí los brazos y éstos empezaron a sangrar también. Ella se agitó. Luchó. Pero su cuerpo apenas respondía y las correas estaban atadas demasiado firmes.

-¿Q-qué? P-para. ¡Para ya!-  gritó horrorizada cuando vio el escalpelo levantarse a la altura de la cara.

-Shh.- Le tomó del mentón con fuerza, apretándole el rostro hasta que quedó tan comprimido que Cheryl no pudo abrir la boca para gritar cuando el filo del cuchillo le rasgó ambas mejillas en cortes tan profundos que se podía ver el músculo vivo.

-Ugghhh...ahhhhh. ¡Maldito! - el dolor comenzaba ya a sentirse demasiado, incluso el seguir gritando con el rostro lastimado resultaba demasiado doloroso. La sangre se deslizaba desde cada corte en hilos abundantes y oscuros. Pero no era suficiente. El hombre deslizó el escalpelo hasta el abdomen de la mujer y cortó por sobre la ropa. La fina hoja rasgó por igual la tela y la carne. La ropa que llevaba pronto se tiñó de sangre. El corte que le acababa de hacer era poco más profundo, pero no lo suficiente para  tocar un punto vital.

-¡Me...me desangraré!-

-Oh, vamos, no seas estúpida. Sabes perfectamente que con cortes como esos no puedes morir desangrada. Señorita Thompson ¿Me harás una cura?-Preguntó con tono que sonó inocente mientras le daba la espalda, escudriñando en su arsenal para elegir la siguiente arma.

-Pu... ¡Púdrete!  No te voy a decir nada. ¡Quiero verte muerto!.-Bijou se acercó de nuevo con unas pinzas grandes. Cheryl sabía exactamente para qué servían así que sintió aún más temor.

-¿Qué...? ¡Ahhhh!- el metal horrendamente frío de las pinzas se incrustó en la herida de su vientre, abriéndole el tejido. La herida se expandió, dejando al vivo la carne.

-¿Qué haces? ¡LeClair, hijo de puta! ¡Termina ya!-

-En un momento.-

Bijou volvió a alejarse de la mesa, donde Cheryl no podía verlo. Sólo lo escuchaba, removiendo cosas .

Y Bijou volvió.

Con una jeringa metálica en sus ahora enguantadas manos. Desde la punta de la jeringa dejó caer un líquido transparente sobre la carne expuesta de su abdomen. Cheryl aulló. Tan alto, tan profundamente que parecía uno de sus especímenes de laboratorio, algo completamente sobrenatural. Se contorsionó de forma horrenda sobre la plancha de acero, arqueando la espalda, tratando por algún medio de cesar el contacto con aquella cosa en su piel, pero ya estaba dentro de ella, ardiendo terriblemente.

-¿Qué...qué...?- lloraba ella con el rostro deformado y amoratado por el dolor

-Ácido sulfúrico, señorita Thompson.- respondió tranquilamente dejando caer un poco más dentro de la herida, observando como la carne era consumida de a poco. -Una solución rebajada, por supuesto, o de lo contrario te extinguiría demasiado rápido. Pero por lo que veo duele lo suficiente.  Oh, si pudieras ver lo bien que se está cocinando.-

-¡LeClair! ¡LeClair!- clamó ella con sus berridos espeluznantes.
-¿Me harás una cura?-

Ella no respondió. Continuó chillando.

-Oh, bueno. Quizá deba utilizar ácido sulfúrico puro. Seguro nos irá mejor.-

Y Cheryl perdió el conocimiento. El dolor que sentía era en sumo insoportable para permanecer consciente, sufriendolo.

-Ah. No, no, no. De ninguna manera, señorita Thompson.  Aún no terminamos.-

Rápidamente le acercó  una ampolleta de amoniaco a la nariz para hacerle recuperar el sentido. El cuerpo de ella se agitó. Gimió dolorida al abrir los ojos que se le deshacían en lágrimas.

