martes, 2 de octubre de 2012

20.- Una sorpresa. Necesaria.

Era una sorpresa. Una desagradable. Una sumamente desagradable para Lucas escuchar que había sido aquel lobo blanco el que, después de darle una paliza, le había llevado al hospital, y luego, cuando trató de huir de ahí el mismo lobo blanco se los había llevado a él y a Ajax a su departamento y los había cuidado durante varios días. Y además se había encargado perfectamente de sus heridas, las cuales, debía aceptar, habían sanado estupendamente.
Incluso la herida de bala en el hombro. El agujero había cerrado ya y sólo tenía una ligera molestia.

Su ojo izquierdo ya no lo tenía inflamado, aun que quizá tampoco volvería a servirle para ver.

Pero dejando eso, se sentía muy feliz. Por que Ajax estaba bien.

Decidió no preguntar más si ya había sido perdonado.

Por que en verdad mientras Ajax estuviera con él y le sonriera, no le importaba ya nada.

Además el crío parecía estar tan tranquilo y contento otra vez.

Hubiera dado cualquier cosa, su vida, su alma, su honor, todo por que Ajax fuera feliz. 

La tarde murió, y con la oscuridad nocturna a cuestas cayó en cuenta del detalle de que no tenían un lugar donde pasar la noche, volviendo así a sentir toda su incompetencia para cuidar de aquel niño.

Y si fuera sólo por si mismo dormiría al fresco en el césped en un parque o sobre papel periódico en un callejón.

Era un lobo después de todo y no se ponía mayores reparos por que llevaba una vida errante desde hacía mucho tiempo. Y aún que pensaba que Ajax también habría de acostumbrarse a situaciones así y no ser un comodino, habría preferido tener un lugar más decente para pasar la noche que las escaleras de emergencia de un edificio viejo.

Además era una prioridad esconderse, pues luego de ese estúpido error que había cometido en el hospital, no dudaba de que los de House of Sound ya hubieran advertido su presencia en aquella ciudad.

Al menos Ajax llevaba un disfraz. O algo así. Con una gorra de orejitas y unos lentes de plástico con el color amarillo más llamativo y feo que hubiese visto jamás.

En realidad se veía adorable. Era siempre tan bonito.

El niño puso sus brazos alrededor del cuello de Lucas y se sentó sobre sus piernas mientras le contaba cosas sobre aquella ciudad que Lucas apenas conocía, y al mismo tiempo enredaba sus deditos en el cabello del vago.
Y sólo por ese inocente coqueteo, y quizá por la luna llena que dejaba caer una luz blanca sobre ellos, Lucas no pudo reprimirse y detuvo la boca de Ajax con la suya.

El niño contrajo el cuello y trató de separarse, pero su hermano no se lo permitió.
Apretó el pequeño cuerpo contra el suyo, cerrando sus brazos sobre él, dejándole imposible la idea de escapar, rozando sus labios, saboreándolos, mordiéndolos. Tan suaves y pequeños. Los probó con su lengua y cuando Ajax abrió la boca para intentar dejar pasar el aire, su aliento dulce incitó a la incestuosa lengua de su hermano a entrar en aquella pequeña y jadeante cavidad.

Con su lengua tocó la de Ajax, quien de nuevo intentó liberarse, pero Lucas de ninguna forma iba a soltarlo en aquel momento. Continuó con el jugueteo hasta que la lengua inexperta del niño quiso corresponderle con un movimiento torpe.

Por que después de todo se sentía bien, por que era Lucas quien le hacía aquello. Por que le gustaba mucho estar con él. Por que por alguna razón cuando Lucas le hacía cosas como esas se sentía genial. Sólo por eso lo dejaba, por que no estaba seguro de que estuviera bien que su hermano lo besara así.
El juego se prolongó un largo rato en el que el vago no se permitió pensar, sólo sentir. Sin embargo se obligó a detenerse cuando la presión entre sus piernas se hizo demasiado fuerte.

Soltó al niño, retirando sus brazos hacia los lados, con la cabeza hacía atrás apoyada contra la pared de ladrillos y los ojos cerrados.

-Perdóname.- susurró relamiéndose los labios, buscando en ellos el sabor de su Ajax. Necesitaba aquel tipo de contacto con él, su cuerpo se lo estaba gritando. Pero era muy grande el temor que tenía de lastimarlo. Era tan pequeño, tan delicado.

