viernes, 14 de septiembre de 2012

18.- Lo que preguntó la bruja


Era lo que preguntó la bruja. Lo que le sacaba de quicio.


Goddard había bajado de nuevo al recinto subterráneo donde la bruja y el lobo estaban cautivos.


-¿Por qué me lo preguntas otra vez, señora? Conoces de sobra mi respuesta. No se irán ni tú ni Vipunen. ¡Son nuestros oráculos! Los guías de la cofradía. Ustedes son herramientas de paz y bienestar para la gente que protegemos. ¡No! Hasta que terminemos con nuestra importante labor  permanecerán aquí, con nosotros. Además, el mundo de ahora, señora, es un mundo terrible. No estarían a salvo.-


La bruja le había preguntado una vez más si los liberaría.


Goddard como hacía siempre que se tocaba el tema, se negó. Pero en esta ocasión la bruja no se quedaría conforme con una negativa.


-¿Estás amenazándome, señora?- preguntó él, esbozando una media sonrisa cínica y burlona, cargada de desprecio.


-No nos detendrás por mucho tiempo más.-


-No puedes hacer nada. Dentro de esa jaula tus poderes están dormidos y lo sabes.-


-¡Dentro de la jaula!- chilló ella sacando los brazos fuera a través de los barrotes, y por un momento parecieron más largos de lo que Goddard esperaba por que las manos de la doncella se afirmaron a su cuello, atrayéndole hasta ella.


El hombre quedó pegado a los barrotes, cara a cara con la bruja, cuyos ojos destellaban una luz fúrica y demoníaca.


-Es un error común entre los humanos ser… ¡Descuidados! ¡Torpes! ¡Distraídos! ¡Subestiman…! Nos subestiman por que no son capaces de entendernos.-


Ella se había vuelto una criatura iracunda y violenta que golpeaba a Goddard salvajemente contra la jaula. Y había sido tan repentino que Goddard no había ni tenido tiempo de defenderse.


Finalmente la bruja pegó sus sonrosados labios a la mueca reseca y retorcida que era la boca de aquel hombre, y él sintió como su cuerpo se despedazaba desde dentro. Un torrente de algo hirviente y amargo salió de la boca de Pirausta hacia la suya. Como fuego.


Y entonces su cabeza se llenó de visiones horrendas, cosas indescriptibles, cosas asquerosas e invisibles arrastrándose sobre su piel, gritos de máquinas, de mujeres, de recién nacidos enfermos, de criaturas descomunales, todo girando sobre él como un vórtice del horror. Luego una estaca de madera enterrándose desde su espalda y saliéndole por la nuca, astillando su carne y moliendo sus huesos.
La agonía pareció extenderse eternamente.


Y luego despertó, temblando, recostado boca arriba. Se notó agitado, sudando copiosamente.
Se levantó, no sin hacer un tremendo esfuerzo pues su propio cuerpo le pesaba como plomo. Trató de recobrar el aliento boqueando un par de veces y miró a su alrededor. Oscuridad. La penumbra se hallaba en todas direcciones. Extendió las manos alrededor, tratando de ubicarse espacialmente.


-¿D-donde estoy?- musitó. A su alrededor los barrotes de la jaula de Pirausta. Los palpó y luego los tomó con fuerza, sacudiéndolos. 


-¡¿Dónde estoy?!- gritó, exigiendo una respuesta, y al oír su propia voz la sangre misma se le heló. Por que no era su voz, si no una voz femenina, aguda. Por acto reflejo se llevó las manos a la garganta.


-Mi voz…-


Dijo, sintiendo las vibraciones en sus manos al hablar –Mi voz…mí…-


Luego reparó en lo delicado de su cuello, en la piel tan fina, en el toque delicado de las manos, el cabello largo que le caía sobre los hombros, los pechos suaves y redondos.


-Tranquilo, querido señor. Estás en un lugar muy seguro.- escuchó una voz terriblemente familiar –Una jaula que no se abre.- 


Era su voz que le hablaba desde la oscuridad con tono burlón.


-¿Quién eres?-


-Una bruja. Aun que para fines prácticos, ahora mismo soy tú, Alan Alexandre Goddard.-


-¿Qué? ¿Qué? ¿Pirausta?...-


Se llevó las manos al rostro. El delicado rostro de una doncella, y al pasar los dedos sobre los párpados se dio cuenta de que estos estaban abiertos, pero las cuencas vacías, ensangrentadas.


