domingo, 3 de julio de 2011

Capítulo 4.- Una verdadera lástima

Era una verdadera lástima. El desayuno estaba delicioso y caliente. Pero nadie lo estaba disfrutando nada. Y era una sensación terrible. Un pesado y silencioso ambiente había anidado dentro de la casa.
Conforme pasaban los días, iba empeorando. Aquel crío se había convertido repentinamente en otro. Y el abuelo se lamentaba.
La voz de Ajax se había vuelto un sonido opaco. Eso cuando hablaba, porque estaba callado casi todo el tiempo.
En las noches no dormía. El viejo los escuchaba en los pasillos. No lograba imaginar que hacia el niño toda la noche levantado. Y él no le había dicho nada, ni le había enviado a la cama, porque entendía un poco de lo que le pasaba. Y era lo más doloroso, entender. Porque estaba obligado a aceptar que no había nada que él pudiera hacer para evitarlo.
Era la naturaleza. El feroz llamado de la sangre.

Había querido creer todo el tiempo que llevaba con Ajax, que él era diferente. Que la genética se había apiadado del pequeño, y no lo había engendrado monstruo como a su hermano. Como a Lucas. Como a su padre no.
El padre de Ajax, el hijo del viejo, Alphonse. El no había sido cosa de la naturaleza. Era más bien el fruto de la perversa curiosidad humana. Eso sabía el viejo. A pesar de eso lo crió como si fuera su hijo en verdad. Lo era. Lo amaba como tal. Lo habría protegido de cualquiera hasta la muerte, incluso de su propia naturaleza. Pero debió saber entonces que una bestia nunca pasaría de ser eso. No se puede domesticar a un monstruo. Por eso deseó desde el fondo de su corazón que Ajax no heredara aquello de su padre. Pero su reacción ante Lucas hacía indudable que era el llamado de la sangre. Si no, como iba a ser que de todos los vagabundos de la ciudad, el crío fuera a recoger precisamente a ése.


El sol de medio día sobre su piel, lo despertó. Intentó ignorarla y continuar durmiendo. Luego pasó un autobús y otro, echando una espesa nube de humo maloliente sobre su cara, y había personas casi caminando sobre él. Alguien le piso la mano. Difícil de ignorar.
Definitivamente no podría continuar durmiendo ahí. Porque a medio día la parada del autobús estaba atestada y no era un buen lugar para tomar un descanso.
Se levantó y se sacudió la ropa. Revisó sus reservas. Cero porros y unas moneditas que alcanzaban para una botella de agua. Tenía la boca seca y con grumos y el agua le hubiera caído bien, pero prefirió comprar chocolates y luego se encaminó a visitar a la pelirroja, porque aunque no le daba trabajo, siempre le daba de comer.
Ella estaba ahí, entre los polvorosos estantes, empaquetando cosas dentro de unas cajas de madera.
-Hola.- saludó él, sentándose pesadamente sobre una de las cajas.
-Hola.- contestó ella, sudando. Luego se quedaron en silencio mucho tiempo. Tanto que Lucas abría podido quedarse dormido. Aún sentía mucho sueño. Bostezó repetidamente y echó la cabeza hacia atrás, recargándose en la pared mientras su vista se elevaba hasta el vitral pintado con la imagen de Cassandra la vidente.
La luz se filtraba por el vidrio de forma irregular, haciendo escasa la iluminación de lo que utilizaban como bodega.
Sin embargo a él el ambiente mate y viciado que tenía la habitación no le molestaba. Había tenido que vivir en lugares peores. Cuando lo llevaron al laboratorio de House of Sound Inc., los meses que lo habían mantenido ahí, había sido en la más diminuta jaula que podían haberle conseguido, en un corredor subterráneo a treinta metros bajo tierra.
Tenía que estar tan abajo, por la sencilla razón que aquel lugar se suponía que fuera un secreto.
El recuerdo estaba tan presente aún, a pesar de los años, que al quedarse sobre la fría pared de piedra con los ojos cerrados, pudo imaginarse de nuevo dentro de la pequeña celda. Con cadenas en pies, manos y cuello, tirado sobre su propia inmundicia y calmando su sed lamiendo el agua que goteaba desde una tubería hacia la pared.
Estaba siempre oscuro. Pero la vista no le hacía falta para percibir el lugar, y notar que no estaba solo.
Había un montón de aromas mezclados, el olor del moho y la humedad, y olor a animal, a sangre, a rabia, y el inconfundible tufo de la muerte que venía de una de las celdas del fondo.
Algo llevaba mucho tiempo pudriéndose ahí, y Lucas se preguntaba si lo mismo le pasaría a él.
Estando así, el recuerdo de sus días en el psiquiátrico lo acechaba. Entraba en pánico, y a veces, terminaba sollozando, cuando la desesperación llegaba al punto más insoportable.
A veces de las otras celdas recibía contestación a sus lamentos. Pero eran pequeños murmullos y gemidos casi inaudibles, y ninguno en un lenguaje que él pudiera comprender.
Llegó a creer que pasaría una eternidad en aquel lugar, hasta el día de su muerte, y ya estaba resignándose a ello cuando vinieron a llevárselo y no precisamente a un lugar mejor. Únicamente lo liberaban de su encierro para hacer en él un montón de pruebas extrañas y experimentos crueles.
Su abuelo. Odiaba tanto a ese viejo, porque por él había terminado en aquel lugar. Y al recordarlo, sentía la furia encendiéndose una vez más dentro de él, clamando por venganza. Exigiéndola. El viejo tendría que pagar de la forma más dolorosa su traición. Decidió entonces que no podía olvidarse de ello. Tenía que volver y destrozarlo y hacerle experimentar en carne propia todo el dolor y desesperación de su familia. No le perdonaría.
Nunca.
-¿Porqué estás gruñendo, Lucas? - preguntó la pelirroja. El vago se acordó entonces que estaba ahí, frente a ella. Iba a responderle cuando algo cayó de una caja.
De la cosa que se había caído comenzó a salir una melodía. Lucas se acercó, asomándose por sobre los estantes.
Lo que había caído era un muñeco. Un muñequito de tela con una sombrilla roja en la mano y con la expresión más horrorosamente melancólica. Una melancolía casi inhumana. La melodía plasmaba esa misma emoción en su sonido. Era tan deprimente que era hermoso. Y a Lucas le gustó. Podría haberse quedado observándolo para siempre, pero la pelirroja interrumpió levantando el muñeco y girándole el interruptor en la espalda. La música se detuvo.
-¿Qué miras?... Si te gusta, llévatelo- dijo la mujer alzando el muñeco hacia Lucas. Él lo tomó.
-¿Por qué?-
-Ahh.- suspiró -Me parece una cosa tan fea y lúgubre. Lleva años aquí y no le he podido encontrar comprador. Tal vez estaba esperándote a ti. Como sea llévatelo.-
El vago sacudió al muñeco para quitarle el polvo.
-Sabes, Harley.- le habló a la pelirroja. - Estoy pensando en volver a la casa de mi abuelo.-







