domingo, 30 de septiembre de 2012

19. -Incomprensible en su razón. Por casualidad.

Era incomprensible en su razón. El por qué de toda aquella parafernalia nostálgica que le llenaba. La presencia de aquellas criaturas en su casa. En especial la del niño. De cierta forma, una forma muy curiosa, Vaizack se sentía identificado con él.

Le recordaba a si mismo.

Recordaba como era él cuando niño, y sus manillas tan blancas como la nieve pura levantándose contra un cielo resplandeciente de luz.

Había poquísimos días de sol en su tierra natal, que era un país constantemente asediado por gruesos nubarrones grises durante casi todo el año, lo que lo hacía un sitio bastante oscuro.

Pero había días, unos cuantos más contados que los días de sol, en que justo antes de una nevada las nubes se ponían tan blancas y brillantes que todo el cielo parecía de luz pura.

Y entonces era precioso, Y Vaizack se echaba sobre las hierbas con las manos extendidas al cielo y los ojos maravillosamente calados por tanta luz.
Extrañaba eso. Le daba muchísima nostalgia acordarse. 

Y le pareció curioso recordar eso ahora. Hacia años que no pensaba en ello. Seguramente era por la melancolía de la música. De alguna parte venía una musiquilla triste. La escuchó mientras dormía y eso le despertó.

Elevó la cabeza por sobre el respaldo del sillón y miró hacia la habitación, de donde venía aquella pegajosa melodía.

Se levantó por que no alcanzaba a ver nada.

El vago dormía. Y junto a él había un extraño muñeco de cuerda que producía aquella música.

El lobo blanco se talló un ojo con el dorso de la mano. Como estaba un poco adormilado aquello le pareció irreal y raro.

Tomó el muñeco y jaló de la llavecita que le daba cuerda. Quedó en silencio.
Luego lo arrojó y lo escuchó caer en algún lugar de la habitación.

El vago parecía excesivamente tranquilo mientras dormía.

Es que no parecía que hubiese sufrido nada ni que estuviera realmente herido.
Vaizack apretó los puños. Luego dejó sueltas sus manos y las puso alrededor de Lucas, acercándose a su cuello.

Pero lo dejó. Por que del baño escuchó un grito. Uno muy leve. Pero sus oídos eran extraordinarios y finos, después de todo. Los sollozos, los suspiros, eran más perceptibles por la acústica del baño.

Abrió la puerta. El grifo de regadera estaba abierto y en la esquina de la ducha, donde el chorro de agua apenas lo alcanzaba, estaba el niño. 

Se había desvestido para bañarse, pero ahora estaba encogido en el rincón, sollozando. No se dio cuenta de que el joven había entrado, así que cuando le escuchó junto a él preguntándole que le ocurría se petrificó del miedo.
Se encogió más sobre si mismo, tratando de cubrirse lo más posible.

Pero Vaizack no se movió y seguía mirándole tranquilamente, lo que hizo sentir al niño aún más nervioso e incómodo.

Ajax volvió a tallarse la nariz y desvió la mirada.

-E-el agua… está helada.-

-Ah- Vaizack arqueó las cejas. –Pues si ¿Y luego? ¿Te has puesto a llorar otra vez sólo por eso?-

-Está muy fría.- repitió el niño tratando de contener sus lágrimas, pero sin conseguirlo, lloraba aún más.

-Silencio. Tanto escándalo por eso. Si no te gusta el agua fría cierra el grifo y eso es todo.-

El joven berserker se encargó de cerrar la llave. Y entonces Ajax se echó a llorar con más fuerza.

Vaizack se inclinó sobre él, intrigado, pero no se esperaba que el niño se lanzara a sus brazos, enterrando su carita húmeda entre el espeso cabello blanco y llorando inconteniblemente.

Vaizack se quedó estático. Sin quitarse al niño de encima, sin tocarlo. Le era tan extraño tener tan cerca a alguien sin que eso representara algún peligro.

-¿Por qué? ¿Por qué lloras?-

Pero el niño no pudo responder. El nudo en su garganta le impedía hablar.

 
 


-¿De… qué me habla…señor?- 

Bijou ladeó la cabeza un poco hacia la derecha, entrecerrando sus ojos al mirar tan de cerca a Goddard.

-Háblame de él. ¿Qué te hizo Goddard a ti para que lo odies a ese grado?-

Dijo el mismo señor Goddard, por lo que Bijou no entendió de qué se trataba aquel nuevo juego al que lo sometía.

-¿Piensa que lo odio, señor?-

-Oh…- dijo Goddard con un aire casi encantador, todavía inclinado sobre el escritorio.-Ese hombre es terriblemente astuto. Sin duda debió saber todo el tiempo que le odias. La forma en que entraste aquí me hace pensar que eres uno de sus más cercanos sirvientes. ¿No es así?-

-Su humilde sirviente, señor.-

Goddard lo miró censurando sus palabras con una expresión gravísima.

-No lo hagas más, no frente a mí. Esa falsedad insoportable me desagrada-

Goddard trazó con su mano un delicado ademán de rechazo y se puso de pie, rondando por la habitación con aire pensativo.

-Señor Goddard…-

El señor Goddard se puso frente a él, mirándolo con una expresión peculiar.
-Querido mío, no soy tu señor Goddard-

Al decir aquellas palabras el rostro de Goddard se acercó mucho a Bijou, mirando profundamente a los ojos del joven hombre mientras sonreía.

-Si no alguien más que se ha adueñado de este viejo cuerpo.-

Los brazos de Goddard rodearon a Bijou, haciéndole sentir un terrible escalofrío, causándole el impulso de alejarse, pero Goddard cerró con demasiada fuerza sus brazos sobre él y llevó sus labios a la oreja del joven, murmurándole.

-Yo soy una bruja-



Vaizack siempre había sido curioso.

Las cosas que le intrigaban y que no podía sacarse de la cabeza, solían tener influencias inesperadas en él.

Por ello, a pesar de que no se sentía cómodo con aquellas criaturas en su casa, aquel niño que lloraba por todo le daba mucha curiosidad.

El mismo niño había dejado de llorar hacía un rato y ahora sacaba ropa de su pequeña maleta. Y Vaizack lo observaba.

Ajax terminó de ponerse una playerita azul y estuvo listo. Sonrió para si mismo.
“Pero si hace unos minutos que estaba llorando”pensaba Vaizack.

Y entonces vio que el crío se subía a la cama y se inclinaba sobre su hermano, murmurando alguna cosa. Supuso que el niño no quería que lo escuchara, pero no podía evitarlo. El tenía el oído perfecto de un lobo.

Cosas como “despierta pronto” y “te quiero mucho” llegaron hasta él en la voz de Ajax.

Luego el niño parecía estar buscando algo. Revolvió las sábanas y buscó bajo la cama. Después la rodeó y fue al otro lado de la habitación, de donde recogió el muñequito musical que Lucas le había dado.

Ajax hizo un puchero y miró al lobo blanco con enfado.

-Esto es mío.- musitó levantando el juguete hacia la cara de Vaizack lo más que podía hacerlo, por que él era mucho más pequeñito que el muchacho.

-Lucas me lo dio.- continuó el pequeño, revolviendo con sus deditos el cabello rojizo del muñeco.

-¿Quién es Lucas?-

-Mi hermano.-

Contestó el niño volviendo a acomodar junto a la cabeza del vago el muñequito otra vez. Luego se volvió a Vaizack un poco más contento.

-Y yo me llamo…-

-Ya. No me digas. No quiero saber.- interrumpió el berserker. Un gesto de enfado se marcó en su rostro inexpresivo.

-A…-

Ajax sintió aluna cosa desagradable en la garganta. No dijo nada más. Cogió la maletita e iba a cerrarla, pero el muchacho le detuvo la manita.

-¿Qué es?-

-¿Qué?-

-Hay algo. Ábrela.-

Ajax obedeció y ambos miraron dentro de la valija.

Algo de ropa nada más. No. Algo más de seguro. Algo que apestaba. Vaizack metió la mano y revolvió. De entre la ropa de Ajax sacó una bolsa bien cerrada. Aún así el olor se desprendía de ella y penetraba la nariz del lobo blanco, irritándolo.

-Marihuana y hierbas malolientes y venenosas.- gruñó.