-Duele...duele...-

-Por supuesto. - respondió él sencillamente, haciendo un rápido corte en uno de los muslos de ella, abriéndolo en canal hasta el hueso. Echó más del líquido corrosivo en la nueva herida y vio como la carne y la grasa se iba corroyendo. Los nervios estallaban enloquecidos para luego quemarse. En cierto momento los gritos de Cheryl volvieron a parar. Estaba afónica. Se le había destrozado la garganta de tanto dolor y ahora sólo abría la boca, contorsionada horriblemente, convulsionando por la intensa sensación de estar siendo consumida en vida.

-Te sería más fácil si fueras un poco más cooperativa. Pero...- se encogió de hombros cortándole el otro muslo de la misma manera - Esto me divierte de todas formas.  Más que por cualquier otra cosa, estoy haciéndote todo ésto por diversión.-

Ácido dentro de la nueva herida. Más contorsiones. Una débil pelea y la mujer perdió el conocimiento de nuevo.

-Y bueno.- Bijou suspiró aburrido. Dejó los instrumentos en la charola y se sacó los guantes.  -Realmente, horrible mujer, aguantas poco-  respiró profundo el olor a azufre combinado en el aire con el olor  de la carne quemada por el ácido. Algo tan nauseabundo que le hizo sonreír abiertamente. Una vez más le pasó amoniaco para despertarla, aunque le tomó más tiempo. La notó demasiado pálida y tenía la mirada perdida.

-Señorita Thompson. Dejará de doler si me ayudas.- dijo con sorna venenosa y cruel, con una preocupada expresión de beatitud  mientras le peinaba el cabello hacia atrás con inusitada suavidad, como si fuera una niña pequeña con la que trataba.

-Imbécil...bes..tia...-alcanzó a murmurar la lastimada voz de la mujer que ya comenzaba a perder la conciencia de nuevo, pero por supuesto no iba a permitirle el descanso aún.

-Tranquila. No te dejaré morir. No. Tengo...-Se inclinó sobre el maletín de nuevo y extrajo una nueva jeringa y un tubo de cristal  lleno de un líquido aceitoso color verde en el que flotaban libremente partículas diminutas y grises. Puso el frasco delante de ella, justo donde pudiera verlo. -Tengo una mejor idea. Te acuerdas bien de ésto ¿No es así? Si, esa carita de verdadero miedo me dice que si. -

-Eso...e-eso. ¡No!-

-Si.- deslizó la aguja dentro del tubo y la llenó. -Es esa maravillosa creación tuya. Ese agente mutágeno que me pusiste en el cuerpo para que me convirtiera en tu monstruo personal.-

-¿Q-qué vas a hacer? LeClair...¡No!-Bijou introducía la aguja con sumo cuidado en una vena del brazo de la mujer. Ella se movió cuanto pudo hacerlo, pero la jeringa entró de todas maneras y el ardor del aceite corriendo dentro le causó aún más dolor, si es que era posible. De todas maneras la sensación era secundaria, lo que de verdad debía temer era lo que le ocurriría a su cuerpo una vez que asimilara la sustancia.-¡No! ¡No! ¡LeClair!-

-Terminará pronto, tranquilízate.-

-¡Maldito bastardo! ¡No seré como tú!-

-Por supuesto que no. He puesto el mutágeno directo en tu cuerpo, sin ninguna preparación ni estudios previos. No tenemos idea de como vas a reaccionar a ello ¿Verdad? Pero no te preocupes, lo averiguaremos pronto, y será muy interesante y seguramente...horrible.-el hombre empezó a recoger sus instrumentos y a limpiarlos escrupulosamente con una tira de tela.

-Señorita Thompson, quizá ahora reconsiderarás el hacer una cura ¿Verdad?-
Pero Cheryl Thompson se había desmayado otra vez.

El berserker seguía rondando alrededor.

-No tienes que angustiarte, lindura. Si te quedas dentro del círculo que se ha formado con la cadena, no podrá alcanzarte.-
Ella se dio la vuelta para mirarlo al fin.

-Harley.-

-Ah, mi pequeño, tierno Ajax. Te echado de menos.-

Ajax no había podido ponerse de pie. Fue ella la que se acercó. Ella la que lo abrazó, envolviéndolo en su tibia y perfumada suavidad. Sonaba a un sueño, pero no podía serlo. Se sentía muy real. El crío sentía el cabello de Harley haciéndole cosquillas sobre la piel, lo suave de su piel, lo suave de la seda púrpura del vestido. Se abrazó a ella, deseando que no se fuera nunca. Estaba realmente contento.