Había alguien parado frente a su puerta. La sensación lo despertó repentinamente, como si hubieran golpeado violentamente. Sin embargo la noche continuaba sumida en su pacífico silencio interrumpido apenas por sonidos aislados como el de los grillos entre los arbustos del jardín y más lejos, la campana del tren y su rumor al deslizarse sobre las vías. Pero había algo más. Ajax se esforzaba por seguir el sonido que venía del otro lado de la puerta, en el pasillo. El sonido de una respiración, como había pasado antes. Había alguien del otro lado, esperando entrar. Ajax permanecía quieto en la orilla de la cama mirando intensamente en la oscuridad hacia la puerta, como si esperara ver a través de ella.
-¿Puedo pasar?- susurró una voz conocida.
No podía decir que estuviera sorprendido. En el fondo, de alguna manera el crío sabía, o más bien esperaba que la persona al otro lado de la puerta fuera Lucas.
-Si.- respondió y en seguida la puerta se abrió y se cerró cuando el vago ya había entrado. Desde donde estaba, Ajax sólo podía distinguir su larga silueta. Estuvieron así un rato, mirándose en la oscuridad. La media luna de esa noche no conseguía filtrase dentro del dormitorio porque la ventana y las pesadas cortinas color crema habían sido cuidadosamente cerradas.
-Te traje algo- la voz susurrante de Lucas se dejó oír de nuevo. El crío ladeó la cabeza. Lucas se acercó muy lentamente, como si temiera asustarlo y cuando estuvo junto a la cama se sentó también.
Sacó algo de entre su poncho. En la oscuridad no se notaba la forma de lo que tenía en las manos pero el vago comenzó a desatar la envoltura de papel, luego hubo un ruido, como si hubiera girado una pequeña tuerca. Y después música. Una melodía triste que era en si mismo una poesía sin palabras.
Ajax contuvo la respiración hasta el final, hasta que el silencio se impuso de nuevo haciendo aún más pesado el recuerdo de aquella melodía que había contagiado su melancólica existencia a todas las cosas de su habitación.
Lucas puso el muñeco en las manos de Ajax.
-Es tuyo.- le dijo. El niño no podía distinguir los detalles en medio de la penumbra, pero supo enseguida que era un muñeco, con una sombrillita en una mano y con cabellos de algún material sedoso y perfumado. Un pequeño muñeco.
-Gracias.- respondió. Lucas estaba casi seguro que el crío se había sonrojado. Incluso podía sentir su ritmo cardiaco aumentando.
-Hay algo que... quiero preguntar.. te.- soltó el niño acariciando la cabeza del regalo que acababan de darle.
-¿Qué?-
-¿Quién... eres?-
Lucas sonrió en la oscuridad. Una sonrisa perversa. Había estado esperando esa pregunta. Casi podía saborear la respuesta que daría. Tenía un sabor a revelación y venganza. Se relamió. Deambuló por la habitación unos momentos buscando las palabras correctas. Palabras que expresaran la verdad en toda su extensión. Cualesquiera que fueran estaba seguro que estremecerían al niño, al revelar ante él su verdadera naturaleza. Sería algo tremendamente bueno.
Repentinamente la habitación se iluminó. El vago había ido hacia la ventana y la había abierto. Se estaba extendiendo demasiado el suspenso.
-Pues yo...- comenzó a decir volviéndose al crío. Y eso lo desarmó. Los ojos de Ajax fijos en él de esa manera, porque siempre lo miraba con piedad. Y con el muñeco en sus manos, haciéndolo lucir más pequeño. Era insoportable. Si fuera un niño más fuerte, pero tenía que parecerle tan frágil. Y simplemente Lucas no pudo hacer lo que tanto deseaba. Su verdad tendría que esperar.