Ajax se quedó en silencio. Sentado junto a él, recargado sobre la barandilla, mirando escaleras abajo, sonrojado hasta las orejas.

Y ese silencio ansioso le gustó mucho a Lucas.

Pero ya no le haría nada más, se dijo a sí mismo. Se prometió. Se juró. Trató de convencerse.

Buscó consuelo en el brillo espectral de la luna, elevando su mirada hacia el cielo entre los techos y aleros.

Quizá debía llamar a Bijou para pedir su ayuda. Pero le pareció que era demasiado pronto para ir corriendo a suplicarle que le salvara una vez más. Realmente no tenía ganas de hacer eso.

Murmuró malhumorado algo de que no sabía en donde iban a pasar la noche.

-No me importa dormir en la calle.- respondió Ajax para sorpresa su sorpresa. Los tibios ojitos negros se clavaron en él con su alegre inocencia todavía tentándolo.

-Ah ¿En serio?- preguntó sonriendo de lado. Miró la luna de nuevo, que parecía estarse deslizando sobre los tejados. Y entonces pensó en algo.

-Esta vez no hará falta. Andando.- dijo poniéndose en pie.

-¿A dónde…?-

-Shhh- le hizo callar poniéndole un dedo sobre los labios. Luego se puso en cuclillas –Sube.- y el niño se echó sobre su espalda.

-Sostente fuerte.- advirtió escalando sobre las rejillas de la escalera y luego saltando hacia la pared del edificio de en frente, y subió trepando por un tubo de desagüe.

Sintió los brazos temblorosos de Ajax alrededor de su cuello y sus manitas aferrándose fuerte a su ropa.

-No tengas miedo.- le susurró.

-No tengo.-

-Entonces abre los ojos.-

Ajax los abrió. Estaban sobre un tejado alto y abajo se extendía un océano de aleros y torrecillas blanqueadas por la luz lunar. Parecía una ciudad blanca, quieta y silenciosa.

Sólo alcanzaban a oí al aire murmurándoles en los oídos.

-Que bonito.-

-Escoge uno-

-¿Un qué?- preguntó Ajax

-El tejado que te guste, escógelo.-

-¿Para qué?-

-Para dormir-

-¿Vamos a dormir sobre un tejado?-
-Dentro de la casa que esté bajo el tejado. ¿Cuál te gusta?-

Ajax señaló uno inclinado con chimenea de ladrillos naranja.
Lucas saltó sobre las tejas hasta llegar al que el niño quería.

-Hay personas…- dijo Ajax mirando por una ventanita.

-Bueno… busquemos otro que te guste y esté vacia.-

Siguieron saltando de tejado en tejado hasta que encontraron una casa sin personas. Entraron por la ventana a una habitación grande y acogedora.
Lucas revisó el lugar de arriba abajo pero no había nadie,
Cuando volvió a la habitación Ajax ya se había quedado dormido sobre la enorme cama. Lo cubrió con las mantas y se acostó junto a él.

 
 



La mañana era tranquila, apacible, Aunque probablemente en aquella ciudad no existían las mañanas frías, pues hacía ya calor aun que el sol apenas asomaba.

Lucas no quiso moverse. Ajax dormía todavía, y tenía la cabeza recargada en su brazo.

El vago sonrió. La vida en aquella mañana bonita le pareció muy buena. En silencio trató de grabar el recuerdo de aquel momento en su mente.

-Ajax.- susurró poniendo los labios sobre la frente del niño después de un rato –Despierta.-

El niño se revolvió en la cama.

-Venga, Ajax. Es hora de irnos.- dijo soplando en el cuello del niño.

El aroma que su piel infantil desprendía por las mañanas era delicioso. Le pasó la lengua por la oreja. Ajax se estremeció y abrió los ojos.

-Es hora de irnos.-

-Tengo sueño.- respondió adormilado, volviendo a arroparse.

-Voy a ver que hay para el desayuno. Apresúrate.-

El vago bajó a la cocina atiborrada de latas de sopa y conservas, pan, galletas, chocolate, aceitunas y nueces. En el refrigerador se guardaban varias botellas de leche, paquetes de queso, carne y comidas congeladas.

En lo que se decidía, tomó una manzana que estaba sobre la barra. Junto al frutero había una cajita blanca con algo de dinero en ella.

Estuvo observándola todo el tiempo que masticaba la manzana hasta que se decidió a tomarlo y guardarlo en su bolsillo.