-Pero. ¿Por qué esas lágrimas, cariño?- sus finos dedos cruzaron las mejillas del niño, limpiando su llanto de la carita enrojecida.

-Lu...Lucas.- musitó él, mirándola, y luego volviendo a agachar la vista, haciendo un ruido nasal.

-Oh. Lucas... Ven aquí y cuéntame que le pasa a Lucas.-La pelirroja lo sentó sobre sus rodillas, mirándolo tranquilamente mientras esperaba que el crío se calmara.

-Está... está... está herido. Hay un señor... está persiguiéndolo ¡Y tiene armas!  ¡Y va a...! ¡Va a...!-

-Shhh. Tranquilo, tranquilo. Mírame, Ajax.-  Harley le tomaba de las manos y esperaba que la mirara, así que levantó la vista un poquito, aún que le daba vergüenza que lo viera llorar.

-Ajax, no necesitas esas lágrimas ahora. ¿Sabes? Lucas está a salvo justo ahora.-

-De... ¿De verdad?-

Debía ser cierto, pues ella estaba sonriendo.

-¡Claro que si!-

-¿Está bien?-

-Bueno, se ha lastimado algo, pero sobrevivirá. Ese querido torpe no puede quedarse a salvo un sólo día.-

-Es mi culpa. Es que...- apartó la mirada de nueva cuenta. Le daba mucha vergüenza. No solo por estar llorando, si no porque era lo sentía así el culpable de todo.

-Lucas... por cuidarme... le pasan cosas malas. Y lo lastiman.-

-Oh, cariño. Cariño, no es tu culpa. En absoluto. Lucas hace todo lo que hace porque así lo decide. Y ha decidido cuidarte,porque te ama mucho.-

-Pero... no quiero que se muera.-

-La muerte es de lo más natural. Y nos sucede a todos. No debes tener miedo de ello. Y de todas maneras ese niño torpe... -suspiró como si estuviera realmente inspirada al decirlo. -Nuestro querido Lucas no va a morir tan fácil. Es muy fuerte. ¡Maravillosamente fuerte y afortunado! Pero, escucha bien, Ajax, él necesita mucho de tu ayuda.-

Los ojos del niño se abrieron mucho, brillantes.

-¿En serio? ¿De mí?-

-¡Absolutamente!-

-Intente ayudar... pero... no pude hacer nada...y...  ¡Y Lucas...él...!-

-Oh...- ella se rió y Ajax debió calmarse de nuevo.- Tú quieres a Lucas ¿No es así?-

El crío lo pensó un momento. Lo quería, claro, era su hermano. Asintió tímidamente.

-Eso es lo que él necesita más que ninguna otra cosa en el mundo.- Harley lo hizo recostarse sobre su regazo y lo meció suavemente. -A él le basta con saber que tú estás bien.-

-Entonces...- musitó el niño, comenzando a sentirse adormilado por el arrullo, porque Harley resultaba en su entera persona algo muy tranquilizador.

- ¿No soy... una molestia para Lucas?-

- Oh, lindura, claro que no. ¿Por que piensas eso?-

Ajax cerró los ojos. Se estaba muy bien en brazos de la pelirroja.

-Me lo dijo...el amigo de... Lucas...-

-¿El amigo de Lucas?-

Ajax emitió algún sonido que pareció afirmativo. Luego de éso, la melodía que era su silencio.

 

Era blanco. Como el cielo tapizado de nubes brillantes que bloqueaban el sol. Como la nieve. La superficie del lago era de un oscuro intenso casi todo el año, pero las aguas eran muy quietas y servía perfecto de espejo. Vaizack se miraba en él y se encontraba blanco de arriba a abajo, un lobo blanco. Un niño blanco. En la intención literal de la palabra.

