viernes, 1 de julio de 2011

Capitulo 3.- Un alivio. Un vacío.

Era un alivio. Un ligero y casi imperceptible pero liberador alivio para el aterrado Ajax ver entrar a su abuelo en la habitación. Así podía fingir de momento que nada había pasado.

El abuelo entró al comedor. No había tardado casi nada en casa del vecino y es que tenía prisa en volver, para no dejar a Ajax mucho tiempo a solas con el vago.

Por lo que no se alegró cuando los encontró a los dos en el comedor. Los escuchaba. Estaban en silencio pero sus respiraciones los delataban. La del crío se sentía ligeramente irregular.

-Ajax. ¿Me servirías el desayuno, hijo?- soltó el abuelo queriendo contener su descontento.

-¡Si!- exclamó el niño corriendo a la cocina. Disimulando en la prisa de traer el desayuno, su deseo de estar solo.

Estaba avergonzado. El sabía que las personas sólo se besaban en la boca cuando se amaban, y que eso era entre un hombre y mujer. Pero de todas formas, Lucas sólo lo había mordido, lo cual no dejaba de ser extraño pero al menos no había sido un beso. ¿Cierto?. Quiso convencerse. La idea lo tranquilizó. Un poco.



-Márchate, Lucas- susurró el abuelo.

-Nh- contestó el vago haciéndose el desentendido.

-No te quiero en mi casa- volvió a murmurar el viejo. No hubo tiempo de más porque Ajax reaparecía ya con el desayuno para su abuelo.

El niño puso los platos en la mesa, evitando a toda costa mirar al vago. Pero falló. Sus ojos se encontraron. Ajax enrojeció completamente y se volteó hacia otro lado. Lucas se sonrió.

-Ajax. ¿Me traerías el salero?- pidió el viejo. Ajax corrió de vuelta a la cocina.

-Vete.- ordenó tajante. Lucas se inclinó sobre la mesa hasta él. Le susurró.

-Cuando él conozca la verdad, entonces me voy. Promesa-

-¡No vaya a ocurrírsete decirle nada!-

-Díselo tú si quieres. O yo. O el vecino. O la tía del vecino. Es igual. Pero que se entere.-

-La sal.- el crío apareció de nuevo. -Abuelo... ¿Puedo ir al parque hoy?-

-¡Claro! Claro. Anda, vete ya.-

Ajax no perdió tiempo en salir de ahí. El abuelo se aclaró la garganta, revolviendo las flemas de su interior. Esperó hasta oír al niño saliendo rumbo a la calle.

-¿No lo entiendes? Saberlo no le haría ningún bien. Ajax es feliz tal como está ahora-

-¿Si? Pero no va a ser feliz siempre. ¿Verdad? Abuelo. El secreto de la vida está en la elección. Si él se entera, y te elige a ti... me quedaré en paz. Eso. Pero no voy a dejar que sigas engañándolo. Que sepa lo que eres, y lo que él es.-

Lucas se levantó arqueando la espalda y apagó el televisor de una patada.

-Voy a salir.- avisó de camino a la puerta. El abuelo hubiera deseado detenerlo, pero se sentía emocionalmente molido. El pasado había regresado y lo golpeaba brutalmente con sus palabras de reproche.




El vago había salido de la casa con la firme intención de seguir a Ajax. Pero ya en la calle le dio pereza, y más cuando se acordó que traía el cigarro de mariguana en uno de los bolsillos. Podría irse por ahí y fumárselo. Necesitaba hacerlo. Era preciso. Un poco al menos. Suave y fiel porro. Tan dulce. Se babeó un poco de pensarlo mientras caminaba hacia el centro. Estaba de vuelta en la calle del día anterior donde la pasaba tranquilo justo antes de ser recogido por el crío.

Se acordaba de eso exhalando el humo con un placer casi obsceno. Se dejó caer en la banqueta, con el cuerpo bien relajado y una sonrisa de completa felicidad al estilo hierba mágica.

Aquello valía la pena. Uno por la mañana y pasaría el resto del día de estupendo humor.

Era adicto, en cierta forma. Bien podía aguantar varios días sin fumar, hasta una semana, pero luego no se haría responsable de sus acciones, porque él tendía a ser algo violento.

No era su temperamento, en verdad. Él por lo general era alegre y agradable. Era una de esas personas con quienes es excelente ir de fiesta.