Justo en ese momento lo alarmó el sonido de una llave entrando en la cerradura de la puerta.

Quien quiera que fuese el dueño de la casa estaba ya de vuelta.

Lucas corrió escaleras arriba.

Un pequeño perro amarillo fue el primero en entrar a la casa, corriendo como una ráfaga rubia y escandalosa, subió hasta la habitación que estaba en el segundo piso.

Cuando su amo subió encontró su habitación tal como la había dejado. El perro le ladraba a la ventana abierta.

-¡Cállate ya, Tinke!- ordenó el amo.




Aquella mañana un tipo alto, greñudo, con un ojo en blanco y pinta de vago caminaba tranquilamente por la acera. Cargaba a un niño en su espalda.
El vago tenía hambre y el niño se abrazaba a él en silencio.

-¿Estás dormido?- preguntó el vago

-No.-

-¿Qué quieres desayunar?-

- Lo que sea.-

-¿Qué pasa? ¿Estás molesto?-

-No.-

-Estás…serio.-

-Tengo sueño.-

El muchacho siguió caminando. Ajax guardó silencio un rato más. Luego se sacó algo de la bolsa de su pantalón. Era el parche pirata. Estiró los brazos y se lo colocó a Lucas en el ojo derecho.

-¡Eh! Es del otro lado.- exclamó el vago, deteniéndose ya que no podía ver nada con el parche sobre su ojo bueno.

-Perdón.-

Ajax volvió a colocárselo, esta vez en el ojo correcto.

-Así que lo guardaste.- dijo el vago caminando de nuevo.

-Si…umh. ¿Te duele?-

-¿El ojo? No. No puedo ver nada, pero no duele. Me daría igual traer o no el parche.-

-Se ve bien.-

-¿Te gusta como me queda?-

-Si.-

-Nh.-

Y el silencio los llenó de nuevo. Ajax se preguntó si a Lucas no le pesaría demasiado llevarlo a cuestas. Esperaría un poco más y le pediría que lo bajara.

-Hubiera estado bien…- volvió a hablar. –Que le dijeras “Gracias” a Regan…por habértelo regalado.-

-Ah…Se lo diré luego.-

Ajax levantó el cabeza, sorprendido del comentario de su hermano.

-Ya no… ya no puedes…está muerta.-

Lucas se puso tenso.

-¿Cómo sabes eso?-

-El muchacho me lo dijo.-

-¿El qué? ¿El lobo blanco?-

-S-si.- confirmó.-Me dijo que él… la mató. No quería hacerlo, pero se lo ordenaron.-

El vago se molestó. Ese estúpido lobo  se había atrevido a soltarle a Ajax así nada más que él había asesinado a Regan. Seguramente eso había asustado a Ajax y lo había puesto triste. Aun que realmente, cuando Ajax le hablaba de el albino no parecía que sintiera temor.

Y eso le gustó muy poco.

Se detuvo de pronto frente a una tienda de donas y café. A Lucas le gustaban las donas. En especial las glaseadas. Siempre lamía primero todo el dulce. Luego ya perdía el interés en el pan. Pero en ese momento se le estaban antojando mucho incluso con el pan, pues se moría de hambre.

Entraron a la tienda y pidió donas con glaseado de chocolate y se sentaron en una de las mesitas.

Pero Ajax no parecía que tuviera ganas de comer. Estaba como distraído mirando hacia la ventana y el vago supuso que estaría pensando en Regan.
Pues bien, no tenía idea de que podía decirle. Personas cercanas a Ajax habían muerto hacía poco. ¿Qué iba a decirle?

“Bien, niño. Así es la vida. Todos morimos. Para nosotros que somos licántropos el matar es algo muy natural”

Pues no. Al principio, cuando recién le conoció, se lo hubiera dicho así. Pero ¿Cómo hacer eso ahora cuando ya lo había lastimado tanto?

Y además aún estaba lo de Harley. No podía contarle sobre la horrible muerte de la pelirroja.

Debía aceptar que mientras estuviera con Ajax, el niño viviría rodeado de peligro y muerte.

Y ¿Qué tal si Ajax no quería eso?

-¿Puedo…salir?-

-¿Nh?-

-Que si puedo salir.- volvió a preguntar Ajax.

-Aún no terminas de comer.-

-Es que…quiero verlo.- el crío señaló algo a través de la vidriera. Afuera, junto a un hidrante había un perro grande y lanudo.