El bello rostro estaba ciego.


-¡¿Qué me has hecho!?-


-Ahora estás atrapado en mi cuerpo y en mi jaula-


-¿Q-qué?-


Tembló, sintiendo sobre si una terrible desazón.


-¿Qué has hecho, maldita? No puedes…no. No puedes usar tu hechicería dentro de la jaula…. ¡Estas mintiendo! ¡Es una ilusión!-


-Oh, pero si incluso para crear una ilusión necesitaría fuerzas que no tenía ahí dentro, lo que significaría que hallé el modo de usar mi poder…-


La bruja rió con la voz del cuerpo de Goddard.


-Pero no habría podido hacer eso. Te enseñé muy bien y supiste crear una prisión de la que, con mi fuerza, no lograría escapar por la eternidad. Pero no ha sido mío el poder que he usado. Los dioses son entes reservados. No escuchan fácilmente las voces mortales. Y sólo prestan oído a quienes saben rendirles tributo. Los ojos de una vidente son objetos de preciado valor. Y ellos…a cambio…me han concedido por un momento un poder que tu jaula no puede contener. El poder suficiente para escaparme de mi cuerpo cautivo. Así que me he refugiado en el tuyo, y tú…-


Goddard en su insondable oscuridad sintió una mano grande y dura acariciándole el rostro.


-Tú ahora te ves como una doncella ciega en una jaula-


-Fui yo… ¡Yo cree está prisión! Puedo abrirla si me place…-


-¿Y cómo lo harás si dentro de ella no puedes emplear tu poder? Tu fuerza que es inferior a la mía no podrá librarte de tu propia maldición. Has caído victima de tu propia iniquidad, ambicioso y falso humano-
Goddard se dio cuenta de que era así, estaba completamente atado a las reglas que él mismo había creado.







Ya que había dormido tanto y tan bien la tarde pasada, Vaizack despertó temprano a la mañana siguiente. Para variar hacía calor, así que se levantó rumiando su mal humor. Abrió la ventana de la sala, pero era pequeña y no refrescaba nada, así que fue a la de la habitación que era una ventana panorámica que abarcaba toda la pared que daba hacia la calle.


Se recargó sobre ella, sacando medio cuerpo, deseando sentir alguna brisa fresca. Pero no le llegó más que el rancio tufo de una mañana citadina.


Aburrido de la monotonía de un paisaje compuesto de avenidas congestionadas y techos sucios, se volvió y miró dentro de la habitación.


El vago seguía durmiendo como esperaba. Junto a él dormía también el niño, hecho un ovillo pequeño entre las sábanas.


Vaizack se acercó con cautela y se puso en cuclillas a la altura del crío. 


Le picó la mejilla con la punta del dedo.


Ajax no despertó.


Continuó picando suavemente su cara. El niño arrugó la nariz y movió una manita frente a su rostro.
A Vaizack le pareció gracioso, así que continuó con el juego.


En verdad le divertía, tanto que se sorprendió a si mismo conteniendo una risilla.


Al cabo de un rato Ajax terminó por despertar. Vaizack se sintió impulsado a alejarse. Se levantó y miró al crío desde la puerta.


Ajax se talló los ojos y bostezó como un cachorrito.


-Hhmm…hola.- saludó a Vaizack.


-No deberías acostarte con él. Puedes lastimarlo.-


El pequeño miró a Lucas. Frunció el ceño y apretó en sus pequeños puños la sábana.


-Quiero que despierte.-


-…-
-¡Quiero que mi hermano despierte ya!-chilló


-Pues no se va a despertar sólo por que te pongas a llorar. Necesita mucho reposo.-


-Pero… pero va a despertar ¿Verdad? ¿Verdad que si?-


-Te lo dije anoche. Que curioso que te pongas a llorar por eso ahora.-


-No estoy llorando.- respondió Ajax, volviendo a apoyar su cabeza sobre el cuerpo de Lucas.