Pero había ocasiones en que algo dentro de él se alocaba. Algo salvaje y furioso y que era difícil de controlar. Le había sucedido desde los doce años.

Al principio había sido brutal, pero poco a poco podía ir conteniéndolo más.

Una vez, a los doce años precisamente, se había caído de un árbol. Considerando la altura, en cuanto a lastimaduras le había ido bien. Sólo se había rasgado la piel de la espalda en una herida de diez centímetros. Sangre hubo. Y un ardor terrible. Pero el doctor dijo que no era nada. La madre de Lucas se sintió aliviada. La enfermera le hizo la curación al chico, lo vendaron y los enviaron a casa.

Sin embargo al pasar las semanas, la herida no parecía mejorar. Al contrario, se había puesto de un color extraño y había comenzado a salirle pelo. Por más que la madre insistía, el doctor siempre les decía lo mismo y los hacia volver a casa con más antibióticos.

Y un día la herida por fin cerró. Sin dejar la menor prueba de su existencia.

Nadie consideró que ese hecho tuviera relación con lo que ocurrió después, cuando empezaron a llevar a Lucas al psicólogo y de allí se pasó al psiquiatra.

El chico presentaba cambios de humor drásticos, a veces se volvía extremadamente violento. Había mordido y arañado a su madre. Tenía alucinaciones y le aullaba a la luna.

Le diagnosticaron esquizofrenia y lo internaron en un hospital. A veces parecía estar normal del todo, pero esos momentos fueron escaseando conforme pasaba el tiempo internado. Comenzó a portarse como una bestia salvaje. Gruñía y lanzaba dentelladas. Sus dientes y uñas estaban más afilados, y había conseguido enviar a algunas personas al hospital. Una de ellas directo a terapia intensiva. No podían controlarlo. Por lo que fue encerrado en una celda acolchada con la camisa de fuerza puesta todo el tiempo. Y sólo por si acaso lo mantenían medicado.

Entonces, cuando estaba dopado, era cuando los guardias resentidos por haber sido alguna vez agredidos por el chico, aprovechaban la situación y abusaban de él, procurando lastimarlo mucho.

Los guardias hacían fila mientras otro de su compañeros atendía al chico, penetrándolo por cada orificio de su cuerpo.

Era peor cuando las enfermeras participaban de aquello. Lo que ellas hacían era competir por ver quien podía meterle el objeto más grande por el trasero.

Hasta que un día una botella astillada le provocó una hemorragia severa. Las enfermeras se encargaron de curarlo y evitaron a toda costa que el médico responsable se diera cuenta. Pero desde entonces tuvieron que dejar sus juegos a riesgo de ser denunciados por algún doctor o de perder el empleo, según se viera.

Igual no dejaban pasar la oportunidad de torturarlo. Ya fuera moliéndolo a golpes o dejándole morir de hambre para luego hacerlo comer un platón de desperdicios.

Un día apareció el padre de Lucas . Le había visto un par de veces cuando era pequeño, pero a pesar del tiempo y de las drogas que le hacían tomar para mantenerlo calmado, supo en seguida que el hombre que acababa de entrar a su celda era su padre. Lo sintió. Era como despertar recién por primera vez. Su cuerpo se estremecía y algo le hervía dentro.

Su padre se arrodilló junto a él y lo abrazó, mojándolo con sus lágrimas.

-No estás enfermo. Es tu naturaleza floreciendo.- le dijo.

Lucas supo que estaba a salvo.


Eso había ocurrido, pero tenía la fortuna de no poder recordar mucho del tiempo que pasó en el psiquiátrico. Sabía que no debía querer recordarlo, por su propio bien.

Exhaló de nuevo el humo. Alguien alguna vez le había dicho que podía controlar los ataques de ira con pequeñas dosis de una mezcla de marihuana y otras hierbas.

Pero no era la única razón por la que había decidido fumarlas.

Y además de todo, un pequeño porro siempre era un alivio.



Era un vacío. Lo que sentía. Hambre. Un hambre profundo que le hacía doler el estómago. Ya era pasada su hora de comida. Pensó en que si volvía a la casa el crío seguro ya habría preparado algo.

Pero regresar allí sólo por la comida le parecía demasiado descarado.

Y no le molestaba aprovecharse del viejo, pero Ajax le caía bien.

No. Mejor iría a su trabajo. Hacía algunos días que no pasaba por ahí y ya debían estarlo extrañando algo.