-¿Qué le ha pasado a las ropas que llevabas esta mañana?-
El pequeño Vaizack se giró sobre sus talones y miró a la anciana. Ella era el único ser humano con el que convivía.Porquee ella lo había cuidado desde que era un bebé, aún que no era su madre, y porque vivían en una pradera lejos del pueblo, y de todas maneras a él nunca le habían interesado mucho los humanos.  El corría hacia el otro lado, hacia los bosques frondosos de pinos, abetos y hayas. Hacia los acantilados, hacia las cúspides rocosas y las cumbres nevadas de las montañas del norte.

-Estorbaba. La tiré.-

-¿La ropa estorbaba? La ropa es para que no te congeles. Los zapatos para que no se lastimen las plantas de tus pies al correr sobre los guijarros.-

-No me lastima correr.- respondió el chico ladeando la cabeza, y la anciana tuvo que sonreír a pesar de que tenía la piel curtida por el frío.

-Es hora de cenar, entra.-

Dentro de la pequeña casita hacía calor por el fuego de leña en la chimenea, en el que también calentaban sopa.

-¿Qué pasa? ¿No tienes hambre?- el niño ni miraba el plato de estofado que le había puesto enfrente. Se acercó para colocarle una manta de lana sobre los hombros para que entrara en calor más rápido, aún que sabía de sobra que él no lo necesitaba.

-Había lobos al otro lado del lago esta mañana.- musitó el niño llevándose un trozo de pan demasiado grande a la boca. -Era una manada grande. Van al sur a buscar comida. Les llamé pero no quisieron acercarse mucho.-

La anciana escuchaba con la mirada perdida en el brincoteo del fuego en la chimenea. Se sintió adormilada y bostezó. Ella sabía bien que  ningún lobo se acercaría demasiado a su casa mientras el niño viviera ahí. A menos que fuera algún otro blanco. Pero ella rezaba por que ninguno de ese tipo apareciera. Ni siquiera los padres de Vaizack.

-No hay lobos blancos.- sentenció de pronto él, soltando el plato que acababa de vaciar, sobre la mesa. La anciana volvió a abrir los ojos y le miró.

-¿Pasa algo malo con que no los haya?-

Y claro que era algo malo. Sólo que él no sabía explicar por qué.

-Debe haber. Voy a buscarlos.-

-Ah. ¿Y qué harás cuando les encuentres?-

El chico se encogió de hombros. Al levantarse, la manta se deslizó hasta el piso, dejándole de nuevo desnudo, sin más abrigo que la mata de cabello blanquecino que le caía en la espalda. Con todo, en verdad parecía ir más cómodo sin nada encima, a pesar de las bajas temperaturas y los guijarros o lo que fuera. Era, después de todo y a pesar de la juventud, un berserker. Ella se acomodó el chal de piel y se frotó las manos.

-Claro que hay lobos blancos. Son pocos y son difíciles de encontrar los berserker, pero existen, aún que la gente crea lo contrario. Tengo la prueba aquí mismo, frente a mí.-

- Entonces ¿Dónde están?- insistió el niño, sentándose en el suelo, cerca de los pies de la mujer.

-Pues... - el aire pasó por uno de los agujeros que la ausencia de algunos dientes dejaba en la dentadura de la anciana, creando una ligero silbidito que a Vaizack le pareció gracioso.

-¿En donde?-

-Viajan. Viajan por todo el mundo buscándose los unos a los otros. Aunque la mayoría sigue durmiendo en espera del día en que vuelvan a ser llamados en este mundo. Duermen, bajo la tierra o en el viento o en el recuerdo de las viejas como yo.-

-No eres tan vieja.-

-Soy muy vieja.-

Sonrió ella cuando Vaizack acomodó la cabeza sobre su regazo. Podía ser un berserker, pero seguía siendo un niño. Un niño que cerró los ojos y fue quedándose dormido de a poco mientras le acariciaban la cabeza.

-Yo también voy a ir...- musitó él de pronto -A viajar para poder encontrarlos.-
Vaizack metió unas delgadas pincitas  dentro del agujero que la bala de plata había dejado en el hombro derecho del lobo vago, y extrajo la bala, con dificultad, porque había quedado enterrada muy profunda en la carne. El herido de todas formas no se quejaba, pues seguía inconsciente. Lógico, luego de la colosal pérdida de sangre. Pero la lógica, se había dado cuenta, no aplicaba mucho en ese vagabundo. Vaizack seguía impresionado, un poco. Después de todo era raro encontrar gente con tanta habilidad para sobrevivir.