Probablemente, pensó, era por la música del tonto (en sus palabras) muñeco, que lo había conmovido... algo.
Esperaría un poco más. Había tiempo.
Los ojos de Ajax seguían sobre él.
-Soy un monstruo ¿Sabes? Uno de verdad.- le dijo, sentándose de nuevo. La expresión del niño no decía nada. A Lucas no le importó. Se estaba sintiendo frustrado.
-¿Qué clase de monstruo?- preguntó el niño de pronto.
-Un licántropo.- contestó tallándose el rostro.
-¿Qué es un...-
-Un hombre lobo.-
-¿En verdad?-
-¿Por qué te mentiría?- preguntó como si la idea de mentir fuera completamente ridícula y asquerosa. El niño se encogió de hombros.
-No sabía que en verdad existían.-
-Hay un montón de cosas que no sabes.- soltó con resignación. -Sólo tienes que preguntarme, siempre voy a responderte con la verdad. Eso mismo.-
Ajax se mordió el labio.
-Entonces...yo quiero saber si tú...eres... mi hermano.-
Era inevitable. Ajax pedía con sus preguntas conocer eso que le habían ocultado siempre.
-¿Por qué piensas eso? ¿Tu abuelo... te dijo algo?-
El crío negó con la cabeza, se había puesto más pálido.
-Yo conocí a tu hermano. Cuando era niño venía aquí a jugar con él. También... me acuerdo de ti, eras muy chico entonces.-
Ajax mecía sus piecitos en el borde de la cama, de atrás para adelante.
-En verdad. Yo no me acuerdo.-
-Te digo que eras muy chico.- Lucas se dejó caer hacia atrás, acostándose. Se estaba sintiendo horriblemente cansado. No le hubiera importado quedarse dormido ahí mismo. Pero Ajax se acurrucó como gato junto a él, y la sensación rara que le dio tenerlo tan cerca le ahuyentaba el sueño.
-No es eso. Es que... no me acuerdo de nada. Ni mi mamá, ni mi papá, ni mi hermano... no me acuerdo de ellos.-
-Eso está mal. Nunca debes olvidarte de la familia.-
-Yo nunca quise olvidarlos.- se disculpó. -Es que... no puedo recordar.-
-Nh... Yo voy a hacerte recordar, Ajax-
El niño levantó la cabeza y la acomodó sobre el pecho de Lucas para poder verlo de frente.
-Entonces... ¿Vas a... quedarte?-
-Si tú quieres.-
Ajax se sonrojó. Porque algo dentro suyo se había puesto muy feliz. Quería a Lucas cerca. Él hacia desaparecer su vacío interno.
Sin embargo estaba conciente que al viejo no iba gustarle nada aquello. Y se sintió culpable por tomar esa decisión.
Escondió su rostro entre el poncho, aferrándose desesperadamente al vago.

Las manitas ligeras y tibias entre su ropa le dieron a Lucas unas repentinas ganas de sentirlas más. En otras partes de su cuerpo.

-Quédate.- musitó el niño con la voz ahogada en el poncho de lana.

Esa vocecita sofocada provocaba a Lucas. Porque Ajax era tan pequeñito, tan tierno, que se hubiera dejado hacer cualquier cosa. Estaba seguro. Y eso lo excitaba. Pero mejor reprimirse. Su instinto primitivo y bestial que pedía satisfacer su calor con el pequeño e inocente cuerpecito que estaba a su lado, tendría que esperar, y tendría que conformarse con una persona más adecuada, porque Ajax era un niño y no iba a aprovecharse de él.

La lealtad a la familia se anteponía al placer y a casi cualquier otra cosa. Lo que Lucas lamentó momentáneamente, porque no aprovechar la oportunidad de tener algo tan lindo entre las piernas era una verdadera lástima.

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