Salió del dormitorio tomando la bolsa con la punta de los dedos, disgustado de tocar demasiado algo tan absolutamente repulsivo.

Ajax lo siguió, asustado de lo que fuera a hacer. Lo vio entrar al cuarto de baño y levantar la tapa del retrete.

-¡No! ¡No!- le gritó cuando le vio decidido a arrojar el contenido de la bolsa. -¡No!¡Es de mi hermano!-

Vaizack sujetaba el paquete en lo alto, justo directo sobre el escusado.

-Esta cosa le hace daño a su cuerpo.-

-¡El lo necesita! ¡Déjalo! ¡Por favor!-

-No.-

Y dejó caer todos los cigarros de hierba en el agua.

Luego jaló la palanca para desaguar.

Y los cigarros giraron en el vórtice de agua hasta desaparecer.

Ajax parecía que iba a llorar otra vez. Pero en vez de eso apretó la boquita en un botón rojo y fresco, entornó los ojos y golpeó con los puños cerrados a Vaizack.
Golpes demasiado suaves como para que le dolieran algo a alguien.

-Cuando Lucas despierte se va a enojar contigo.-




Bijou, extrañado, sorprendido, asqueado, se dio un paso hacia atrás, examinando el rostro de Goddard.

-Bruja-

Repitió con un aire de incredulidad.

-¿Bruja?-

Sonrió.

-¿Señor?-

Goddard se echó a reír, volviendo a caminar por la habitación con aire suntuoso, sonriendo con frescura.

-No soy tu señor, joven.-

-No comprendo-

Bijou comenzaba a sentirse irritado.

-No soy Goddard- repitió Goddard

-Señor…-

-Olvida por un momento lo que esos bellos ojos ven y escucha mis palabras. No soy tu señor. Ese maldito, ese estúpido hombre está ahora encerrado en una jaula eterna y yo he tomado su lugar…-

Mientras explicaba con sus palabras veloces y en un tono afilado y casi alegre, Goddard, quien decía no serlo se fue aproximando a Bijou, hasta pegarse a su cuerpo, en un impúdico abrazo que Bijou sintió como un espeluznante contacto del que no se pudo deshacer, no por que no lo intentara, ni por que Goddard fuera demasiado fuerte, si no por que en cuanto lo tocó sintió una profunda debilidad que le dejó estático.

Mucho peor aún cuando Goddard lo besó.

La grotesca sensación del sabor rancio de sus labios no parecía ser lo suficientemente desagradable para obligarse a soltarse. Sólo atinó a cerrar los ojos, horrorizado. El asco que sentía pronto se desvaneció, cuando tuvo la repentina sensación de ya no estar ahí, si no en un lugar oscuro y viciado, frente a un enorme monstruo, un licántropo de pelaje gris que le miraba con sus ojos inyectados de sangre, y luego, al mirar hacia atrás, dentro de una jaula, una mujer sin ojos. Y al mirar dentro de la oscuridad insondable de aquellas cuencas vacías, Bijou despertó.
Sobre la alfombra de la oficina, temblando, con el rostro perlado de un sudor espeso y frío. Levantó la vista y vio a Goddard sentado detrás del escritorio, con el rostro apoyado sobre el dorso de la mano, sonriéndole descaradamente.

-¿Lo has visto?-

-Ah…eh…-

Balbuceó el joven luchando por ponerse de pie.

-¿Lo has visto?-

Repitió Goddard.

-¿El qué?-

-Al lobo-

Bijou dudo, un poco mareado, un poco asqueado todavía de pensarse tan cerca de ese hombre.

Pero a fin de cuentas, lo había visto. Al lobo. Había casi podido oler su aliento salino, saborear el aroma de su carne.

-Lo has visto- sentenció Goddard, completamente seguro de ello. –Pero no es la primera vez que tú ves a uno como él.-

Añadió ladeando la cabeza de forma curiosa.

-No me di cuenta antes. Tú boca sabe a sangre y carne de lobo. Te alimentas de ellos.-

Bijou logró incorporarse al fin, con las piernas temblorosas apenas sosteniéndolo.

-Usted lo sabe perfectamente. Autorizó a la señorita Thompson a que lo hiciera. Soy, por así decirlo, un devora monstruos.-

Su tono de rencor no pasó desapercibido ante Goddard quien con un gesto grácil levantó una mano hacia él, claramente con la intención de que se le acercara. Bijou dudó.

-Así que fue eso lo que hicieron contigo…-

Musitó el jefe. Su mano aún extendida en el aire, imperturbable por la espera.
Bijou por fin decidió acercarse un poco, sin saber bien que le impulsaba a ello, después de todo sentía una repulsión de orden casi natural hacia aquel hombre. Y ahora de pronto, de la nada, parecía estar atrayéndolo en todos sentidos. Cuando llegó junto a él se inclinó un poco.

Goddard no se lo había dicho, pero sintió que sin ninguna palabra se lo estaba ordenando. Así que inclinado sobre él, el jefe paso su seca mano con suavidad por sus mejillas.

-Si. Fue doloroso. Tú cuerpo alterado de forma tan atroz. No han tenido ningún cuidado contigo…-

Decía la voz de Goddard. Bijou le miraba entrecerrando los ojos, dejándose acariciar como un cachorro manso. No podía negarse a aquel rostro que le miraba con una compasión profunda e inexplicable.

-Tú no eres Goddard-

-No lo soy-

Goddard sonrió.

-¿Quién eres?-

-Una bruja. Te lo he dicho.-

-¿Qué es lo que quieres? ¿Qué has hecho con Goddard?-

Preguntó él en un tono más bien tranquilo, separándose y recargándose contra la mesa de escritorio. Deseaba demasiado tomar su cigarrera y fumar, pero se contuvo.

Goddard continuó mirándole con un brillo inusual.

-Eso también te lo he dicho ya.- replicó en tono paciente, recorriendo con su mano una de las orejas del sillón tapizado en cuero.

-A Goddard lo he encerrado en mi cuerpo. Y lo que quiero…-

Tomó la mano de Bijou, quien parecía a momentos ausente.

-Es tu ayuda-

Vaizack sabía bien lo poco conveniente que era sacar al niño a la calle, por que había cazadores buscando al lobo vago y ellos sabían del niño. Sacarle a la calle era casi tanto como repartir folletos dando su ubicación.

Pero había pasado varios días y él no había salido a hacer sus rondas por lo mismo, y ahora que el niño y él se habían acostumbrado a pasarla juntos notaba como el pequeño se aburría encerrado en casa todo el día.

Y lo cierto era que Vaizack también.

Así que salieron muy temprano en la mañana, compraron almuerzo y en una tienda de chuchearías le compró una gorrita con unas curiosas orejas de conejo y unos lentes oscuros con un marco de plástico amarillo fosforescente, así que desapercibido no pasaba, pero al menos le ocultaba el rostro.

Anduvieron un rato por la ciudad. Vaizack siempre atento por si detectaba a alguien sospechoso.

-Quiero ir a la casa de Regan.- dijo de pronto el niño.

-¿Por qué?-

Ajax se encogió de hombros sentándose en una banca, mientras el berserker caminaba alrededor de unos árboles.

Definitivamente no podía detectar movimiento reciente de lobos en la zona, aun que por alguna razón se sentía muy inquieto.

-Vayamos.- dijo después de un rato, cuando se hubo cansado de mirar los árboles.

Aun que no había pasado mucho desde el extraño incidente, el edificio de departamentos donde Regan había vivido seguía con la afluencia normal de inquilinos. La vida diaria apenas si se había perturbado en aquel lugar.

Vaizack y Ajax entraron por el pasillo junto al patio hasta llegar al que había sido el cuarto de la chica.

La puerta seguía tirada entre el escombro de la pared, y adentro ya no quedaba mucho. La habían saqueado a pesar de las pocas y pobres pertenencias que había tenido.

Ajax lo observó todo, como si registrara la habitación en busca de algo. Nada en realidad. Entró al dormitorio y se sentó sobre la cama sin sábanas.

Vaizack miró el lugar con indiferencia, tratando de no tocar ninguna cosa, con las manos enguantadas en las bolsas del abrigo.

-Regan estaba muy contenta cuando vinimos a su casa.-

Vaizack no respondió nada al comentario.

Ajax suspiró, dejándose caer en el colchón con los brazos extendido. Luego rodó un poco y volvió a mirar a Vaizack.