Untó la pasta de hierbas sobre el agujero en la piel y la cubrió con cuadros de hojas verdes y secas, y flexibles como tela, así la piel podría respirar. Lo había llevado de nuevo a su departamento, no se le había ocurrido nada más y se ocupaba de nuevo también de curarle las heridas. Empezó a ocuparse de la herida en la pierna de Lucas que le atravesaba de lado a lado el muslo.

Era la que más le había hecho perder sangre porque era muy grande, pero probablemente sería la más rápida en sanar porque el arma que la había causado no era de plata. La plata entraba al cuerpo, quemaba la piel y empezaba a pudrir la carne.

-¿Qué estás haciendo?- El vago había despertado, quizás por sentir el ardor de la pasta verde sobre la carne expuesta. Y Vaizack  creyó que sería un buen momento para mentir, porque aunque no era un hábito que tuviera, el decir simplemente la verdad en aquel momento le hacía sentir un poco...extrañamente incómodo. De todas maneras era obvio lo que estaba haciendo aunque nadie se lo había pedido y el mentir no era algo que se le diera realmente bien.

-Estoy curando tus heridas- Lucas le apartó la mano que tenía alrededor de su muslo. Le importaban nada las heridas. Al diablo con ellas.

-¿Dónde está Ajax?-  Vaizack se hizo a un lado, mirando como el otro luchaba por bajar de la cama y ponerse en pie.

-Tengo que ir por él... antes de que los cazadores lo encuentren...-Lucas cayó al piso. Eso no lo detuvo. Se arrastró como pudo hacerlo con una pierna inmóvil. Vaizack le miraba ir lentamente hacia el otro lado de la habitación. Era entretenido, pero luego de un rato se estaba volviendo molesto, así que se cubrió bien el cuello con la bufanda y fue hacia la puerta de salida.

-Con esa velocidad llegarás al elevador  al medio día. Iré a buscarlo.-

No hizo falta más que saliera del edificio de departamentos para que notara aquel aire pesado que sólo podía ser una cosa. Otro beserker cerca. Era como si la alerta le golpeara la nariz con su salvaje indicio.
Vaizack siguió el rastro. El olor estaba por todas partes, flotando en el aire, fundiéndose en todos los demás aromas.

Ese berserker llevaba en la ciudad más de un día. Debía ser él la razón por la que había estado sintiéndose inquieto, olfateando aquí y allá, pero no había podido descubrirlo hasta ahora. El aroma de los berserker resultaba más fácil de captar cuando éstos tomaban la forma bestial. Ver a un berserker en forma humana era rarísimo. Y ésto tenía mucho que ver con el hecho de como humano, un berserker es virtualmente invisible a quien busque un lobo. Por eso mismo Vaizack no cambió  su forma, no quería alertar al otro hasta que estuviera frente a él. En un parque. Y cuando llegó notó algunos otros aromas interesante.  Como el del niño. Y alguna otra cosa disgustante que apestaba a sangre muerta de lobo. Se ocuparía de todo éso luego. No importaba ahora. La prioridad era hallar al berserker. Pelear con él. Vencerlo. Matarlo, tal vez. Claro que matarlo. Eso era lo que él hacía. Matarlo.
La idea hizo estremecer su cuerpo con una secreta emoción placentera. Se acercó cauteloso, deslizando los pies desnudos sobre la hierba con suavidad cuidadosa. Pero al asomarse sobre los arbustos lo único que pudo ver fue a una mujer sentada en el suelo, con el niño ése que él había salido a buscar en principio dormido entre sus brazos.   Pero no interesaba. No le importaban las mujeres, ni los niños, ni nadie más que el berserker. El berserker, el otro, saltó frente suyo. Blanco y enorme. Le saltó encima y  lo hundió en la tierra, arrastrándolo como a un muñeco. Vaizack sólo se dejó hacer. El dolor sobrevino, por toda la espalda, metiéndose por cada poro de la piel, lento y sutil primero, y luego, como una oleada feroz. Dolor que nadie más que un berserker, un espíritu guerrero, podía infligir.