-El trabajo no es de permanencia voluntaria.- dijo la jefa.

-Ya sé.-

-Me alegra saber que sabes. Si tan sólo actuaras conforme a tus conocimientos. Pero tú ya no tienes trabajo y Oswald si-

-¿Quién... es Oswald?-

-Oswald es el nuevo. Yo supuse que... Pásame esa caja, si esa... como no habías venido, lo contraté.- explicó la pelirroja. -¡Ah! Mira, aquí viene. Saluda, Oswald.-

-Hola- dijo Oswald levantando la escoba.

-Hola- respondió Lucas y luego se volvió a la mujer. -Por favor, personita. Dame trabajo... otra vez-

-Si te contrato tendría que despedir a Oswald. ¿Eso quieres?-

-No- interrumpió Oswald.

-Si tú quieres, Lucas, tengo un montón de otros trabajos que puedo darte. Pero son de alto riesgo.-

-Hah, hah. Nada ilegal.-

-Bueno. Pues entonces no hay nada más. Pero puedes quedarte a comer. Vamos a pedir pizza.-

-Asco de pizza.-



-¡Ajax!- gritó el amiguito, pero Ajax estaba distraído, así que el balón le dio en la cabeza.

-¡Yay! ¡Gana el equipo rojo!-

-¡¡Ganamos!!-

-¡Ajax!- los compañeritos de equipo de Ajax, el equipo verde, no estaban contentos.

-Perdón.- se disculpó él poniéndose de pie luego de que la pelota lo había dejado tirado.

-¡Revancha!- gritó alguien.

-Nada, nada. Este juego ya es aburrido.-

-Enserio. Vayamos al río.-

A todos los demás niños les gustó la idea.

-¡Ajax!¡No te quedes atrás!-

-No voy.- contestó. Entonces los amiguitos le dejaron atrás y se marcharon rumbo al río.

Ajax no era tanto que no quisiera ir, más bien que tenía otras cosas que hacer, como irse a su casa a preparar la comida. Y de todas formas, pensó, que no se sentía con tantas ganas de jugar. Se sentía un poco mal, como mareado y más y más mareado conforme se acercaba a su casa. Más y más cuando se acordaba que al volver estaría Lucas por ahí. Le daba muchísima pena con él. ¿Y si lo mordía de nuevo? ¿Qué haría?. Nada. ¿Qué iba a hacer? ¿Enojarse?.

Bueno. No estaba seguro, por que aquello en realidad no lo hacía sentirse enojado. Tampoco estaba seguro de como debía sentirse. Pero no estaba disgustado en absoluto. Y eso le daba más vergüenza.

Se detuvo. Ahí plantado en la esquina de la calle, desde donde alcanzaba a ver la entrada de su casa, se acordó que lo más probable era que no tuviera que preocuparse ni nada, por que Lucas había dicho que se marchaba esa mañana. Al llegar a la casa él no estaría.

Ajax corrió entonces. Entró desde la puerta al corredor en un mismo suspiro. Revisó las habitaciones. Todas. También la habitación donde había dormido el vago. Y nada.

-¿Ajax?- llamó el abuelo

-¡Ya llegué!- gritó el niño saliendo al jardín. El viejo estaba en un banquillo bajo el árbol de ciruelas, tallando en un pedazo de madera la figura de un lobo.

-¡Abuelo!- lo abrazó.

-¡Bienvenido, pequeño!- el abuelo besó su cabeza.

-Ahora preparo la comida. ¿Qué se te antoja?-

-Ah, espera... espera.- el viejo palmoteó en el aire con la mano, intentando pescar a Ajax antes de que se fuera. -Ya me encargué de la comida. No te preocupes.- sonrió


Iba a preguntarle sobre Lucas. En verdad que tenía ganas de hacerlo. Pero le daba demasiado miedo ver esa expresión sombría que ponía el viejo cuando le mencionaban algo de lo que no quería hablar. Y el crío sentía que Lucas era uno de esos temas que el abuelo olvidaría si pudiera.

-¿Hice algo mal?- preguntó por fin, aunque no lo que realmente quería saber. Agitó la cucharilla sobre el plato. -¿En la cocina? ¿Ya no quieres que prepare yo la comida?-

El anciano dejó de sorber la sopa. Con los ojos nublados, perdidos en algún punto lejano al crío, se quedó en silencio. Y de pronto comenzó a reír sonoramente.