-Así que es tu hermano. ¿Hay otros como ustedes? ¿Otros hermanos?-


Ajax no respondió. Cerró los ojos, tratando de concentrarse en escuchar la suave respiración de Lucas.
-Voy a cambiarle los vendajes. Ve por ahí a hacer alguna cosa…-


Vaizack le hizo levantarse de la cama, y eso molestó un poco a Ajax, así que se quedó junto a la cama. Sólo para asegurarse de que Lucas iba a estar bien.


Vaizack sacó su cajita de madera de olor penetrante y empezó a revisar el cuerpo del vago.


-Mira. En esta zona se le habían enterrado varios pedazos de cristal.


Ajax observó. Las heridas ya habían cerrado.


Sólo quedaban largas marcas rojas y un montón de costras.


Luego Vaizack descubrió la herida de bala en el hombro derecho. Era obvio que aquello había sido a causa de una funesta bala de plata y además la herida no había sido tratada como debía.


Se notaba que le habían puesto alguna infusión de hierbas medicinales y eso había ayudado a que la piel no se pudriera. Pero luego de eso la herida había quedado desatendida.


La piel estaba quemada y no cerraba el agujero en la carne. Por su puesto que había sido plata. Sólo eso podía tener un efecto tan agresivo.


”Así que lo están cazando. Por eso no quería quedarse en el hospital. A esta hora los de House of Sound ya deben haber recibido un informe sobre él. ” Pensaba Vaizack en lo que ponía pasta de hierbas en la herida de bala y cubría con una venda ligera.


Revisó el ojo. Se notaba que había estado inflamado durante mucho tiempo.


-¿Su ojo va a estar bien?-preguntó Ajax, preocupado por el globo ocular de su hermano.


Vaizack se encogió de hombros.


-¿Puedes curarlo?-


-No. No pienso que haya mucho que hacerle. Pero un ojo menos no es que vaya a impedirle vivir…-suspiró sintiéndose ridículo. Vació una botella más en la boca de Lucas. Y terminó el chequeo.


El berserker miró al relojito de pared. No tenía trabajo para ese día. Y lo que generalmente hacia en días así era patrullar por los alrededores, siempre pendiente de la aparición de otros lobos blancos.


En su joven vida, además de a sus padres, se había encontrado apenas a otros tres berserkers. Y estaba seguro que todos ellos, los que había conocido y los que aún no, eran justo como él. Feroces, solitarios y de color blanco.


Y en las batallas que había tenido con otros como él, el joven Vaizack había salido victorioso. Por que estaría muerto de no ser así.


No era fácil encontrar berserkers.


Pero para su desgracia él era la excepción.


Sus padres los habían hallado a él, y de los otros tres berserkers con los que se había enfrentado, dos lo habían encontrado. Sin contar el montón de otros lobos que lo habían hallado. Como Regan, por ejemplo.
De alguna forma no tenía la capacidad de ser discreto. O por cualquier razón, era demasiado fácil dar con él.


”Ah. El reporte…” se recordó a si mismo al evocar la imagen de Regan en su mente, pues contaba ya dos días de que la matara y aún no enviaba su informe del trabajo a House of Sound.


Pues si. Después de todo si tenía algo de que ocuparse ese día. 


Pero le estaba dando hambre, así que primero debía ir a comprar almuerzo.


Pero si tenía que ir a hacer un montón de cosas no le daban ganas de llevar consigo a aquel niño por toda la ciudad. 


-Voy a comprar almuerzo.- anunció el joven sujetándose la bufanda amarilla el rededor del cuello -¿Recuerdas lo que te dije ayer? Es importante. No abras la puerta. No salgas….ahh…-pensaba- No toques mis cosas. Mis cajas…no las toques. Es todo. Fuera de eso no me interesa lo que hagas.- su mirada se desvió por un segundo hacia la cama.-Pero harías bien en dejarlo en paz si te importa que se recupere pronto.-





No había oficinas de House of Sound en esa ciudad. Si quería enviar los informes de su trabajo, Vaizack debía rellenar los formularios y enviarlos por correo.


Existía eso otro de las computadoras, pero no se había adecuado muy bien a ellas, así que prefería hacerlo del modo convencional.


Paquetería.


Y de vez en cuando al salir a la calle, llegaba a detectar entre la multitud a algún cazador de House of Sound, por que sabía que no era el único en la ciudad.


