martes, 5 de julio de 2011

Capítulo 5.- Hora

Era hora. Cerca del amanecer, cuando el abuelo llamaba a la puerta de Ajax para despertarlo y que estuviera listo para ir al templo.
Luego de sus golpecitos suaves se quedó en silencio esperando respuesta. Hubo ruido y luego pesados pasos acercándose a la puerta. El anciano intuyó que algo estaba mal. La puerta se abrió despacio con un ligero rechinido.

-Sigue dormido.- dijo Lucas.

El viejo se paralizó. Las conexiones dentro de su cabeza se unieron muy lentamente y para cuando pudo reaccionar el muchacho ya caminaba rumbo al baño.

-Lu... ¿Lucas?... ¡Lucas!- gritó el anciano lanzándose sobre él y embistiéndolo contra la pared. Sus ojos ciegos no le hacían más torpe. Sabía bien como acomodar su antebrazo contra el cuello de Lucas de una manera que permitía con facilidad romperle la traquea si así lo quería. Pero se contuvo. Se limitó a únicamente ahogar al chico.

-¿Por qué regresaste? ¿Qué... qué hacías en el cuarto de Ajax?- la expresión del viejo se debatía entre la ira y la confusión. -Oh... no será que tú... ¡¿Le hiciste algo, mal nacido?! ¡¿Te atreviste a tocarlo?!- presionó aún más el cuello del vago.

-Bueno, define "tocarlo", por... ughhh.- el viejo lo golpeó tan fuerte en el estómago que terminó por derribarlo. Lucas tosió como si los intestinos y otros órganos fueran a salírsele.

-No finjas conmigo. Sé bien de lo que es capaz una corrupta y perversa bestia como tú.- se arrodilló junto a él. -Sé lo que le hacías al hermano de Ajax. No se lo harás también a él.- había rabia en su voz, como si él mismo fuera a convertirse en un monstruo. Las arrugas en su rostro se amontonaban una sobre otra creando formas grotescas. Jaló a Lucas por los hombros, como a un guiñapo. La cabeza del chico cayó hacia adelante, con el cabello cubriéndole el rostro.

-¿Qué le hacía yo a Seth?- dijo entre dientes. -¡Él era mi hermano también!- su voz se volcó en carcajadas. El anciano aturdido no tuvo tiempo de reaccionar, y cuando se dio cuenta era él quien estaba contra la pared con la mano de Lucas alrededor de su cuello. Lo levantaba del piso con una fuerza sobrehumana en sus delgados dedos, y en sus ojos destellaba una demencia casi diabólica.

El anciano debía sentirse afortunado de ser ciego y no poder ver directamente aquella mirada infernal.

Cuando estuvo el suficiente tiempo asfixiándose y su piel se había puesto rojiza y húmeda, el muchacho lo soltó con brusquedad dejándole caer al suelo.

-¿Qué te imaginas tú que soy?- le preguntó con una voz gutural y extraña.

-Yo jamás, ¡JAMÁS! dañaría a uno de los míos. Lo que tu sucia mente quiera imaginar no tiene nada que ver conmigo. Eres tú el perverso, viejo.... Apropósito, Ajax me ha invitado a quedarme. ¿Qué te parece?- preguntó encaminándose hacia el cuarto de baño.







El vago hundió su cabeza en el lavamanos. Luego miró en el espejo su rostro escurrido de agua. Se peinó los mechones de cabello hacia atrás mientras hacia nota mental de que debía bañarse a ser posible ese mismo día. Olfateó bajo sus brazos para comprobar que era necesario.

-No puedes quedarte, Lucas.- se escuchó desde el pasillo. Era el abuelo, quien ya no estaba dando una orden sino más bien, suplicando.

-Por favor. Márchate.-

-Si voy a irme, viejo. Que yo tenga que estar aquí me molesta tanto como a ti. Pero antes... voy a asegurarme de destruirte. Voy a quitarte lo más valioso que tienes. ¿Qué te parece? ¿Eh?¿Es suficiente dolor para ti? Voy a hacer que te pudras en la soledad y la desesperación. Es lo justo. Así que cuando yo me vaya... Ajax se irá conmigo.-

-¿Vas a llevártelo sólo por eso? ¿Por tu venganza? Piensa bien en lo que haces. Tú sólo quieres a Ajax para vengarte de mí. ¿Es justo para él? No seas absurdo, muchacho.-

Lucas abrió la puerta del baño y se encontró frente a frente con el viejo.

- Oh, tú no puedes hablar de justicia. No sabes nada sobre eso. Voy a quedarme con el chico para poder verte sufrir. Porque tu cariño por él va a destruirte si él se va. Ajax es mi venganza... pero también es mi familia. Y estará mejor conmigo.-

El vago se alejó por el pasillo rumbo a la estancia. Tenía ganas de ver televisión.

-Lucas. Me temo que vas a arrepentirte mucho si no te vas ahora mismo.-
Fue caso omiso a la advertencia.





Ajax apareció varias horas después. Se había quedado dormido hasta tarde.
-¿Dónde está mi abuelo?-

-¿Nh? Ah... Quien sabe- respondió Lucas sin perder detalle de la paella que estaban preparando en el programa de cocina del medio día.

El niño tomó asiento junto a Lucas. Quería evitar verle de frente o no podría ocultar esa carita de exaltada alegría que le brotaba por tener al vicioso bueno para nada en la casa. Se sentía tan contento que haría algo muy bueno para desayunar.