-Ah, vale. Pero si te gruñe cuando te acerques mejor te alejas.-

-Si-

El crío salió. El perro estaba echado, jadeando con la larga y roja lengua colgando de su boca. Cuando el niño se acercó levantó ligeramente las orejas y meneó el rabo, y con lo nada peligroso que le pareció, se acercó para acariciarlo.

-Hola.- le dijo rascando tras su oreja –Eres muy grande. ¿Cómo te llamas?- preguntó como si realmente esperara a que le respondiera.

Y de pronto el perro empezó a gruñir y Ajax retiró las manos, asustado, sin saber que no era a él a quien el perro le gruñía, si no a alguien que estaba detrás del niño.

Ajax se dio cuenta demasiado tarde. Con una mano le taparon la boca y lo jalaron hacía una casa deshabitada que estaba cerca.

Lo aventaron sobre los escalones y sólo entonces pudo ver a Philleas, que le había llevado hasta ahí.

El muchacho rubio que había intentado lastimarlo antes en el callejón. Los recuerdos le vinieron de golpe, y el miedo que sintió le dejó sin aliento.

-Lu…Lucas…- alcanzó a susurrar, sofocado antes de que el muchacho se lanzara sobre él y volviera a taparle la boca.

- Que buena que suerte tengo ¿Eh? Está vez no voy a dejarte escapar.-
Ajax, por supuesto, se esforzaba para soltarse, pero el chico seguía siendo mucho más fuerte que él, además traía una cuerda con la que le ató las manos al barandal de la escalera.

-Jejeje. ¿Ves que ahora no vas a escaparte? ¿¡Lo ves!?- le gritó y Ajax trató de hablar, pero la mano de Philleas se lo impidió de nuevo.

Sin perder tiempo subió la camiseta del niño dejando expuesto su pequeño torso. Se devoraba la frescura de su piel pasando su boca sobre ella, lamiéndola, mordiéndola con desesperación. Bajo su mano que acallaba la boca del pequeño, sentía su voz atrapada gritando y gimiendo, y aun que le abría gustado mucho más escucharlo gritar con fuerza, no podía arriesgar a que el ruido atrajera a alguien que les interrumpiera.

Pronto su mano corrompedora, la que quedaba libre, se aventuró más allá de los pantalones de Ajax, bajo su ropa interior, tocando su pequeña entrepierna con un morbo jadeante y sucio.

Le causó dolor al apretar demasiado, lo supo cuando lo vio sobresaltarse, moviéndose inquieto, tratando de alejarlo de aquella parte tan sensible. Y además vio el dolor en sus ojos, escapando con una hilera de tibias lágrimas. Y Philleas gozaba eso.

-Eso. Llora para mí.-

Su lengua secó las lágrimas de la enrojecida carita de una sola lamida.
Ajax sólo pudo cerrar sus ojos con fuerza. Asqueado, dolorido.
En su mente no dejaba de repetir el nombre de su hermano.

Lucas que estaba tan cerca. Si tan sólo pudiera llamarlo. Si tuviera el silbato.

Su silbato.

Para llamar a Lucas.

Lucas.

Lucas.

Lucas.

Pero al final el silbato no hizo falta por que Lucas apareció por si mismo.
Estaba hecho una furia, listo para explotar en cualquier momento.
Tomó a Philleas por el cuello, presionando fuerte su traquea, lo alzó del suelo como si fuera de papel y le golpeó duro la cabeza contra uno de los pilares de la pared.

Lo miró unos momentos, pero estaba tan iracundo, tan tenso que no pudo si quiera pronunciar todos los insultos que pensaba para el que se había atrevido a tocar al pequeño. Se limitó a encajarle incontables puñetazos en el estómago, en el hígado, en los riñones, en el pecho y en la cara.

Golpeándolo con tanta dureza que sintió adormilados sus propios nudillos.
Philleas gritaba, sangrando desde cada orificio de su cara, con la dentadura rota y cayendo a pedazos por su boca junto a espesos hilos de baba y sangre.
Gritaba pidiendo piedad. Y sus gritos se mezclaban con el llanto de Ajax.

-Ajax.- le llamó Lucas soltando a Philleas, que cayó inerte en el piso.

-Ajax...Ajax.- repitió Lucas suavizando su expresión, con el aliento entrecortado por el esfuerzo. -¡Déjame matarlo!-

El crío lloró con más fuerza aún.