Nunca se les acercaba. Pero un par de ellos habían dado con él, descubriendo que era un lobo, así que había tenido que eliminarlos.


De todas formas no era común encontrar cazadores que pudieran descubrir su identidad si permanecía con su forma humana.



-¡Libérame! ¡Libérame, tú, maldita!-


Gritaba Goddard desde la jaula, atrapado en el cuerpo de Pirausta, rasgando una garganta que no era suya en gritos y chillidos espantosos, luchando todavía por conseguir salir de una prisión que él mismo había construido.


-Mí amado lobo…-


Dijo la verdadera Pirausta, dentro del cuerpo de Goddard, acercándose a Vipunen y apoyando la gruesa mano sobre su cabeza con demasiada suavidad.


El lobo cerró los ojos para evitar ver de cerca aquella figura que tanto repudio le causaba y concentrarse únicamente en el toque maravillosamente suave de Pirausta.


Inútilmente trató ella de desatar la cinta que mantenía preso el lobo. Tenía el cuerpo de Goddard, pero no era Goddard, y sólo la voluntad de ese hombre podía soltar los nudos de Gleipner


-Nadie si no él, puede-


Repitió Vipunen.


-Lo sé. Perdona mi testaruda insistencia…he debido intentarlo de cualquier forma.-


Dijo ella dentro del cuerpo de Goddard, suspirando con tristeza.


-Vete ahora, mi señora, eres libre.-


-Mi libertad está contigo…sin embargo por eso mismo he de marcharme, Vipunen y encontrar la manera de liberarte.-


-Eso es imposible…-


-¡Basta! No hay imposibles ¿Dudas de mi palabra?-


-¡No!... nunca… tu palabra es mi ley…-


-Entonces confía en que hallaré la forma.-


-Yo puedo hacerlo, señora.-


Volvió a hablar la criatura en la jaula, con su voz suave y seductora que invitaba a mirarle y creer cada palabra.


-Dejaré libre a Vipunen si me devuelves mi forma real. Su libertad a cambio de la mía, Pirausta.-


-Mi querido amigo-Rió la bruja, girándose hacia la jaula, mirando su propia dolorosa figura con compasión. -Nunca más mi confianza he de depositar en ti. Ahora mismo dirás cualquier aberración que te facilite huir. Por desgracia te conozco, eres obstinado, mentiroso, vengativo.-


-¡Mi señora! Jamás te he lastimado. Yo te puse en esta jaula por tu bien, por el bien de la humanidad… ¡Perdona mis errores, señora!-


-Silencio. Que desagradable forma de suplicar…La única manera en que podrías liberar a Vipunen sería devolviéndote este cuerpo, y yo deberé volver a la jaula donde mi fuerza quedará sellada otra vez. Una vez libre tú, te irás, condenándonos de nuevo a esta prisión. Eso es lo que pasará, el poder que he perdido como vidente no me hace falta para saberlo con certeza por que eres predecible. Tan corrupto y ambicioso que tus patrones ya están definidos. No me supliques por que mis oídos son sordos a tus palabras. No me llames, no soy tu señora ni de ningún humano que te haya seguido, y que en el nombre de Vipunen y Pirausta haya matado.-


El tonó en sus palabras fue terminante, duro, como si hubiese golpeado con la potencia de su voz a toda materia presente.


La criatura dentro de la jaula chilló.


-¡Maldita! ¡Bruja perversa y ruin!-


El menudo cuerpo se levantaba a tropezones, estrellándose una y otra vez contra los barrotes de la jaula.
-¡Destrozaré tu cuerpo! ¡Haré pedazos este maldito cuerpo!-


Y al verle herirse contra el metal, y escuchar los gritos de aquella voz amada, el lobo se jaló violentamente en un intento más de incorporarse.


-¡Detente! ¡No lo hagas!-


Pero la protesta del lobo fue acallada por la mano dura y seca del cuerpo de Goddard, que le tocó con suavidad la cabeza.


-No debes angustiarte. Sabes bien que no puede lastimarse dentro de esa jaula. No hay forma en que se dañe, y en la eternidad su vida y su juventud se mantendrán.-


Vipunen cerró los ojos con fuerza. A pesar de que sabía que no se hacía daño real no soportaba ver ese hermoso cuerpo sufriendo.