-¿Por qué la mataste?- preguntó

-Me ordenaron que lo hiciera.-

-¿Por qué te ordenaron eso?-

-Por qué…no querían que existiera alguien como ella.-

-¿Por qué?-

-No les gustan los que son así-

-A mí me gustaba Regan.- acomodó su carita entre sus manos.-¿Quiénes te dijeron que le hicieras eso?-

-Las personas para las que trabajo.-

-¿M-matarías a mi hermano?-

-Si.-

-¿Y a mí?-

-Si.- respondió simplemente.

Una mirada indefinida en los ojos negros de Ajax fue el final de la conversación.

-Es hora de volver.- dijo Vaizack, avanzando hacia la puerta.




Bijou apartó su mano, deshaciéndose del toque de Goddard como si fuera una alimaña desagradable. Por fin tomó fuerzas y sacó la cigarrera de plata, extrayendo de ella uno de sus delicados cigarros. Lo encendió con calma sin ofrecerle nada a Goddard. O a la bruja.

- Ayuda. ¿De qué tipo?-

- ¿Cuánto tiempo llevas así?- preguntó Goddard

- ¿Así?-

- ¿Hace cuanto que dejaste de ser un ser humano completo?-

Bijou gruñó.

-No lo sé.-

-Ah.-

Goddard se giró un poco en el sillón y miró hacia el ventanal.

La tarde avanzaba, trazando de tonos oscuros el cielo.

-Yo fui una vidente. Hasta hace poco tenía yo la capacidad extraordinaria y maravillosa de ver. Me refiero a todo aquello que normalmente no está a simple vista. Pero ahora ya no poseo esa capacidad. Ello, sin embargo, no significa que no pueda ver a tras vez de ti y leer tus pensamientos. Por que eres terriblemente joven y transparente.-

Sonrió

-Y puedo saber en el instante si mientes. Si me lo propongo puedo leerte en este momento, joven. La incredulidad de la que todavía no te deshaces. Ahora mismo confías que quien está frente a ti no es tu señor Goddard, pero no crees en ninguna otra cosa que salga de esta boca. Puedo ir más profundo que eso. Si te miró a los ojos lo que quiera saber de ti aparece en ellos, escrito en el lenguaje sempiterno del alma. Y mientras te hablo de esto sigues sin creer.-

Goddard se levantó con presteza y volvió a acercársele, y a pesar de que ya no lo tocaba, Bijou se sintió invadido por él. Le miraba penetrante a los ojos. Con terrible claridad. Como si su mirada continuara hablándole.

-No hace mucho, por su puesto. Alrededor de tres años. Fue entonces cuando empezaron a jugar con tu cuerpo…-

Las manos de Goddard se posaron sobre su pecho y se acercó más.

-…puedo verlo…-

Sonrió fascinado.

-Todo el dolor que pasaste, dulce criatura…-

Sus labios estuvieron de nuevo demasiado cerca de Bijou. Luego volvió a alejarse. Y el hombre de ojos verdes, Bijou, intentaba adecuarse a la situación y mantenerse bajo control, pero la actitud de Goddard, o de la bruja, le desconcertaba.

-Venganza. ¿Te gustaría?-

-¿Venganza?-

-Por que a mi si. Para eso he venido. Para eso necesito tu ayuda. Tú eres ideal para ello.-

-¿Vengarse del señor Goddard?-

-Para empezar.-

Sonrió, y Bijou casi creyó que su sonrisa era maravillosa.

-¿Aceptas?-

Bijou le miró largamente, ensimismado en sus pensamientos y deducciones. Exhaló el humo de su cigarro.

-¿Por qué quieres vengarte de él?- preguntó por fin con fría curiosidad. -¿Qué puede haberle hecho a una bruja que sea tan terrible?-

Goddard, la bruja, suspiró.

-La mujer que viste en la jaula…-

Bijou recordó la extraña visión que había tenido minutos antes, donde había visto al enorme lobo gris, y a una joven sin ojos.

-Si. Ese es mi cuerpo original… Y tu señor Goddard ahora está encerrado en él, dentro de una jaula que no se abre, en un recinto de piedra oculto bajo tierra.- la rabia se enredó en sus palabras mientras hablaba.

-El lugar en donde nos obligó a permanecer durante un siglo.-

Y de pronto su enojo que parecía creciente se esfumó.

-Podría haberle perdonado.- su voz se suavizó –Nuestro falso amigo, mí querido Alan…Podría haberme compadecido de su debilidad, de su humanidad.-y su mirada se enterneció –Pero su traición no la perdono, ni el sufrimiento de mi amado, ni la matanza de la que me ha hecho partícipe.-

Miró a Bijou con fijeza.

-Tengo un siglo de razones para vengarme de ese hombre, joven. Tendré mucho de que ocuparme. ¿Te gustaría ayudarme?-

Su voz, terriblemente invitante. Con un horrendo encanto que Goddard, el verdadero, no sería capaz de mostrar en todo su frígido ser.

-¿Qué ganaría con ayudarte?- preguntó.

La yema del dedo de Goddard se deslizó sobre su propio labio que se curvaba.

-Venganza, por supuesto.-


-Puedo llevar a cabo una venganza por mí mismo.- respondió con simpleza. La colilla de su cigarro cayó sobre la alfombra y sin ningún cuidado la pisoteó dejando una mancha negra. –No necesito la ayuda de una bruja.- dijo también sin ningún cuidado, como probando los límites de hasta donde podía llegar con ella. –Además, me parece que ahora mismo el señor Goddard la está pasando lo bastante mal, encerrado y ciego.-

-¿Te parece que es suficiente? ¿El dolor por el que has pasado es tan liviano que se sosegará con una venganza como esa? ¿No te agrada más la idea de poder satisfacer tu sangriento deseo? Herirlo, destrozarlo y verlo suplicar piedad…-

-¿Lo dices por ti? ¿Así es como te gustaría vengarte?-

-No.-

Su sonrisa de simple sinceridad irritó un poco a Bijou.

-Goddard no volverá. Lo que significa que todo lo que es suyo me pertenece ahora. Esta compañía, tú… oh, no me veas así, no es una amenaza lo que escuchas. No me interesa en lo absoluto todo esto. Puedes quedártelo si quieres. Te nombraré el nuevo presidente si es tu gusto, a cambio de tu ayuda.-

-Yo, dueño de House of Sound…- saboreó la idea y luego sonrió desdeñoso. -¿Por qué supones que es algo que me interesa? No significa nada para mí…-

-Que dulce criatura eres. ¿En verdad no hay nada que quieras hacer con todo ese poder? - el afecto en su mirada volvió a clavarse en Bijou. A él eso le molestaba. Dudó un poco y luego, entrecerrando los ojos con suspicacia, dijo:

-De acuerdo, tenemos un trato…señora. Te ayudaré.-





Había una luz muy brillante y tibia. Podía sentirla envolviéndolo todo. Al principio era una sensación agradable, el calor penetrando en su piel hasta sus huesos, despertando su cuerpo. Pero luego fue demasiado calor. Se estaba sofocando.
Lucas abrió su ojo y la luz penetró potente y deslumbrante, impidiéndole ver. Se levantó y fue hacia la luz que resplandecía ante él y caminó hasta que algo duro y transparente lo detuvo.

Era el cristal de una ventana. La corrió, se recargó en el borde y miró hacia abajo una ciudad gris. La luz que veía era el sol que brillaba en ese momento justo directo contra la ventana, haciendo de la habitación un horno.

Sudaba, acalorado.

Se sacó la camiseta que llevaba puesta y que notó no era suya y comenzó a deshacer los vendajes que cubrían su torso. Bajo ellos sólo tenía cicatrices.
Luego deambuló un rato, mirando la habitación en donde había despertado, la cual no conocía. Apestaba a lobo, pero el dueño no se encontraba en casa.
Después se paseó por el resto del departamento para terminar de asegurarse de que no había nadie más que él.

Fue al baño, se lavó la cara y luego pasó a la cocina, donde no encontró nada para comer más que un paquetito de galletas saladas.