-Voy a matarlo por ti, Ajax.-

Ajax escondió el rostro entre sus brazos, intentando no mirar lo que su hermano hacía y sin poder contener un espeso y sonoro llanto.

Aún así alcanzó a escuchar el sonido de la cabeza de Philleas contra la pared una vez más. Y otra. Y otra más. Cerró los ojos con mucha fuerza. No quería ver. No quería ver a Lucas haciendo algo tan horrible otra vez.

Le pareció eterno el tiempo mientras escuchaba los golpes. En algún punto, mucho tiempo después se detuvieron y el cuerpo de Philleas cayó al suelo.

Muerto.

Lucas trató de limpiar la sangre de sus manos en su ropa y luego se acercó a Ajax. El niño no se movió. Continuó derramando sus lágrimas sobre los escalones.

-Ajax.-

Lucas desató sus manos y trató de levantarlo, pero el pequeño se resistió.

-Ajax, por favor… por favor.-

No obtuvo de respuesta más que un sollozo ahogado y continuo.

-¿E-estás bien?- preguntó. Ajax no se movía, sólo lloraba. Y era todo por su culpa otra vez, por no poner atención. Por no cuidarle bien.

-¡Maldita sea!- gritó golpeando con el puño en la pared -¡Maldita sea!- volvió a gritar pateando el cuerpo del rubio muerto. -¡Maldito hijo de…!-

Se apretó la garganta. La furia estaba a punto de quebrantarle.

De nuevo se sentía incapaz de evitar transformarse. Tuvo el deseo irrefrenable de fumarse un porro. Eso era lo que le hacía falta, pero no traía ninguno consigo, todos estaban dentro de la maleta de Ajax. Y eso estaba…trató de acordarse, y para su desesperación recordó que la maleta se había quedado en la casa del lobo blanco.

-¡Argh! ¡Me jode!- volvió a gritar pateando tan fuerte el cadáver que éste rodó hasta la otra habitación.

El vago volvió a sentarse en las escaleras junto a la pared, adolorido. Sentía que el cuerpo entero le estallaba.

-Perdóname…perdóname…-

No sabía que más decir.

-Perdóname, Ajax. Yo... sé…que odias esto…y-

Su voz se quebró. Carraspeó.

-Perdóname.- terminó, incapaz de pronunciar una sola palabra más.

Entonces Ajax se levantó y se echó sobre sus piernas.

Lucas le abrazó y lloró también. Por primera vez Ajax lo vio llorar y le pareció lo más triste y desconsolador del mundo.
Su pobre Lucas.



El camino hasta aquel lugar fue silencioso. Ajax no podía andar pues las rodillas aún le temblaban, así que Lucas lo llevaba sobre su espalda todavía.

El vago iba sucio de sangre que no era suya y parecía estar extenuado, pero no se quejaba.

No se quejó nada hasta que llegaron a la entrada de aquel edificio que había podido encontrar sin ningún esfuerzo.

Bajó al niño de su espalda, le tomó fuerte de la mano y subieron al elevador.
Y Lucas no deseaba volver ahí. Sabía que no debía. Gruñó y se detuvo un momento después de salir del ascensor, lanzó alguna maldición entre dientes y continuó caminando

“Llama tú a la puerta, Ajax” iba a decir, pero el crío no parecía estar muy bien así que decidió dejarle en paz.

Llamó pues él mismo, aun que el otro, al otro lado de la puerta, ya se había percatado de su presencia desde que venían por la calle.

Vaizack abrió y su mirada chocó con la del vago.

-Te hice una advertencia.- musitó el de cabello largo.

-Ya. Nuestro equipaje sigue aquí.-

Vaizack alzó una de sus clarísimas cejas sobre su clarísima piel.

-Pasa.- le dijo haciéndose a un lado. El vago entró y fue directo hacia la habitación.

-¿No vas a entrar?- le preguntó Vaizack a Ajax, que se había quedado en el pasillo.

El niño entró y se quedó parado junto a la pared.

El lobo blanco tuvo una sensación amarga cuando vio al niño.

En tan sólo una noche en que había dejado de verlo, el pequeño parecía completamente cambiado. Tenía la mirada ausente y opaca y el semblante pesado.

Y luego el albino debió dirigir toda su atención hacia el dormitorio. El descuidado lobo del parche hacía mucho ruido, gritaba y parecía estar lanzando cosas y golpeando las paredes. Luego salió furioso y apuntó su dedo acusador.