El berserker atacó el desprotegido cuello de un inofensivo Vaizack, cosa que habría bastado para tenerlo muerto en un segundo, pero Vaizack había estado esperando el momento justo, el último segundo antes de dejar explotar su rabia como una erupción de una emoción incontenible.
El éxtasis embriagante de la batalla. Algo orgásmico, por así decirlo. El cuerpo grande y musculoso de Vaizack apareció, haciendo frente al otro y lanzándole lejos. Incluso siendo ambos berserker, su adversario era por bastante, más grande. Había, seguramente, vivido muchísimos más años que él. Tal vez era uno verdaderamente antiguo. Muy experimentado. Eso era excitante. El no saber si se saldría bien o no de una batalla. Toda su existencia concentrada en un sólo momento. El mundo reducido a dos berserker peleando. Debía ser así porque la naturaleza lo gritaba. Por que tenia enfrente a un ser que podía llevarle al limite de su capacidad, y el sólo hecho de su visión le despertaba el deseo de pelear. Ese frenesí simplemente se llevaba todo, su razón, su noción, el recuerdo de Regan muerta.
El otro berserker consiguió desgarrarle el cuello de una dentellada, pero el estar sangrando profusamente no le era un impedimento en lo absoluto, no cuando su cuerpo bullía en emoción y adrenalina.
¿El dolor? El dolor y el placer de la batalla eran uno mismo, todo mezclado en una sola poderosa sensación que le impulsaba a arremeter con fuerza a su enorme enemigo. La sensación de la completa existencia.  

El otro rasgó la espalda de Vaizack de un zarpazo, y Vaizack se volvió y lo mandó de una patada contra un árbol. Lo miró y se dio cuenta que apenas si le había hecho algo de daño. Se lanzó contra él, prendiendo su mandíbula del gaznate del otro berserker y hundiéndole sus garras en los costados. Lo destrozaría, si importar cuanto le costara. El otro lobo gritó de dolor y se sacudió, luchando por desprenderlo de su cuerpo, y sólo consiguiendo que se clavará más en su carne. La única opción que vio fue hundir una de sus zarpas en el cuello de Vaizack, donde le había mordido antes, abriendo la herida salvajemente, y lo único que Vaizack pudo hacer fue aflojar la presión que ejercía con su mandíbula e intentar retirarse.   

El otro berserker lo zarandeó, y lo tiró a un lado, como un despojo inútil. Aunque no se movía, todavía respiraba.

El lobo blanco más grande pensó que su oponente era demasiado joven para vencerlo,aunque a pesar de ello era verdaderamente feroz. Había sido un oponente digno por que éso solían pensar ellos, los guerreros blancos, de quien podía darles una verdadera batalla pero ya era hora de terminarlo. Posó su pata sobre la cabeza del lobo joven, y presionó dejándole caer encima todo su peso. Esperaba escuchar el crujido del cráneo rompiéndose, pero su siguiente impresión fue estar en el suelo, con el joven — sangrando y maltrecho—sobre él, sosteniéndole la zarpa con la que lo había estado pisando y con una de sus propias patas sobre el pecho del berserker más grandes.    

Sus miradas se encontraron y se mantuvieron fijas sobre el otro por un breve momento, y entonces el berserker mayor se paralizó al sentir un ardor que le raspaba violentamente al intentar respirar. Al mirar hacía abajo se dio cuenta que el joven le había perforado el pecho con sus garras.  

 Debía haberle alcanzado un pulmón, pues le dolía demasiado al inhalar y exhalar. Vaizack emitió un gruñido bajo y suave, una especie de regodeo.     

-Piensas...- la voz del otro lobo se elevó hasta él, como un elemento extraño que le distrajo momentáneamente. -Que por haber vencido a otros berserker antes siendo tan joven saldrás victorioso en esta ocasión.-   
 Una conversación entre berserkers resultaba una verdadera curiosidad para escuchar. Desde su mismo nacimiento les bastaba mirarse de frente para comprenderse, podían ver cuanto necesitaban en los ojos de otros como ellos, ver dentro de la inmensidad de la naturaleza de su existencia. También estaba el lenguaje de la lucha, cuerpo contra cuerpo, comunicándose.