Se metió una a la boca y la masticó aburrido, echándose sobre el sillón de la sala.
Entraba demasiada luz en aquella casa, pensó. Podía ver el polvo que revoloteaba flotando entre los rayos de luz solar que se colaba por las ventanas.
Era un buen lugar para vivir, era tranquilo y se estaba bien. Aun que era la casa de otro lobo por el momento no le importó por que aquella criatura no estaba cerca.
Terminó sus galletas, se metió el envoltorio en el bolsillo del pantalón. Su cabeza entre los mullidos cojines. En verdad se estaba muy bien ahí. Le resultaba tan cómodo que inconcientemente se negaba a pensar y preguntarse que lugar era y como había llegado ahí.

Pero los recuerdos se presentaron por si mismos como una lluvia inevitable de imágenes que caían sobre él como el polvo que bailaba en los rayos de luz.
El encuentro con Ajax, el asesinato de su abuelo, la muerte de Harley, Bijou que los había ayudado a salir de la ciudad, Regan, el lobo blanco, el hospital, Ajax. Ajax.
Y de pronto se hizo tan imperante y vívido aquel recuerdo que se sintió alarmado.
Por que Ajax no estaba. Podía percibir su aroma tenue en la casa, pero sintió su ausencia como una pozo profundo abriéndose dentro de él.

Se llenó de angustia, miedo, paranoia. Por Ajax. Por que pudiese el lobo blanco o cualquier otro lastimarlo, o que los de House of Sound lo encontraran.
Todos aquellos pensamientos se volcaron sobre Lucas, atormentándolo.
El vago, sin poder aguantarlo más, tomó la camisa que antes se había quitado y salió de ahí a paso apresurado. A pesar de lo preocupado que estaba por Ajax, algo le permitía permanecer tranquilo, calmado, pensante. Pero pronto desechó ese pensamiento de su cabeza, por que era incomprensible en su razón.


Era por casualidad. Vaizack y Ajax iban de vuelta al departamento y entonces pasaron frente al aparador de una tienda de curiosidades.

Ajax no pudo evitar fijarse en un montón de silbatos. Plateados, dorados, y pintados en colores metálicos. Algunos bastante grandes y otros pequeños y delgados como un dedo meñique.

Algunos eran silbatos para caza, y otros, como el suyo, silbatos para perro.
Y sólo hasta entonces echó en falta el suyo. No lo llevaba al cuello desde hacía mucho, pero no podía acordarse bien desde cuando y la sensación de haberlo perdido se le juntó como algo amargo en la garganta.

Y lo extrañó demasiado. Cómo si empezara a faltarle algo de él mismo y se estuviera volviendo liviano y vacío.

Pensó que tal vez lo había dejado dentro de la maleta o sobre la repisa del baño, o quizá incluso se le había caído en el hospital.

Ahora ya no podría llamar a Lucas si lo necesitaba. Además, la cadena de la que lo llevaba colgado se la había regalado él.

Quería encontrarlo. Se convenció a si mismo de eso. Por que le dolía perderlo.
Apretó sus manecitas con decisión, y de pronto al mirar alrededor se dio cuenta de que se había quedado solo frente al escaparate, pues Vaizack había seguido andando calle arriba sin detenerse a esperarlo.

Ajax corrió para alcanzarlo.

-¿Podemos ir a otro lugar?- preguntó colgándose del abrigo del joven.

-¿A dónde?- no se detuvo ni para hablar. Parecía ser que tenía prisa por volver a casa.

-A…este…al hospital donde llevaste a Lucas, por favor.-

-¿Por qué quieres ir ahí?-

-Se…se me olvidó una cosa.-

-No es buena idea ir.-

-Pero…pero…es importante.-

-El hospital debe estar vigilado.-

-¡Es importante! Por favor.-

-No es recomendable. Alguien podría reconocerte.-

-Por favor. Una vuelta rápida. ¿Por qué no podemos ir?-

-Por los cazadores.-

-¿Cuáles?-

-Los que están buscando a tu hermano.-

Ajax palideció.

-¿Por qué?- exigió saber colgándose otra vez del brazo del de ojos pálidos, quien continuó avanzando, jalando a Ajax tras de si.

-Seguramente por lo que es. Por que es lo que Regan era. Los lobos como ellos son cazados por lo humanos. La herida en el hombro se la hizo un cazador con una bala de plata. Es obvio que están persiguiéndolo desde hace mucho.-

Ajax se soltó de él y dejó de caminar. Vaizack volteó a verlo hasta que estuvo a muchos metros de él.

El niño tenía de nuevo aquella expresión sombría que recordaba tanto a la de un adulto. Y lloraba.

Silencioso.

Vaizack avanzó un poco hacia él.

-Mi abuelito hizo eso.- musitó tratando de calmarse –Mi abuelito le disparó. Y luego… y luego…- pareció que buscaba obligarse a hablar, por que la garganta se le entumeció y no pudo continuar.

El río de lágrimas continuó cayendo sobre la carita del niño.

Vaizack sólo observaba.

-Hay que volver ya.- dijo después de un rato. Se dio la vuelta y justo entonces alguien le saltó encima, golpeándole con furia contra la pared.

Escuchó que sus anteojos de lentes de cristal amarillo cayeron en algún sitió, rompiéndose.

Al volverse a buscar al culpable observó con sorpresa al vago que había dejado todavía inconciente sobre su cama aquella tarde.

-Lu…cas.-

-Ajax. ¿Estás bien?- preguntó inclinándose sobre él para ver su carita húmeda -Tranquilo.- le susurró y en seguida se volvió hacia Vaizack. -Voy a acabar esto de una vez por todas. Voy a matarte, bastardo.-

Vaizack tuvo que apoyarse en la pared para poder levantarse. Se le había reventado el labio y la sangre le escurría en un delgado hilillo hasta debajo de la bufanda.

Sacó un delicado pañuelito y se limpió.

-Tonta y necia criatura.-

-¿Qué dices?- gritó Lucas dándole un derechazo en el estómago. Vaizack se dobló con las manos en el abdomen y boqueando por la falta de aire.

-¿Qué dices?- repitió Lucas -¿Qué te falta el aire? ¿Qué no puedes respirar?-

Se burló. Se preparó una vez más para golpearlo pero el lobo blanco fue más veloz y lo agarró por el cuello, aplicándole una llave y tirándolo al suelo.

Ajax gritó y jaló del brazo de Vaizack tratando de detenerlo.

-Es suficiente de eso.- le dijo, mirándolo con frialdad, y aquella mirada hizo que el niño le soltara, apartándose un poco, arrodillándose junto a su hermano que aún sufría por el golpe que el albino le había propinado.

Vaizack levantó el armazón roto de sus lentes y lo puso en uno de los bolsillos internos de su abrigo. Se acomodó la bufanda.

-Ya que te has recuperado…- se dirigió a Lucas. Lucas por su parte le dedicó una mirada furiosa desde su posición en el suelo. –Hazte el favor de salir de mi territorio cuanto antes. No te toleraré más.-

Luego el lobo blanco se dio la vuelta y se fue.

-Lo mismo digo… ¡La próxima vez que te vea voy a matarte!-

Gritó Lucas muy amenazantemente, pero ya había perdido al albino de vista.
Respiró profundo tratando de reponerse, pero se dio cuenta de que su cuerpo estaba debilitado, aun que muy bien atendido. Y una sensación de bienestar lo invadió cuando Ajax se abrazó a él.

-Ah…Ajax.- dejó descansar su cabeza contra el pecho de su querido niño, escuchando su tierno palpitar y aspirando el aroma agradable de su ropa.

Era sin duda Ajax. Su Ajax que lo abrazaba cariñosamente otra vez.

Tenía preguntas que hacerle, cosas que quería saber, como el si aún estaba molesto. Pero no se atrevió a decir nada. Fue Ajax por si mismo quien lo dijo.

-Te quiero.- al tiempo que ponía su boquita sobre la mejilla del vago.

Y el tiempo se detuvo por un momento. Calle abajo el sonido chirriante de un silbato agudo que alguien probaba en una tienda le causó una sensación de melancolía. Pero era por casualidad.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Dibujos de Ajax y Lucas por Allison Novoa


Dibujos de Ajax y Lucas que una persona muy especial hizo. 







 Gracias por todos estos años de apoyo y compañía. Te quiero mucho <3

viernes, 14 de septiembre de 2012

18.- Lo que preguntó la bruja


Era lo que preguntó la bruja. Lo que le sacaba de quicio.