-¿Qué les hiciste, infeliz?- vociferó como cualquier otro lobo iracundo.

-¿A quienes?-

-¡Tú lo sabes bien! ¡Mis cigarros!-

-Oh, esos…los que estaban dentro de un empaque de plástico en esa pequeña valija.-

-¡Si!-

-Me deshice de ellos.-

-Tú ¿Qué?-

-Por el desagüe. Los dioses saben que no podría soportar algo tan maloliente en el lugar que habito.-

-El desagüe…claro…Grrra….arghhhh.-

Lucas lo embistió y ambos cayeron al piso.

-¿¡Tienes mierda en el cerebro!?... ¿¡Te imaginas un poco lo que es que te hagan falta!? ¡Los necesito!-

Lucas se había puesto una vez más fuera de si.

Vaizack vio en su rostro una locura oscura y siniestra que se parecía bastante a la demencia violenta e imparable de un berserker en plena batalla.

Aquel lobo del parche estaba en un estado bastante peligroso.

Se entabló entre los dos una lucha, rodaron por el suelo de la sala, con el objetivo de ambos de dominar al otro y los constantes gritos del vago al lobo blanco golpeaban fuerte contra las paredes como si fueran golpes sólidos.
Y de pronto Lucas se retiró por si mismo, jadeando y sosteniéndose la cabeza con las manos, poniendo todo el empeño de su ser conciente en intentar controlarse pues sentía que ya le venía la transformación.

Y debía poder evitarla.

Después de todo Ajax estaba presente.

-¡Eres un maldito bastardo! ¡Imbécil!- chilló -¿Qué…qué voy a hacer? Necesito consumir esas hierbas… ¡Las necesito!-

Vaizack desapareció de su vista. Lucas cerró los ojos, apoyando la frente en la pared, sabía que Ajax estaba cerca pero no quería verlo. No quería sentir aquella dolorosa y triste mirada del niño, no lo soportaría.

-Perdóname, Ajax.- gimió –Vete. ¡Vete ahora!... agh.-

-Deja el dramatismo absurdo.- dijo Vaizack volviendo a entrar a la sala con una de sus botellitas en la mano. -Toma esto.-

El vago le golpeó la mano, arrojando la botella al piso. Afortunadamente fue resistente y no se rompió.

-¡Aléjate de mí!-

Vaizack recogió la botella y se la ofreció de nuevo.

-Tómala-

Y Lucas trató de golpearle la mano una vez más, pero Vaizack fue mucho más rápido, tomó el rostro del vago con fuerza y le embutió la botella en la boca, haciendo que bebiese todo el rojo contenido por la fuerza.
El resultado fue casi instantáneo. Lucas cayó hacia atrás.

Su respiración agitada fue normalizándose de a poco hasta que se sumió en una agradable calma.

A simple vista aquello en la botella parecía una droga bastante más potente que lo que el vago acostumbraba a fumar.
La peligrosa transformación se detuvo.
El absceso de furia se había controlado.
El efecto del líquido era un verdadero alivio para el estresado sistema de Lucas. Y pensar que aquello era gracias al imbécil lobo blanco. Eso era una sorpresa.




Era necesaria. Aquella acción emprendida para someter la furia del lobo del parche antes de que se volviera incontenible incluso para él. Así que Vaizack se levantó y fue a la habitación, buscó  una de sus botellitas y dio al muchacho a beber el contenido, aun que debió obligarlo.

Ahora el vago reposaba sobre el suelo de la sala, completamente relajado y ausente.

Como dormido con los ojos abiertos.

Lo que le había dado era muy potente y había que dejarlo descansar unos minutos antes de que volviera a la normalidad. Al menos eso calculaba, no sabía cuanto tardaría en reponerse.

Pero deseaba que fuera pronto para poder echarle de su casa de nuevo. Odiaba la idea de tener que seguir encontrándose con aquella irritante criatura.

-…Él está bien.- dijo. Había mirado a Ajax que permanecía aún junto a la pared, y sintió la necesidad de asegurarle que su hermano se recuperaría. Pero el niño ni lo miró a él. Y esa actitud le pareció bastante molesta al de los ojos pálidos.