Pirausta le sonrió compasiva.


-Eso. Cierra tus ojos. Mantenlos así todo el tiempo hasta mi regreso. No pongas tu vista ni prestes oido a la venenosa presencia de esa criatura, Vipunen.-


-Haré lo que mandas. Tú palabra es mi ley, señora.-


El lobo inclinó ceremoniosamente la cabeza sobre el suelo, aún con los ojos cerrados.


-Hasta pronto, Vipunen.-
 

Vaizack llegó cargando el almuerzo dentro de una tibia bolsa de papel.

-¿Qué haces?- preguntó metiéndose en la cocina donde estaba el niño, fregando el piso.


-Limpio.-


-Ah.- puso la comida sobre la barra. -¿Por qué?-


Ajax se encogió de hombros.


Vaizack echó una mirada. La sala había dejado de ser un sucio desastre. Estaba recogida y lavada. El olor a rancio que había estado ahí desde siempre se había ido. Y de hecho olía bien.


-¿Y éso de donde salió?- preguntó señalando el trapeador que tenía Ajax en la mano.


-Estaba en el armario. También el jabón y el limpiador.-

-¿A si? Que curioso. No sabía que estaban ahí.- respondió el albino mirando la botella de líquido limpiador.
-Bueno. No está mal.- musitó Vaizack sintiéndose extrañamente refrescado por lo limpio que estaba su departamento y lo espacioso que se veía con la cosas en orden. 


-Que útil… Traje comida.- señaló la bolsa.


Su comentario lo precedió un prolongado silencio que perturbaba a Ajax.


Pero era que Vaizack no estaba acostumbrado a conversar con nadie. Regan era siempre la que hablaba hasta por los dos.


-Mi hermano….umh… sigue dormido.- anunció el niño mirando los mosaico de la pared. Eran blancos y habían quedado muy brillantes.


-Por supuesto que sigue dormido.- musitó Vaizack. Ni siquiera tenía que ir a revisarlo. Sabía que seguiría dormido y exactamente como él lo había dejado. 


No dudaba de eso. Vaya niño tan necio, pensaba. 


-Le he dejado tranquilo.- agregó Ajax.


Vaizack bramó con aburrimiento. Y luego se sintió interesado otra vez.


-¿Por qué usas eso?- señaló el ojo izquierdo del crío, donde llevaba el parche del vago.


-Es de mi hermano.-


-Eso lo sé. Pero estabas bien cuando te dejé esta mañana. ¿Te pasó algo en el ojo para que tengas que usarlo?-


-¡No!- Ajax se levantó el parche un poco y dejó ver su ojito negro y brillante. Luego volvió a ponerse el parche. –Se lo estoy cuidando a mi hermano.- sonrió –Regan se lo regaló. Se lo dio para su ojo. Era de un traje de pirata.-


-Aha…Regan.-


Claro, que una fruslería así era algo típico de Regan. Y por un momento habría jurado que ella seguía viva en algún lugar.


-¿Regan es tu amiga?- preguntó Ajax.


-No. No sé.-


Se sintió muy incómodo respondiendo aquella tonta pregunta que le impacientaba.


Y Ajax que seguía mirándolo como si esperase que dijera alguna otra cosa le ponía todavía más incómodo.
-Bueno, eso no importa ya si ella está muerta. ¿Por qué preguntas esas cosas?- gruñó suave y bajo.
Que insoportable situación resultaba el compartir su espacio con aquella criatura. 


Si no se sentía tan molesto respecto del lobo que dormía en su cama era precisamente por que estaba dormido y no se movía ni hacía ruido.


Suspiró recuperando la compostura y la inexpresión de su blanco rostro.


-¿Qué pasa?- preguntó intrigado cuando miró al pequeño y lo encontró pálido como una astilla de hielo y con los ojos muy abiertos. Estaba empezando a llorar.


-¿Qué?... ¿Qué?- quiso saber Vaizack confundido.


Al niño se le doblaron las rodillas y cayó sobre su piso recién pulido, llorando abierta y ruidosamente.
-Y…en verdad que no te entiendo nada.- susurró el mortificado joven. Se puso de cuclillas para observar mejor.


-¿E-está muerta Regan?- sollozó.