Goddard había bajado de nuevo al recinto subterráneo donde la bruja y el lobo estaban cautivos.


-¿Por qué me lo preguntas otra vez, señora? Conoces de sobra mi respuesta. No se irán ni tú ni Vipunen. ¡Son nuestros oráculos! Los guías de la cofradía. Ustedes son herramientas de paz y bienestar para la gente que protegemos. ¡No! Hasta que terminemos con nuestra importante labor  permanecerán aquí, con nosotros. Además, el mundo de ahora, señora, es un mundo terrible. No estarían a salvo.-


La bruja le había preguntado una vez más si los liberaría.


Goddard como hacía siempre que se tocaba el tema, se negó. Pero en esta ocasión la bruja no se quedaría conforme con una negativa.


-¿Estás amenazándome, señora?- preguntó él, esbozando una media sonrisa cínica y burlona, cargada de desprecio.


-No nos detendrás por mucho tiempo más.-


-No puedes hacer nada. Dentro de esa jaula tus poderes están dormidos y lo sabes.-


-¡Dentro de la jaula!- chilló ella sacando los brazos fuera a través de los barrotes, y por un momento parecieron más largos de lo que Goddard esperaba por que las manos de la doncella se afirmaron a su cuello, atrayéndole hasta ella.


El hombre quedó pegado a los barrotes, cara a cara con la bruja, cuyos ojos destellaban una luz fúrica y demoníaca.


-Es un error común entre los humanos ser… ¡Descuidados! ¡Torpes! ¡Distraídos! ¡Subestiman…! Nos subestiman por que no son capaces de entendernos.-


Ella se había vuelto una criatura iracunda y violenta que golpeaba a Goddard salvajemente contra la jaula. Y había sido tan repentino que Goddard no había ni tenido tiempo de defenderse.


Finalmente la bruja pegó sus sonrosados labios a la mueca reseca y retorcida que era la boca de aquel hombre, y él sintió como su cuerpo se despedazaba desde dentro. Un torrente de algo hirviente y amargo salió de la boca de Pirausta hacia la suya. Como fuego.


Y entonces su cabeza se llenó de visiones horrendas, cosas indescriptibles, cosas asquerosas e invisibles arrastrándose sobre su piel, gritos de máquinas, de mujeres, de recién nacidos enfermos, de criaturas descomunales, todo girando sobre él como un vórtice del horror. Luego una estaca de madera enterrándose desde su espalda y saliéndole por la nuca, astillando su carne y moliendo sus huesos.
La agonía pareció extenderse eternamente.


Y luego despertó, temblando, recostado boca arriba. Se notó agitado, sudando copiosamente.
Se levantó, no sin hacer un tremendo esfuerzo pues su propio cuerpo le pesaba como plomo. Trató de recobrar el aliento boqueando un par de veces y miró a su alrededor. Oscuridad. La penumbra se hallaba en todas direcciones. Extendió las manos alrededor, tratando de ubicarse espacialmente.


-¿D-donde estoy?- musitó. A su alrededor los barrotes de la jaula de Pirausta. Los palpó y luego los tomó con fuerza, sacudiéndolos. 


-¡¿Dónde estoy?!- gritó, exigiendo una respuesta, y al oír su propia voz la sangre misma se le heló. Por que no era su voz, si no una voz femenina, aguda. Por acto reflejo se llevó las manos a la garganta.


-Mi voz…-


Dijo, sintiendo las vibraciones en sus manos al hablar –Mi voz…mí…-


Luego reparó en lo delicado de su cuello, en la piel tan fina, en el toque delicado de las manos, el cabello largo que le caía sobre los hombros, los pechos suaves y redondos.


-Tranquilo, querido señor. Estás en un lugar muy seguro.- escuchó una voz terriblemente familiar –Una jaula que no se abre.- 


Era su voz que le hablaba desde la oscuridad con tono burlón.


-¿Quién eres?-


-Una bruja. Aun que para fines prácticos, ahora mismo soy tú, Alan Alexandre Goddard.-


-¿Qué? ¿Qué? ¿Pirausta?...-


Se llevó las manos al rostro. El delicado rostro de una doncella, y al pasar los dedos sobre los párpados se dio cuenta de que estos estaban abiertos, pero las cuencas vacías, ensangrentadas.


El bello rostro estaba ciego.


-¡¿Qué me has hecho!?-


-Ahora estás atrapado en mi cuerpo y en mi jaula-


-¿Q-qué?-


Tembló, sintiendo sobre si una terrible desazón.


-¿Qué has hecho, maldita? No puedes…no. No puedes usar tu hechicería dentro de la jaula…. ¡Estas mintiendo! ¡Es una ilusión!-


-Oh, pero si incluso para crear una ilusión necesitaría fuerzas que no tenía ahí dentro, lo que significaría que hallé el modo de usar mi poder…-


La bruja rió con la voz del cuerpo de Goddard.


-Pero no habría podido hacer eso. Te enseñé muy bien y supiste crear una prisión de la que, con mi fuerza, no lograría escapar por la eternidad. Pero no ha sido mío el poder que he usado. Los dioses son entes reservados. No escuchan fácilmente las voces mortales. Y sólo prestan oído a quienes saben rendirles tributo. Los ojos de una vidente son objetos de preciado valor. Y ellos…a cambio…me han concedido por un momento un poder que tu jaula no puede contener. El poder suficiente para escaparme de mi cuerpo cautivo. Así que me he refugiado en el tuyo, y tú…-


Goddard en su insondable oscuridad sintió una mano grande y dura acariciándole el rostro.


-Tú ahora te ves como una doncella ciega en una jaula-


-Fui yo… ¡Yo cree está prisión! Puedo abrirla si me place…-


-¿Y cómo lo harás si dentro de ella no puedes emplear tu poder? Tu fuerza que es inferior a la mía no podrá librarte de tu propia maldición. Has caído victima de tu propia iniquidad, ambicioso y falso humano-
Goddard se dio cuenta de que era así, estaba completamente atado a las reglas que él mismo había creado.







Ya que había dormido tanto y tan bien la tarde pasada, Vaizack despertó temprano a la mañana siguiente. Para variar hacía calor, así que se levantó rumiando su mal humor. Abrió la ventana de la sala, pero era pequeña y no refrescaba nada, así que fue a la de la habitación que era una ventana panorámica que abarcaba toda la pared que daba hacia la calle.


Se recargó sobre ella, sacando medio cuerpo, deseando sentir alguna brisa fresca. Pero no le llegó más que el rancio tufo de una mañana citadina.


Aburrido de la monotonía de un paisaje compuesto de avenidas congestionadas y techos sucios, se volvió y miró dentro de la habitación.


El vago seguía durmiendo como esperaba. Junto a él dormía también el niño, hecho un ovillo pequeño entre las sábanas.


Vaizack se acercó con cautela y se puso en cuclillas a la altura del crío. 


Le picó la mejilla con la punta del dedo.


Ajax no despertó.


Continuó picando suavemente su cara. El niño arrugó la nariz y movió una manita frente a su rostro.
A Vaizack le pareció gracioso, así que continuó con el juego.


En verdad le divertía, tanto que se sorprendió a si mismo conteniendo una risilla.


Al cabo de un rato Ajax terminó por despertar. Vaizack se sintió impulsado a alejarse. Se levantó y miró al crío desde la puerta.


Ajax se talló los ojos y bostezó como un cachorrito.


-Hhmm…hola.- saludó a Vaizack.


-No deberías acostarte con él. Puedes lastimarlo.-


El pequeño miró a Lucas. Frunció el ceño y apretó en sus pequeños puños la sábana.


-Quiero que despierte.-


-…-
-¡Quiero que mi hermano despierte ya!-chilló


-Pues no se va a despertar sólo por que te pongas a llorar. Necesita mucho reposo.-


-Pero… pero va a despertar ¿Verdad? ¿Verdad que si?-


-Te lo dije anoche. Que curioso que te pongas a llorar por eso ahora.-


-No estoy llorando.- respondió Ajax, volviendo a apoyar su cabeza sobre el cuerpo de Lucas.


-Así que es tu hermano. ¿Hay otros como ustedes? ¿Otros hermanos?-


Ajax no respondió. Cerró los ojos, tratando de concentrarse en escuchar la suave respiración de Lucas.
-Voy a cambiarle los vendajes. Ve por ahí a hacer alguna cosa…-


Vaizack le hizo levantarse de la cama, y eso molestó un poco a Ajax, así que se quedó junto a la cama. Sólo para asegurarse de que Lucas iba a estar bien.