-¿Es por él?- preguntó -¿Es por este bestia que te angustias tanto? Estabas perfectamente ayer. Hoy regresas con un semblante sombrío. ¿Es éste el que te hace cambiar tan drásticamente?-

Ante esas palabras Ajax se vio obligado a mirarlo con algo parecido al asombro, pues resultaba que no sabía que decir.

-Es extraordinario.- soltó Vaizack –Esta criatura tiene la capacidad de enfermar la mente de cualquiera y de destrozarle los nervios a uno. No recuerdo la última vez que me sentí tan irritado… Dime. ¿Eres feliz viviendo con este necio?-

Ajax observó a Lucas de soslayo. Apretó su boquita con un gesto de ansiedad.

-¿Deseas llorar? Hazlo. Ciertamente estoy acostumbrándome a ese hábito tuyo.-

-No.- susurró la vocecilla del crío.

-¿No qué?-

-Nada.- respondió el niño volteando la cara hacia otro lugar. Una lágrima rodó limpia y clara sobre su tersa mejilla.

-Nada- repitió Vaizack. Volvió a mirar a Lucas que seguía inmóvil, perdido en algún pensamiento insondablemente lejano.

-Probablemente… no se recuperará hasta mañana… Vayamos a comprar la cena, niño.-





-¿Quién eres?-

-Vipunen… ¿Quién eres tú?-

-Soy una bruja, mi nombre es Pirausta-

-Pirausta…-

Y ese nombre, con sus ocho formidables letras, con la belleza de su sonido y la fuerza de su significado se grabó con huella indeleble dentro de Vipunen.

Pirausta.

Su dama, su señora, su princesa, su ama, su maestra, su protegida, su niña, su amada.

Vipunen había nacido salvaje. Si bien podía adoptar la forma humana su naturaleza respondía mayormente a la del lobo. Se había criado como parte de una manada dentro de las espesas y frescas montañas boscosas, completamente alejado de los humanos. Y cuando los hubo conocido aprendió pronto a repudiarlos cuando persiguieron a sus hermanos y hermanas con el afán de matarlos.

¿Por qué?

Por envidia. Por la maldad enraizada en una especie tan fácilmente corruptible comos los humanos. Les odiaba. Detestables, feos humanos.

Se dedicó a matar a cada uno de aquellos que tuvieron la mala estrella de cruzar en su camino.

Pero a ella, a pesar de su forma humana, no pudo tocarla.

Su primera visión de la señora del bosque ocurrió durante una mañana de solsticio. Había viajado hacia el sur, más de lo que acostumbraba en lo normal adentrarse en aquellos territorios cálidos, guiado por una alborozada ráfaga de viento que corría junto a él como un enorme compañero invisible.
Fue guiado irremediablemente por él hasta un claro en el bosque, donde la luz del sol caía de manera suave y perfecta sobre las flores y sobre el cabello castaño y sobre la piel blanca de ella que relucía como si llevara un aura extraña.

El corazón salvaje del lobo se agitó con violencia. Por unos breves instantes trato de huir, sabiendo que debía alejarse de aquella criatura o estaría irremediablemente perdido.
Pero no pudo.

Ella lo llamó. Y con una mirada se apoderó de él.

La sed constante e insaciable de libertad se apaciguó. Su sed ahora era de Pirausta. El anhelo constante de su presencia. De ser amado por ella.

Y Pirausta lo amaba.

Pero su bruja tenía una horrenda debilidad hacia los humanos. Ella los apreciaba, los protegía. Y para poder permanecer a su lado Vipunen debió aprender a tolerarlos también.
Pero los humanos fueron también la perdición de su señora.
Cometió el error gravísimo de otorgarles más confianza de la que merecían en su débil naturaleza.
Permitió que se le aceraran demasiado, a algunos de ellos, incluso, les confió sus valiosos secretos.
Ahí estaba Goddard, que era un joven entonces y que era también aprendiz de las artes ocultas de Pirausta. Siempre pareció tan afable, tan prendado de la bruja. Pero Vipunen no podía confiar en él. A veces llegaba a pensar que no eran más que celos, de que se acercara a ella, pero con el tiempo constató que su desagrado por él provenía de un instinto de conservación profundo y primitivo. Había algo terriblemente peligroso en Goddard, algo imperceptible que le sabía en la boca.