-Si… ¿Lloras por ella?- interrogó acercándose todavía más para observar las lágrimas de Ajax.


-No estoy acostumbrado a ver llorar así. Es…distinto a un llanto de súplica. Es algo suave. Es una curiosidad para mí. ¿Lloras por Regan? Yo no lloré. No lo hago desde hace mucho tiempo. Ah…creo que me sentí triste por ella. Triste, si. Pero no lloré.- se encogió de hombros. -No puede uno lamentarse de ser como es. Sería ridículo llorar por ella si he sido yo quien la ha matado.-


Ajax soltó un grito. Se arrinconó contra una esquina, temblando horrorizado.


-¿La mataste?... ¿Tú?- gimió el pequeño con miedo, viendo delante suyo ya no al muchacho amable que los cuidaba, si no al terrible monstruo blanco. La vista terminó por empañársele de lágrimas y el miedo frío en el estómago se convirtió en un dolor agudo que le asqueó tanto que terminó por vomitar.


Vomitó. Sobre su piso limpio y sobre su ropa y continuó llorando y tosiendo con aquel sabor amargo en su boca.


-Si. La maté.- Vaizack tomó uno de los trapos de cocina y comenzó a limpiar el suelo con gesto paciente.
-Aun que no tenía muchas ganas de hacerlo.-


-¿¡Por qué!?- gritó Ajax -¿¡Por qué!? Si no… si no querías. ¿Por qué? Regan era buena.-


Vaizack se asombró de la fuerza con la que el niño le hablaba. Terminó de limpiar, echó el trapo a la pila y dejó correr el agua del grifo sobre él.


-¿Por qué?- insistió suave y suplicante, tallándose los ojitos. -¿Por qué matas?-


-Por que nací para hacer eso.-


-¡Es cruel! ¡Es malo matar! ¡Es malo!- gritó sintiéndose enojado y volcando en su reclamo hacia el chico de cabello blanco todo el resentimiento que aún tenía guardado.


-¿Por qué es malo?-preguntó Vaizack y la pregunta contrarió al niño quien no sabía como responder a algo tan moral.


-¿Por qué es malo?- volvió a preguntar a Vaizack.


-Pues…pues…-


-No es malo.-


-¡Si es! ¡Y tú eres malo también!-


-No levantes tanto la voz.-


-¡Eres malo! ¡Tú matas a la gente! ¡Los monstruos como tú son malos!-


-El que está durmiendo en la habitación también es un “monstruo”-


Ajax se frotó la nariz dejando ya de llorar, pero todavía con su voz temblorosa.


-El… a veces es malo también.-


-¿Por qué te importa tanto? Si es tan malo lo mataré también.-


-¡No! ¡Es mi hermano!-


-¿Entonces? ¿Por qué él es malo?-


-Mata.-


-Los lobos cazan y matan por instinto, para sobrevivir. Es algo muy natural. De otro modo…es como si dijeras que un ave es malvada por que caza gusanos para sobrevivir.-


-Los pájaros son animales.-


-Los lobos también, niño. ¿O qué creías? Nos guiamos por instinto. No existe el bien y el mal para nosotros en el sentido que existe para los humanos. ¿Queda claro?-


Ajax apretó los labios y no dijo nada más. No le quedaba claro en realidad. ¿Cómo podía no ser malo matar? Que mal le caía de pronto aquel muchacho.


-Bien. A mí no me importa, pero… ¿Vas a quedarte con esas ropas todas sucias?-


-No-


-Ah. Sabes donde queda el baño si lo necesitas… ¿Lloras todavía?-


-No.- respondió el niño con la cabeza gacha. Se levantó y fue a la habitación.


Vaizack fue a echarse sobre el sillón. Se sentía agotado por el calor. Y se dejó arrastrar a un tranquilo sueño.





Pirausta se paseó por la mansión, buscando secretos.


Secretos de Goddard que pudieran ayudarle a liberar a Vipunen.


Pero no había en aquella casa ningún libro de hechicería que ella no conociera ni artefactos antiguos que valiera la pena si quiera mirar.