Vaizack sacó su cajita de madera de olor penetrante y empezó a revisar el cuerpo del vago.


-Mira. En esta zona se le habían enterrado varios pedazos de cristal.


Ajax observó. Las heridas ya habían cerrado.


Sólo quedaban largas marcas rojas y un montón de costras.


Luego Vaizack descubrió la herida de bala en el hombro derecho. Era obvio que aquello había sido a causa de una funesta bala de plata y además la herida no había sido tratada como debía.


Se notaba que le habían puesto alguna infusión de hierbas medicinales y eso había ayudado a que la piel no se pudriera. Pero luego de eso la herida había quedado desatendida.


La piel estaba quemada y no cerraba el agujero en la carne. Por su puesto que había sido plata. Sólo eso podía tener un efecto tan agresivo.


”Así que lo están cazando. Por eso no quería quedarse en el hospital. A esta hora los de House of Sound ya deben haber recibido un informe sobre él. ” Pensaba Vaizack en lo que ponía pasta de hierbas en la herida de bala y cubría con una venda ligera.


Revisó el ojo. Se notaba que había estado inflamado durante mucho tiempo.


-¿Su ojo va a estar bien?-preguntó Ajax, preocupado por el globo ocular de su hermano.


Vaizack se encogió de hombros.


-¿Puedes curarlo?-


-No. No pienso que haya mucho que hacerle. Pero un ojo menos no es que vaya a impedirle vivir…-suspiró sintiéndose ridículo. Vació una botella más en la boca de Lucas. Y terminó el chequeo.


El berserker miró al relojito de pared. No tenía trabajo para ese día. Y lo que generalmente hacia en días así era patrullar por los alrededores, siempre pendiente de la aparición de otros lobos blancos.


En su joven vida, además de a sus padres, se había encontrado apenas a otros tres berserkers. Y estaba seguro que todos ellos, los que había conocido y los que aún no, eran justo como él. Feroces, solitarios y de color blanco.


Y en las batallas que había tenido con otros como él, el joven Vaizack había salido victorioso. Por que estaría muerto de no ser así.


No era fácil encontrar berserkers.


Pero para su desgracia él era la excepción.


Sus padres los habían hallado a él, y de los otros tres berserkers con los que se había enfrentado, dos lo habían encontrado. Sin contar el montón de otros lobos que lo habían hallado. Como Regan, por ejemplo.
De alguna forma no tenía la capacidad de ser discreto. O por cualquier razón, era demasiado fácil dar con él.


”Ah. El reporte…” se recordó a si mismo al evocar la imagen de Regan en su mente, pues contaba ya dos días de que la matara y aún no enviaba su informe del trabajo a House of Sound.


Pues si. Después de todo si tenía algo de que ocuparse ese día. 


Pero le estaba dando hambre, así que primero debía ir a comprar almuerzo.


Pero si tenía que ir a hacer un montón de cosas no le daban ganas de llevar consigo a aquel niño por toda la ciudad. 


-Voy a comprar almuerzo.- anunció el joven sujetándose la bufanda amarilla el rededor del cuello -¿Recuerdas lo que te dije ayer? Es importante. No abras la puerta. No salgas….ahh…-pensaba- No toques mis cosas. Mis cajas…no las toques. Es todo. Fuera de eso no me interesa lo que hagas.- su mirada se desvió por un segundo hacia la cama.-Pero harías bien en dejarlo en paz si te importa que se recupere pronto.-





No había oficinas de House of Sound en esa ciudad. Si quería enviar los informes de su trabajo, Vaizack debía rellenar los formularios y enviarlos por correo.


Existía eso otro de las computadoras, pero no se había adecuado muy bien a ellas, así que prefería hacerlo del modo convencional.


Paquetería.


Y de vez en cuando al salir a la calle, llegaba a detectar entre la multitud a algún cazador de House of Sound, por que sabía que no era el único en la ciudad.


Nunca se les acercaba. Pero un par de ellos habían dado con él, descubriendo que era un lobo, así que había tenido que eliminarlos.


De todas formas no era común encontrar cazadores que pudieran descubrir su identidad si permanecía con su forma humana.



-¡Libérame! ¡Libérame, tú, maldita!-


Gritaba Goddard desde la jaula, atrapado en el cuerpo de Pirausta, rasgando una garganta que no era suya en gritos y chillidos espantosos, luchando todavía por conseguir salir de una prisión que él mismo había construido.


-Mí amado lobo…-


Dijo la verdadera Pirausta, dentro del cuerpo de Goddard, acercándose a Vipunen y apoyando la gruesa mano sobre su cabeza con demasiada suavidad.


El lobo cerró los ojos para evitar ver de cerca aquella figura que tanto repudio le causaba y concentrarse únicamente en el toque maravillosamente suave de Pirausta.


Inútilmente trató ella de desatar la cinta que mantenía preso el lobo. Tenía el cuerpo de Goddard, pero no era Goddard, y sólo la voluntad de ese hombre podía soltar los nudos de Gleipner


-Nadie si no él, puede-


Repitió Vipunen.


-Lo sé. Perdona mi testaruda insistencia…he debido intentarlo de cualquier forma.-


Dijo ella dentro del cuerpo de Goddard, suspirando con tristeza.


-Vete ahora, mi señora, eres libre.-


-Mi libertad está contigo…sin embargo por eso mismo he de marcharme, Vipunen y encontrar la manera de liberarte.-


-Eso es imposible…-


-¡Basta! No hay imposibles ¿Dudas de mi palabra?-


-¡No!... nunca… tu palabra es mi ley…-


-Entonces confía en que hallaré la forma.-


-Yo puedo hacerlo, señora.-


Volvió a hablar la criatura en la jaula, con su voz suave y seductora que invitaba a mirarle y creer cada palabra.


-Dejaré libre a Vipunen si me devuelves mi forma real. Su libertad a cambio de la mía, Pirausta.-


-Mi querido amigo-Rió la bruja, girándose hacia la jaula, mirando su propia dolorosa figura con compasión. -Nunca más mi confianza he de depositar en ti. Ahora mismo dirás cualquier aberración que te facilite huir. Por desgracia te conozco, eres obstinado, mentiroso, vengativo.-


-¡Mi señora! Jamás te he lastimado. Yo te puse en esta jaula por tu bien, por el bien de la humanidad… ¡Perdona mis errores, señora!-


-Silencio. Que desagradable forma de suplicar…La única manera en que podrías liberar a Vipunen sería devolviéndote este cuerpo, y yo deberé volver a la jaula donde mi fuerza quedará sellada otra vez. Una vez libre tú, te irás, condenándonos de nuevo a esta prisión. Eso es lo que pasará, el poder que he perdido como vidente no me hace falta para saberlo con certeza por que eres predecible. Tan corrupto y ambicioso que tus patrones ya están definidos. No me supliques por que mis oídos son sordos a tus palabras. No me llames, no soy tu señora ni de ningún humano que te haya seguido, y que en el nombre de Vipunen y Pirausta haya matado.-


El tonó en sus palabras fue terminante, duro, como si hubiese golpeado con la potencia de su voz a toda materia presente.


La criatura dentro de la jaula chilló.


-¡Maldita! ¡Bruja perversa y ruin!-


El menudo cuerpo se levantaba a tropezones, estrellándose una y otra vez contra los barrotes de la jaula.
-¡Destrozaré tu cuerpo! ¡Haré pedazos este maldito cuerpo!-


Y al verle herirse contra el metal, y escuchar los gritos de aquella voz amada, el lobo se jaló violentamente en un intento más de incorporarse.


-¡Detente! ¡No lo hagas!-


Pero la protesta del lobo fue acallada por la mano dura y seca del cuerpo de Goddard, que le tocó con suavidad la cabeza.


-No debes angustiarte. Sabes bien que no puede lastimarse dentro de esa jaula. No hay forma en que se dañe, y en la eternidad su vida y su juventud se mantendrán.-


Vipunen cerró los ojos con fuerza. A pesar de que sabía que no se hacía daño real no soportaba ver ese hermoso cuerpo sufriendo.


Pirausta le sonrió compasiva.