 Si, entre dos guerreros blancos el uso de la voz era un recurso poco necesario, algo que fue sorpresivo para Vaizack. "Eres joven" le dijo luego, en silencio, antes de terminar de arrancarle el cuello al joven lobo.



     -¿Has escuchado del pacto de Nebbia, bruja?- preguntó la licántropo.

-Si.- respondió ella, permitiendo que el viento agitara su cabello rojo que se levantaba como llamas vivas. -Por desgracia para ti, no algo que me importe en lo absoluto.-   Ella agitó un largo látigo de cuero trenzado  y este se enredó en el cuello de la bestia, apretando al punto de asfixia.  
-Se puede confiar en los lobos tanto como en los seres humanos.- musitó ella, tensando más el látigo. -Son igual de necios y de vanos. Se piensan "una raza superior"- ella rió con una voz cantarina -Lo único que saben hacer es crear guerras y traer desgracias, por tanto deben extinguirse.-

 La licántropo reventó la correa que lo contenía, carraspeó dolorido pero un segundo después saltó sobre la mujer e intentó golpearla con sus zarpas.    

-¡Te equivocas¡ ¡Nosotros bucamos la paz, pero ustedes, cazadores, están interfiriendo!.-  

 -Eres arrogante.- respondió la bruja extendiendo los brazos, preparándose para recibir la embestida. La bestia hundió los colmillos sobre la piel nivea que exhibían los hombros de la bruja, pero ella en cambio, enterró un largo puñal de plata en el pecho de la mujer mitad lobo, directo en el corazón.  

     La bestia calló a un lado, convulsionandose, paralizada por el metal que le envenenaba. La pelirroja tomó la empuñadura del cuchillo y lo giró, exprimiendo con su filo la poca vida que quedaba en el pecho de la bestia.  
-¡Excelente trabajo!.- la mujer se volvió y miró a quien le hablaba con tono efusivo y emocionado. Un grupo de hombres, ataviados con una suerte de armaduras la miraban expectantes.

-Eres una nata cazadora de bestias. Te hemos observado con emoción contenida. En nombre de la Cofradía, y de la voluntad de la bruja Pirausta y el lobo Vipunen, te honramos con la invitación de unirte a nosotros y ayudarnos en la noble tarea de exterminar a los monstruos de este mundo.- dijo el que parecía ser el líder, adelantándose y mostrando su sonriente rostro de piel tostada ante ella.
 La bruja se tomó el hombro que le sangraba y presionó, musitando algo en voz baja.  
-No me interesa.- respondió, sin darles mucha importancia.
 -Debería. Estamos del mismo lado.-
 -No.- ella le miró severamente. -No estoy de ningún lado. Ustedes son tan lamentables como esos lobos. Son esos "cazadores" que asesinan a quien no les apoya. ¿Que clase de bruja incita a que se comenta semejante barbarie? Esa a la que ustedes sirven es una traidora entre nosotras.- sonrió divertida, agitando sus brazos enjoyados-    Ahora, pueden quedarse y morir, pero estoy segura de que les agradaría mucho más marcharse.Ya.-
 -Reconsidera.- volvió a decir el líder, con un tono de orden absoluta. -Escucha lo que tenemos para decirte. -

-No.- ella sacó de entre sus ropas una ampolleta de vidrio diminuta, dentro de la cual relucía un líquido verde brillante. - 266.- musitó, arrojando la cápsula de vidrio al suelo, rompiéndola. La materia verde que contenía pareció esparcirse por el suelo, y poco a poco adoptó la propiedad de un gas, elevándose  en el aire sobre el cadáver del monstruo al que acababa de matar.  
-Levántate, querida.- dijo la bruja, y el cuerpo de la licántropo se movió y se levantó, como un títere primero y luego, con la agilidad natural de su raza, se lanzó sobre los cazadores, atacándoles ferozmente.
Luego se alejó, ella, la pelirroja Harley.