Se preocupó más de observar a detalle las cosas que ella sólo había visto en sus sueños, televisores, teléfonos, bolígrafos, cosas muy curiosas que conocía por sus visiones. Pero eran objetos vanos, inútiles y detestables pues con nada de aquello podía ayudar al lobo que dormitaba todavía cautivo a cientos de metros bajo sus pies.


-Por mis medios no conseguiré desatar a Gleipner… Pero quizá mis hermanas…-


Musitó pensando en las brujas. Sin embargo sabía que había muy pocas ya en el continente, la mayoría habían cruzado el mar hacía mucho tiempo. Pero Goddard había estado buscándolas, debía haber información sobre ellas. Se aferraba convencida a ello, buscando entre todos los papeles y pergaminos que estaban amontonados sobre un escritorio en la biblioteca.


No encontró nada. Le resultó tremendamente frustrante no poder usar sus ojos de vidente ya más. Suspiró, volviendo a caminar alrededor de la habitación, pensando, hasta que una figura horrenda frente a ella la petrificó momentáneamente por la sorpresiva aparición. Sin embargo la figura se quedó tan quieta como ella, mirándola fijamente con un gesto igualmente sorprendido.


-Goddard-


Dijo con tono áspero, y al pronunciar su nombre, la otra figura movió los labios también.


Era definitivamente Goddard, su figura en un espejo. Pirausta estiró la mano y tocó el cristal helado y duro. Era ella quien se reflejaba ahí, ella en el cuerpo de Goddard, Ella en aquel repugnante cuerpo. Y a ella, quien era tan joven aún, la superó la rabia al ver aquel rostro y alzando sus puños golpeó el cristal con fuerza. El espejo tembló y cayó haciéndose añicos.


Y la bruja observó todavía en los pedazos esparcidos por el suelo, la apariencia que tenía, sintiendo inevitablemente una profunda repulsión y un rencor.


-¿Se encuentra bien, amo?-


Preguntó uno de los sirvientes que había sido atraído por el ruido. Pirausta se volvió hacia él, apenas notándolo, pues su mente seguía ausente por el cúmulo de ideas que se amontonaban dentro suyo.
-El auto ya está listo, amo, para la hora que desee partir-


Continuó hablando el sirviente mientras se acercaba a recoger los cristales.


-¿Partir?- dijo ella, tratando de comprender las palabras y el tono tan impersonal del sirviente.


-A la oficina señor.-


-La oficina…-





La mujercita se sorprendió al ver entrar a su jefe,


-¡Señor LeClair! Buenas tardes. No sabía que vendría hoy. E-estaba a punto de irme, pero me quedaré si me requiere.-


-Está bien, ve a descansar.- respondió Bijou dejándose caer pesadamente sobre la silla giratoria de su escritorio.


-No. Me quedaré.- respondió la servicial y atenta pequeña mujer, colgando su abrigo y su bolso de vuelta en el percherito.


-Intenté localizarlo durante horas… ¿Se encuentra bien?-


-Estoy cansado, es todo.- respondió él, recordando vagamente como durante la brutal transformación de aquella tarde había arrojado los celulares, el localizador y varios otras cosas contra las paredes. Todo había quedado destrozado.


-¿Quiere café?-


-Por favor.- la cabeza lo estaba matando y se sentía muy tenso. Abría deseado quedarse dormido justo en aquel lugar.


Pero pronto la mujercita reapareció con una tacita de delicada porcelana llena de café muy amargo.
En la otra mano la chica llevaba un montón de documentos y la agenda de trabajo.


-Son los informes que llegaron esta tarde, señor.-


Bijou bebió el café.


-El señor Goddard agendó una reunión con usted para hoy. Y la secretaria del presidente envió un nuevo calendario de las juntas importantes del mes, y…-


-¿Qué hay del niño Ramsley?-


-Aún…aún nada, señor.-


-Aha…muy bien. Comunícame con el capitán Bates.-


-¿Ahora? Pero la junta con el señor Goddard.-


Bijou bufó, lo que puso nerviosa a la secretaria.


-¿Está ahora en su oficina?-


-S-si. Acaba de llegar.-


-Bien. Avísale que voy ya mismo.- ordenó el hombre, poniéndose de pie con las manos en los bolsillos.





En alguna de sus visiones había visto aquel lugar. Sólo que estar en él le daba una sensación completamente diferente a sólo verlo.