Por esos tiempos era considerado un joven excepcional, inteligente y justo. Aún que los humanos tenían aún un arraigado desprecio por los lobos, guardado en recuerdos difusos de las guerras pasadas, él, Goddard en conjunto con un grupo de humanos que conocían de artes ocultas y tenían relación con criaturas no humanas, formaron una cofradía, con el objetivo de aquella agrupación de traer paz al mundo entre los hombres y todas criaturas naturales, sobrenaturales y antinaturales. Llegar al final de una era de conflictos y depredación entre las especies.

Sin duda el propósito era noble, y Pirausta, buscando bienestar para sus hermanas, para su pueblo y especialmente para su lobo, les brindó todo apoyo que estuvo en sus manos darles. Ella y Vipunen tomaron el liderazgo de la cofradía y se pactó con los humanos que se acabaría la guerra entre ellos y los hombres lobo.

Pero fueron traicionados. Por los humanos que protegían. Por Goddard, quien encabezó la cacería, quien los capturó, y quien los apresó, condenándolos a pasar la eternidad juntos, pero perpetuamente separados. Una crueldad deliberada. Sabía que Gleipner, la cinta con la que había atado a Vipunen mermaba sus fuerzas de a poco, restándole poder, y vida, dejando de la criatura poderosa un despojo apenas, un lobo que no era ni sombra de lo que había sido, a pesar de lo grande y feroz que podía lucir aún estando encarcelado por cien años.

El punto era que Gleipner debía lentamente matar a Vipunen. Pero Vipunen vivió. Ni la magia de los enanos que forjaron la cinta logró matar al lobo.
El sobrevivió. Por amor.

Por que su hermosa bruja no debía verlo morir de aquella manera. Por que no podía dejarla sola en aquella prisión abominable.

Su deber, se hizo entender a si mismo, era acompañar a su dama hasta el final.
Sin embargo, dentro de la jaula de Pirausta el final no existía. El material con el que estaba hecha estaba labrado en una aleación de metales raros, y escritos sobre él, palabras mágicas, antiguas y secretas que dispuestas de cierta manera formaban un sello que evaporaba los hechizos de la bruja.

Pero además, tenía otra función la jaula aquella, y era la de preservar la vida de Pirausta. Dentro, el tiempo no la tocaba, no envejecía su cuerpo ni un solo segundo, no podía enfermarse, y no podía morir. Aún si intentaba acabar con su propia vida y se hería a si misma, sanaba pronto, una y otra vez. La vida se había convertido en su maldición. Abría preferido la muerte a permanecer cautiva de aquella manera, ella, que había sido siempre tan libre como Vipunen y como el viento. Era el lobo lo único que le mantenía cuerda.
Su amado lobo. Su compañero en la eternidad.

-Vipunen.-

Escuchó su voz cálida acariciándole. Y Vipunen entreabrió los ojos. Pero el ver la figura de la bruja dentro de la jaula frente a él, volvió a cerrarlos con fuerza. Por que esa no era la Pirausta real. Ella se había marchado, y le había ordenado antes de partir que mantuviera sus ojos cerrados, y sus oídos sordos a aquella otra criatura que ahora poseía su cuerpo.

-Vipunen-

Le llamó con insistente dulzura.

-¿Qué te sucede, querido Vipunen?-

Apretó con fuerza sus párpados grises.

-Vipunen.-

Y Vipunen gruñó.

En sus adentros deseaba hacerle callar. Que aquella horrenda criatura no ensuciara el cálido sonido de la voz de Pirausta con sus venenosas palabras.
Pero abría de ignorarle.

-Ella no volverá, Vipunen.-dijo Goddard. –Cien años cautiva una hija del bosque. Cien años. Alguien como ella no soporta el encierro. Necesita el calor de la tierra, la luz del sol, el murmullo del viento.-

La criatura suspiró desdeñosa.

-No volverá Vipunen. Verá ante sí el mundo que le fue arrebatado y se enamorará de él. Y entonces no querrá bajar de nuevo aquí a sacrificar su libertad sólo para salvarte, perro moribundo.-

Y Vipunen sabía que eso podía ser. Que su ama no volviera más. Pero él seguiría esperando. Eternamente si era preciso. Anhelaba la felicidad de Pirausta más que a nada. Y sabía que para ella la libertad era felicidad plena. Pero él la conocía más de lo que cualquier otra criatura sobre la tierra podría jamás tener la buena fortuna de hacerlo, y confiaba en que ella cumpliría su promesa.
Por eso él esperaría. Por qué él era su fiel amante devoto y sabía que para eso la confianza era necesaria.

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