       El dolor cayó sobre él. Literalmente. Se sentía como si entrara a su cuerpo desde arriba, despertándole de pronto. Aunque no recordaba cuando era que se había dormido. Dolía, y él, Vaizack, no entendía  como un dolor físico podía llegar a parecerle tan insufrible.  
 Se arremolinó sobre si mismo, intentando calmar el sufrimiento de su cuerpo al cambiar de posición, pero sólo empeoró.   
-Si lo que quieres es que el dolor aminore lo prudente es que te quedes quieto.- dijo una voz femenina. La escuchaba alrededor suyo, aunque no podía precisar desde qué dirección venía. Fue por el aroma que supo que se encontraba justo frente a él. Aquel olor a sangre muerta de lobo. Era aquella mujer que había visto con el niño entre sus brazos, antes de iniciar su pelea con el berserker.

Su pelea. ¿Había terminado?

Sus ojos de pronto comenzaron a percibir de nuevo la luz, aunque no claramente, más bien en una masa informe de luces y sombras que danzaban frente a él.

La mujer era una figura oscura y larga que se aproximó. Escuchó su risa, inhumana y melódica, acompañada de un continuo tintineo, como el de incontables campanillas meciéndose al rededor. Una bruja, supo.  Era ella quien despedía el olor a sangre, un aroma añejo, mezclado con perfumes y con el aire que olía a fresco.

-El otro se ha ido.- dijo ella -Has perdido la batalla. ¿Sabes lo que éso significa?-

Vaizack quiso responder, pero de pronto era como si su cuerpo hubiera olvidado como hablar. De todas formas las palabras no hicieron falta, la mujer pareció entender lo que el sofocado silencio del lobo decía.

-Si. Moriste.- ratificó. Vaizack  sintió su cuerpo tensandose dolorosamente.

Había perdido, estaba muerto. La muerte se sentía extraña, demasiado parecida a la vida y muy dolorosa. Parpadeó y de pronto las sombras informes se aclararon en vivos y brillantes colores, y la silueta de la mujer se volvió en una visión suave y armónica en la que las largas ondas rojizas de su cabello parecían una llamarada viva y espesa, y su sonrisa relucía con una intensidad tranquilizante.

- Pero me he ocupado de eso. Naturalmente el volver de la muerte puede llegar a ser una experiencia traumatizante, pero...- ella le sonrió amable -Eres un berserker. Uno de esos formidables lobos.- ella ladeó la cabeza y  continuó su perorata
- Estarás bien muy pronto.  Tu muerte duró sólo unos minutos, así que tu cuerpo no tardará en re-acostumbrarse. Las heridas son profundas, en especial la del cuello, fue la que te mató. Pero las he curado lo mejor que pude. -
 -P... p...- al intentar hablar, Vaizack fueconscientee de que algo horrible debía haberle pasado en la garganta. El sonido sonó apagado.
 -P... p... - repitió.  
"¿Por qué?" exigió con sus ojos claros, y Harley comprendió, como ella solía comprender sin necesidad de que se usaran palabras.  
-Por qué alguien debe llevar a Ajax de vuelta a casa. Y tú eres un buen chico que lo ha estado cuidando bien.-
 " No tenías el derecho de intervenir, mujer. Las batallas entre nosotros los guerreros blancos son sagradas."
 -No he intervenido en tu batalla en ningún momento.-  
"Interfieres en el resultado. Perdí, por tanto debo morir y ser juzgado.-  
-Moriste. Y has sido juzgado... por mi.- dijo ella con simpleza, dándole la espalda. Vaizack gruñó con su garganta entumecida.   
-Cuando puedas ponerte de pie completa eso que venías a hacer, llévalo a casa. Pero se cuidadoso, está dormido.-  

El  volteó hacia un lado, en donde a unos metros, recargado contra el tronco de un árbol, estaba el niño, que dormía.  
Cuando volvió a mirar al frente, la bruja se había ido.
 El día alzó sobre la ciudad, y el brillo del sol sobre las superficies grises de los edificios destellaba alegremente con un brillo que era blanco.

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