-Por supuesto que no. Lo haces todo muy bien, hijo. Pero... que sea ciego no supone que te deje a ti todas mis obligaciones. Soy yo quien debe cuidar de ti, y últimamente ha sido todo lo contrario.-

Una melancólica sonrisa asomó. -Y no está bien. Eres un niño, todavía. Debes ocuparte más de jugar que de hacer las labores de la casa.-

-No me molesta, en verdad-

-Yo lo sé. Eres un buen niño. Pero está bien si lo intento de vez en cuando. Dime. ¿La sopa tiene buen sabor? En esta ocasión me aseguré de poner los ingredientes correctos.

-Si.-






Ebrios. En los bares. Muchos de ellos, porque era noche de fin de semana, y era también suficiente motivo para celebrar.

Tres de esos ebrios estaban en la barra de algún lugar en el centro.

Uno de piel morena, una pelirroja y un vago. La pelirroja había rebasado su límite hacia tres botellas y ahora deliraba en medio de la alegría de la embriaguez.

-...entonces la tort...jajajjaaa... la tortu... jajaaja... la tortu...-

-¿Tortuga?-

-¡Si!... explotó-

La explosión de la tortuga les hizo gracia y todos se rieron.

Oswald, menos bebido, miró el reloj.

-Yep. Hora de que me vaya.-

-Oh. No, no, no. No me dejes bebiendo sola. Me... - se empinó el vaso hasta vaciarlo. - Me siento tan abandonada.-

-Lucas se queda.- contó Oswald

-¡Bah! Ése es pé-si-mo. Le falta mucho para alcanzar mi ritmo con el ron. Es un niño. ¡Pésimo!. Te voy...- abrazó a Oswald dándole la espalda a un Lucas que se deshacía en carcajadas. -Te voy a contar un secreto del mundo empresarial... nunca... contrates a alguien que no sepa beber. No son buenos empleados... Ahora ¡Otra botella! Oswald, bebe conmigo o te despido.-

Y continuaron bebiendo.

Despertaron cerca del amanecer en un callejón, sin tener muy claro como y porque razón habían terminado ahí.

-Mi novia me va a matar.- Oswald parecía preocupado por su novia mientras buscaba un zapato que le faltaba. Se cansó de buscar y decidió irse así. -Nos vemos en la tarde.- se despidió.

-¡Llega temprano al trabajo!- gritó la pelirroja lamentando su resaca.

Miró a Lucas que seguía acostado sobre unos periódicos. Él había contado que estaba de vuelta en la casa de su horrible y antipático abuelo al que detestaba desde niño.

-Entonces...- se arrodilló frente a él -¿Vas a volver a su casa?-

Lucas, que parecía muy cómodo sobre el piso mugroso, elevó la vista al cielo.

-No. No quiero volver nunca más.-

-Mmm. Vale...- le dio una palmada en la pierna. -Puedes venir conmigo. No sé tú, pero me hace tanta, tanta falta un café-


Ajax seguía sin poder dormir. La luna invadiendo su cama le daba frío. Y aunque se movía de un lado a otro sobre el colchón, no lograba sentirse cómodo.

-Abuelo.- llamó a la puerta, aunque suponía que el anciano ya estaría dormido.

-¿Qué sucede?- respondió. El niño tuvo repentinas ganas de no haberse levantado de la cama, pero ya que había llegado hasta ahí, debía preguntar y saber.

-Abuelo... ¿Quién es él?-

Se refería a Lucas, y lo preguntaba de esa manera cuando en realidad quería decir: Abuelo. ¿Él es tu nieto también? ¿Es mi hermano?

La garganta del viejo se secó. Carraspeó, balbuceó, pero no fue capaz de hilvanar una frase coherente.

Ajax suponía desde antes que no recibiría una respuesta directa. Se recargó sobre la puerta.

-¿Va a regresar?-

El viejo gruñó dentro de la habitación.

-Espero que no. Sería mejor que no lo hiciera, pequeño.-

Sus palabras sonaron como una súplica. Como el deseo de que la existencia de Lucas Daza se borrara de la faz del Universo. Suspiró.

-Buenas noches, abuelo.-

-Buenas noches.-

El niño se fue por el pasillo, cargado de una secreta e incomprensible desesperación. Un desastre. El vago había dejado hecho todo un desastre. Ya nunca sería completamente feliz. Ahora tenía dentro algo doloroso. Era un vacío.

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