Pirausta había visto demasiado durante sus largos años encerrada en el recinto subterráneo. Pero el sentir las cosas vívidas, reales frente a ella a momentos le parecía algo milagroso.


El respirar el aire de aquella estancia le dio una insospecha sensación de realidad, y al mismo tiempo de soledad, tan lejos de Vipunen en un mundo que apenas lograba comprender por lo extrañísimo que le resultaba todo, incluso, el mismo cuerpo que en aquel momento poseía.


Al ser conducida a aquel edificio, a aquella oficina, al ser llamada “Señor Goddard” o “Señor presidente”, la bruja trató de no desquiciarse. Especialmente evitaba mirar las superficies reflejantes y ver irremediablemente los desagradables ojos de aquel hombre clavados en ella.


Abominaba tanto aquella figura como lo hacia Vipunen, y le habría destruido con gusto a no ser por el hecho de que aún necesitaba de aquel cuerpo para liberar a su lobo.


A solas en la oficina presidencial, pasó sus manos por sobre los gruesos volúmenes de extensos escritos sobre ocultismo y alquimia que Goddard guardaba en una pequeña biblioteca. También coleccionaba interesantes estudios acerca de herborística antigua, runas y sobre criaturas supuesta mente mitológicas, como los hombres mitad lobo.


Pirausta conocía de sobra cuanto estaba escrito allí. Ella misma había escrito algunos de esos libros.
El sonido chirriante y alta mente agudo de un artefacto sobre la mesa de cristal la sorprendió, sacándole repentinamente de la vaguedad de sus recuerdos. 


-Señor presidente, el señor LeClair ya está aquí. ¿Lo recibirá ahora?-


Dijo una vocecilla apagada y poco natural que salía de aquel mismo artefacto.


Pirausta lo miró ligeramente curiosa.


-¿Señor presidente?- insistió la desagradable voz.


Entonces, antes de que pudiera hacer algo respecto a la voz, unos gritos provenientes de fuera de la habitación le distrajeron nuevamente,


La puerta se abrió y por ella entró un hombre alto de ojos verdes que le miró con extrema frialdad.
-Mi secretaria me dijo que estaba esperando verme, señor.-


-Disculpe.- chilló una mujer parada detrás del hombre que acababa de entrar. –No ha querido esperar hasta que usted diera la indicción de que entrara.-


Pirausta supuso, por su actitud, que aquella mujer no era si no una simple sirviente, así que con un gesto le indicó que se retirara y luego miró de nuevo al de ojos verdes.


-¿Para que me requiere, señor?-


Preguntó ese hombre, con un tono tan fríamente amable que la bruja pudo ver debajo de éste un áspero estado de humor.


Miró con más detalle al joven hombre de cabello negro. Poseía un porte impresionante.
Y sus ojos le resultaban exquisitos, tan extrañamente nítidos, que leía claramente en ellos un peso cruel y oscuro.


Pirausta sonrió.


Y la respuesta del joven hombre ante su gesto fue una mirada de velado desprecio.
La bruja terminó de comprenderlo entonces. Aquel joven odiaba a Goddard con una intensidad similar a la suya. 


Sin saber que razón podría haber para aquella aversión, sintió todavía más simpatía por el joven pues tenían algo en común.


Sólo entonces sintió ella la suficiente seguridad como para decir algo. Se sentó en el sillón tapizado de cuero detrás del escritorio.


-Siéntate…-


Dijo, pensando en que podía pronunciar el nombre del joven si es que lo había visto en alguna de sus visiones. Pero no lo recordaba.


El joven hombre tomó asiento


-LeClair-


Dijo ella de pronto. Era como lo había anunciado la disgustante vocecilla en el artefacto que estaba sobre el escritorio.


-Dígame, señor.-


Respondió el joven, por lo que había dado con su nombre. Pirausta volvió a sonreír.


-Dime ¿Por qué sientes tanto rencor hacia este hombre?-


-¿Disculpe?- el incrédulo joven alzó una ceja, confundido.


-¿Por qué odias a Alan Goddard?- preguntó ella con un tono de complicidad en su expresión, inclinándose sobre el escritorio. -¿Es él el culpable del profundo dolor que te aqueja?-


Era lo que preguntó la bruja.

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