-Eso. Cierra tus ojos. Mantenlos así todo el tiempo hasta mi regreso. No pongas tu vista ni prestes oido a la venenosa presencia de esa criatura, Vipunen.-


-Haré lo que mandas. Tú palabra es mi ley, señora.-


El lobo inclinó ceremoniosamente la cabeza sobre el suelo, aún con los ojos cerrados.


-Hasta pronto, Vipunen.-
 

Vaizack llegó cargando el almuerzo dentro de una tibia bolsa de papel.

-¿Qué haces?- preguntó metiéndose en la cocina donde estaba el niño, fregando el piso.


-Limpio.-


-Ah.- puso la comida sobre la barra. -¿Por qué?-


Ajax se encogió de hombros.


Vaizack echó una mirada. La sala había dejado de ser un sucio desastre. Estaba recogida y lavada. El olor a rancio que había estado ahí desde siempre se había ido. Y de hecho olía bien.


-¿Y éso de donde salió?- preguntó señalando el trapeador que tenía Ajax en la mano.


-Estaba en el armario. También el jabón y el limpiador.-

-¿A si? Que curioso. No sabía que estaban ahí.- respondió el albino mirando la botella de líquido limpiador.
-Bueno. No está mal.- musitó Vaizack sintiéndose extrañamente refrescado por lo limpio que estaba su departamento y lo espacioso que se veía con la cosas en orden. 


-Que útil… Traje comida.- señaló la bolsa.


Su comentario lo precedió un prolongado silencio que perturbaba a Ajax.


Pero era que Vaizack no estaba acostumbrado a conversar con nadie. Regan era siempre la que hablaba hasta por los dos.


-Mi hermano….umh… sigue dormido.- anunció el niño mirando los mosaico de la pared. Eran blancos y habían quedado muy brillantes.


-Por supuesto que sigue dormido.- musitó Vaizack. Ni siquiera tenía que ir a revisarlo. Sabía que seguiría dormido y exactamente como él lo había dejado. 


No dudaba de eso. Vaya niño tan necio, pensaba. 


-Le he dejado tranquilo.- agregó Ajax.


Vaizack bramó con aburrimiento. Y luego se sintió interesado otra vez.


-¿Por qué usas eso?- señaló el ojo izquierdo del crío, donde llevaba el parche del vago.


-Es de mi hermano.-


-Eso lo sé. Pero estabas bien cuando te dejé esta mañana. ¿Te pasó algo en el ojo para que tengas que usarlo?-


-¡No!- Ajax se levantó el parche un poco y dejó ver su ojito negro y brillante. Luego volvió a ponerse el parche. –Se lo estoy cuidando a mi hermano.- sonrió –Regan se lo regaló. Se lo dio para su ojo. Era de un traje de pirata.-


-Aha…Regan.-


Claro, que una fruslería así era algo típico de Regan. Y por un momento habría jurado que ella seguía viva en algún lugar.


-¿Regan es tu amiga?- preguntó Ajax.


-No. No sé.-


Se sintió muy incómodo respondiendo aquella tonta pregunta que le impacientaba.


Y Ajax que seguía mirándolo como si esperase que dijera alguna otra cosa le ponía todavía más incómodo.
-Bueno, eso no importa ya si ella está muerta. ¿Por qué preguntas esas cosas?- gruñó suave y bajo.
Que insoportable situación resultaba el compartir su espacio con aquella criatura. 


Si no se sentía tan molesto respecto del lobo que dormía en su cama era precisamente por que estaba dormido y no se movía ni hacía ruido.


Suspiró recuperando la compostura y la inexpresión de su blanco rostro.


-¿Qué pasa?- preguntó intrigado cuando miró al pequeño y lo encontró pálido como una astilla de hielo y con los ojos muy abiertos. Estaba empezando a llorar.


-¿Qué?... ¿Qué?- quiso saber Vaizack confundido.


Al niño se le doblaron las rodillas y cayó sobre su piso recién pulido, llorando abierta y ruidosamente.
-Y…en verdad que no te entiendo nada.- susurró el mortificado joven. Se puso de cuclillas para observar mejor.


-¿E-está muerta Regan?- sollozó.


-Si… ¿Lloras por ella?- interrogó acercándose todavía más para observar las lágrimas de Ajax.


-No estoy acostumbrado a ver llorar así. Es…distinto a un llanto de súplica. Es algo suave. Es una curiosidad para mí. ¿Lloras por Regan? Yo no lloré. No lo hago desde hace mucho tiempo. Ah…creo que me sentí triste por ella. Triste, si. Pero no lloré.- se encogió de hombros. -No puede uno lamentarse de ser como es. Sería ridículo llorar por ella si he sido yo quien la ha matado.-


Ajax soltó un grito. Se arrinconó contra una esquina, temblando horrorizado.


-¿La mataste?... ¿Tú?- gimió el pequeño con miedo, viendo delante suyo ya no al muchacho amable que los cuidaba, si no al terrible monstruo blanco. La vista terminó por empañársele de lágrimas y el miedo frío en el estómago se convirtió en un dolor agudo que le asqueó tanto que terminó por vomitar.


Vomitó. Sobre su piso limpio y sobre su ropa y continuó llorando y tosiendo con aquel sabor amargo en su boca.


-Si. La maté.- Vaizack tomó uno de los trapos de cocina y comenzó a limpiar el suelo con gesto paciente.
-Aun que no tenía muchas ganas de hacerlo.-


-¿¡Por qué!?- gritó Ajax -¿¡Por qué!? Si no… si no querías. ¿Por qué? Regan era buena.-


Vaizack se asombró de la fuerza con la que el niño le hablaba. Terminó de limpiar, echó el trapo a la pila y dejó correr el agua del grifo sobre él.


-¿Por qué?- insistió suave y suplicante, tallándose los ojitos. -¿Por qué matas?-


-Por que nací para hacer eso.-


-¡Es cruel! ¡Es malo matar! ¡Es malo!- gritó sintiéndose enojado y volcando en su reclamo hacia el chico de cabello blanco todo el resentimiento que aún tenía guardado.


-¿Por qué es malo?-preguntó Vaizack y la pregunta contrarió al niño quien no sabía como responder a algo tan moral.


-¿Por qué es malo?- volvió a preguntar a Vaizack.


-Pues…pues…-


-No es malo.-


-¡Si es! ¡Y tú eres malo también!-


-No levantes tanto la voz.-


-¡Eres malo! ¡Tú matas a la gente! ¡Los monstruos como tú son malos!-


-El que está durmiendo en la habitación también es un “monstruo”-


Ajax se frotó la nariz dejando ya de llorar, pero todavía con su voz temblorosa.


-El… a veces es malo también.-


-¿Por qué te importa tanto? Si es tan malo lo mataré también.-


-¡No! ¡Es mi hermano!-


-¿Entonces? ¿Por qué él es malo?-


-Mata.-


-Los lobos cazan y matan por instinto, para sobrevivir. Es algo muy natural. De otro modo…es como si dijeras que un ave es malvada por que caza gusanos para sobrevivir.-


-Los pájaros son animales.-


-Los lobos también, niño. ¿O qué creías? Nos guiamos por instinto. No existe el bien y el mal para nosotros en el sentido que existe para los humanos. ¿Queda claro?-


Ajax apretó los labios y no dijo nada más. No le quedaba claro en realidad. ¿Cómo podía no ser malo matar? Que mal le caía de pronto aquel muchacho.


-Bien. A mí no me importa, pero… ¿Vas a quedarte con esas ropas todas sucias?-


-No-


-Ah. Sabes donde queda el baño si lo necesitas… ¿Lloras todavía?-


-No.- respondió el niño con la cabeza gacha. Se levantó y fue a la habitación.


Vaizack fue a echarse sobre el sillón. Se sentía agotado por el calor. Y se dejó arrastrar a un tranquilo sueño.





Pirausta se paseó por la mansión, buscando secretos.


Secretos de Goddard que pudieran ayudarle a liberar a Vipunen.


Pero no había en aquella casa ningún libro de hechicería que ella no conociera ni artefactos antiguos que valiera la pena si quiera mirar.


Se preocupó más de observar a detalle las cosas que ella sólo había visto en sus sueños, televisores, teléfonos, bolígrafos, cosas muy curiosas que conocía por sus visiones. Pero eran objetos vanos, inútiles y detestables pues con nada de aquello podía ayudar al lobo que dormitaba todavía cautivo a cientos de metros bajo sus pies.


-Por mis medios no conseguiré desatar a Gleipner… Pero quizá mis hermanas…-


Musitó pensando en las brujas. Sin embargo sabía que había muy pocas ya en el continente, la mayoría habían cruzado el mar hacía mucho tiempo. Pero Goddard había estado buscándolas, debía haber información sobre ellas. Se aferraba convencida a ello, buscando entre todos los papeles y pergaminos que estaban amontonados sobre un escritorio en la biblioteca.


No encontró nada. Le resultó tremendamente frustrante no poder usar sus ojos de vidente ya más. Suspiró, volviendo a caminar alrededor de la habitación, pensando, hasta que una figura horrenda frente a ella la petrificó momentáneamente por la sorpresiva aparición. Sin embargo la figura se quedó tan quieta como ella, mirándola fijamente con un gesto igualmente sorprendido.


-Goddard-


Dijo con tono áspero, y al pronunciar su nombre, la otra figura movió los labios también.


Era definitivamente Goddard, su figura en un espejo. Pirausta estiró la mano y tocó el cristal helado y duro. Era ella quien se reflejaba ahí, ella en el cuerpo de Goddard, Ella en aquel repugnante cuerpo. Y a ella, quien era tan joven aún, la superó la rabia al ver aquel rostro y alzando sus puños golpeó el cristal con fuerza. El espejo tembló y cayó haciéndose añicos.


Y la bruja observó todavía en los pedazos esparcidos por el suelo, la apariencia que tenía, sintiendo inevitablemente una profunda repulsión y un rencor.


-¿Se encuentra bien, amo?-


Preguntó uno de los sirvientes que había sido atraído por el ruido. Pirausta se volvió hacia él, apenas notándolo, pues su mente seguía ausente por el cúmulo de ideas que se amontonaban dentro suyo.
-El auto ya está listo, amo, para la hora que desee partir-


Continuó hablando el sirviente mientras se acercaba a recoger los cristales.


-¿Partir?- dijo ella, tratando de comprender las palabras y el tono tan impersonal del sirviente.


-A la oficina señor.-


-La oficina…-





La mujercita se sorprendió al ver entrar a su jefe,


-¡Señor LeClair! Buenas tardes. No sabía que vendría hoy. E-estaba a punto de irme, pero me quedaré si me requiere.-


-Está bien, ve a descansar.- respondió Bijou dejándose caer pesadamente sobre la silla giratoria de su escritorio.


-No. Me quedaré.- respondió la servicial y atenta pequeña mujer, colgando su abrigo y su bolso de vuelta en el percherito.


-Intenté localizarlo durante horas… ¿Se encuentra bien?-


-Estoy cansado, es todo.- respondió él, recordando vagamente como durante la brutal transformación de aquella tarde había arrojado los celulares, el localizador y varios otras cosas contra las paredes. Todo había quedado destrozado.


-¿Quiere café?-


-Por favor.- la cabeza lo estaba matando y se sentía muy tenso. Abría deseado quedarse dormido justo en aquel lugar.


Pero pronto la mujercita reapareció con una tacita de delicada porcelana llena de café muy amargo.
En la otra mano la chica llevaba un montón de documentos y la agenda de trabajo.


-Son los informes que llegaron esta tarde, señor.-


Bijou bebió el café.


-El señor Goddard agendó una reunión con usted para hoy. Y la secretaria del presidente envió un nuevo calendario de las juntas importantes del mes, y…-


-¿Qué hay del niño Ramsley?-


-Aún…aún nada, señor.-


-Aha…muy bien. Comunícame con el capitán Bates.-


-¿Ahora? Pero la junta con el señor Goddard.-


Bijou bufó, lo que puso nerviosa a la secretaria.


-¿Está ahora en su oficina?-


-S-si. Acaba de llegar.-


-Bien. Avísale que voy ya mismo.- ordenó el hombre, poniéndose de pie con las manos en los bolsillos.





En alguna de sus visiones había visto aquel lugar. Sólo que estar en él le daba una sensación completamente diferente a sólo verlo.


Pirausta había visto demasiado durante sus largos años encerrada en el recinto subterráneo. Pero el sentir las cosas vívidas, reales frente a ella a momentos le parecía algo milagroso.


El respirar el aire de aquella estancia le dio una insospecha sensación de realidad, y al mismo tiempo de soledad, tan lejos de Vipunen en un mundo que apenas lograba comprender por lo extrañísimo que le resultaba todo, incluso, el mismo cuerpo que en aquel momento poseía.


Al ser conducida a aquel edificio, a aquella oficina, al ser llamada “Señor Goddard” o “Señor presidente”, la bruja trató de no desquiciarse. Especialmente evitaba mirar las superficies reflejantes y ver irremediablemente los desagradables ojos de aquel hombre clavados en ella.


Abominaba tanto aquella figura como lo hacia Vipunen, y le habría destruido con gusto a no ser por el hecho de que aún necesitaba de aquel cuerpo para liberar a su lobo.


A solas en la oficina presidencial, pasó sus manos por sobre los gruesos volúmenes de extensos escritos sobre ocultismo y alquimia que Goddard guardaba en una pequeña biblioteca. También coleccionaba interesantes estudios acerca de herborística antigua, runas y sobre criaturas supuesta mente mitológicas, como los hombres mitad lobo.


Pirausta conocía de sobra cuanto estaba escrito allí. Ella misma había escrito algunos de esos libros.
El sonido chirriante y alta mente agudo de un artefacto sobre la mesa de cristal la sorprendió, sacándole repentinamente de la vaguedad de sus recuerdos. 


-Señor presidente, el señor LeClair ya está aquí. ¿Lo recibirá ahora?-


Dijo una vocecilla apagada y poco natural que salía de aquel mismo artefacto.


Pirausta lo miró ligeramente curiosa.


-¿Señor presidente?- insistió la desagradable voz.


Entonces, antes de que pudiera hacer algo respecto a la voz, unos gritos provenientes de fuera de la habitación le distrajeron nuevamente,


La puerta se abrió y por ella entró un hombre alto de ojos verdes que le miró con extrema frialdad.
-Mi secretaria me dijo que estaba esperando verme, señor.-


-Disculpe.- chilló una mujer parada detrás del hombre que acababa de entrar. –No ha querido esperar hasta que usted diera la indicción de que entrara.-


Pirausta supuso, por su actitud, que aquella mujer no era si no una simple sirviente, así que con un gesto le indicó que se retirara y luego miró de nuevo al de ojos verdes.


-¿Para que me requiere, señor?-


Preguntó ese hombre, con un tono tan fríamente amable que la bruja pudo ver debajo de éste un áspero estado de humor.


Miró con más detalle al joven hombre de cabello negro. Poseía un porte impresionante.
Y sus ojos le resultaban exquisitos, tan extrañamente nítidos, que leía claramente en ellos un peso cruel y oscuro.


Pirausta sonrió.


Y la respuesta del joven hombre ante su gesto fue una mirada de velado desprecio.
La bruja terminó de comprenderlo entonces. Aquel joven odiaba a Goddard con una intensidad similar a la suya. 


Sin saber que razón podría haber para aquella aversión, sintió todavía más simpatía por el joven pues tenían algo en común.


Sólo entonces sintió ella la suficiente seguridad como para decir algo. Se sentó en el sillón tapizado de cuero detrás del escritorio.


-Siéntate…-


Dijo, pensando en que podía pronunciar el nombre del joven si es que lo había visto en alguna de sus visiones. Pero no lo recordaba.


El joven hombre tomó asiento


-LeClair-


Dijo ella de pronto. Era como lo había anunciado la disgustante vocecilla en el artefacto que estaba sobre el escritorio.


-Dígame, señor.-


Respondió el joven, por lo que había dado con su nombre. Pirausta volvió a sonreír.


-Dime ¿Por qué sientes tanto rencor hacia este hombre?-


-¿Disculpe?- el incrédulo joven alzó una ceja, confundido.


-¿Por qué odias a Alan Goddard?- preguntó ella con un tono de complicidad en su expresión, inclinándose sobre el escritorio. -¿Es él el culpable del profundo dolor que te aqueja?-


Era lo que preguntó la bruja.