Pero mientras Ajax pensaba todo eso dentro de su cabeza, Lucas lo veía muy quieto y callado. Más que normalmente, y creyó conveniente prestarle un poco más de atención que a la televisión, para que el crío dejara de preocuparse por si su abuelo andaba por ahí o no.

-Tengo hambre... err... voy a salir a comer algo. ¿Vienes?-

-¿A la calle?-

-Si. ¿O que creías?-

El niño se encogió de hombros.








No era exactamente lo que Ajax habría esperado. Aquello no parecía un restaurante ni algo remotamente similar. Era una tienda de algún tipo, claro, pero definitivamente no de comida.

El lugar estaba polvoso y descuidado, y olía raro. Sin embargo no cuestionó nada y se limitó a seguir al vago.

Entraron y se acercaron al mostrador. Había ahí una anciana tan delgada y pequeña que parecía un fantasmita flotando sobre el suelo con su largo vestido de encaje. Era casi de la altura de Ajax y tenía que estirarse para alcanzar el escritorio.

La encargada, una mujer pelirroja le entregó un paquete que la anciana tomó con toda la lentitud de sus temblorosas manos, luego puso un montón de monedas sobre el cristal del mostrador y se giró. Antes de irse le dedicó al niño una sonrisa pálida y arrugada, y luego por fin salió, haciendo sonar las campanillas de la puerta al cerrar
.
-¿Qué necesitas, lindura?- le habló la pelirroja al crío, quien seguía mirando hacia la salida.

-Viene conmigo- habló Lucas pasando bajo el mostrador.

-Ah. Tú. Bueno, y ¿Quién es?-

-Mi medio hermano.-

Ajax volteó a verlo, desconcertado.

-Ah, si. No te había dicho ¿Verdad? Por si no sabías, tienes un medio hermano. ¿O cómo creías que el vejete ese es también mi abuelo?- respondió el vago entrando a la habitación de atrás, desde donde provenía un delicado y exquisito aroma a pescado asado.

¿Por qué no se lo había dicho antes? ¿Por que lo decía como si no le importara? ¿Por qué no se había enterado antes que tenía un medio hermano?
Ajax no alcanzaba a comprender y se sintió de pronto totalmente solo en el mundo.

-Qué manera de decirle las cosas a un niño- reprendió la pelirroja, luego mostró con sus finos labios carmín una extensa y amable sonrisa al niño, quien seguía perplejo.

-Ven, encanto.- le indicó la mujer para que pasara bajo el mostrador, como había hecho Lucas antes.

Cuando estuvo del otro lado le hizo sentarse en una caja de madera y ella se puso de cuclillas frente a él.

-¿Cómo te llamas?-

El crío no sentía ánimos de contestar preguntas. Era él quien quería respuestas.

-Ajax.- contestó

-Yo soy Harley Elizabeth.- la pelirroja tomó su mano con mucha emoción. Parecía verdaderamente contenta de conocerlo. -¡Dios! Que niño tan bonito. ¿Algún día me lo obsequiaras, Lucas?-

-¿Eh?- el vago estaba demasiado concentrado en probar el pescado asado como para poner atención a lo que le decían.

La mujer le guiñó un ojo al crío. -Es broma.- le susurró. Claro que Ajax ya sabía que era broma.

-¿Y Oswald?- Lucas reapareció, hablando con la boca llena de comida y pasándole un plato con un poco de pescado, arroz y verduras al niño.
La mirada de Ajax se clavaba en él de una forma suplicante, por lo que Lucas decidió no mirarlo de frente .

-Oswald... es su día libre.- respondió Harley.

-¿Ya me darás trabajo?-

-Dime. ¿Has probado preguntar eso en otro lado además de éste?-

-Necesito dinero. Hace cuatro días que no me fumo nada.- en sus ojos un momentáneo brillo de desquicio se mostró.

La pelirroja ignoró su último comentario porque tenía mucho más interés en Ajax.

-¿Siempre eres tan callado?-

-Es tímido- contestó Lucas

-Mmmm... ¡Oh!¡Ya sé! ¡Ya sé! Tengo un montón de cosas lindas en la bodega. Te dejaré escoger lo que tú quieras. Es un obsequio.-

Harley cerró con llave la puerta de la entrada y luego los tres se dirigieron a la bodega en la parte posterior del edificio. Para llegar a ella había que caminar por un largo pasillo estrecho y oscuro, donde la pintura de las paredes se caía por tanta humedad.

El vago se echó en el piso mientras Ajax recorría el lugar en busca de algo, entre aquella colección de antigüedades, que le gustara.

-Entonces si volviste a la casa de tu abuelo. ¿Verdad?- preguntó la pelirroja, sentándose junto a Lucas.

-Si.-

-¿Y las cosas van bien?-

-Las cosas...van- suspiró rascándose la nuca.

-Bueno. Si tienes problemas, siempre puedes venir aquí. En especial si traes a ese encanto de niño contigo. Oh, vaya, creo que voy a enamorarme de él.- sonrió. A Lucas le dio igual. Miró el inservible reloj de caja en la pared. Las manecillas estaban dobladas y el péndulo caído. Aún así Lucas reaccionó como si hubiera visto la hora exacta en él. Movió sus dedos sobre su rodilla con impaciencia.

-¿Me prestarías el teléfono?-








Había elegido algo muy curioso. Una botellita diminuta de cristal, que contenía un líquido de un azul resplandeciente.

Al tacto la botella se sentía fría. Harley había dicho que esa cosa se llamaba Viento 38. Y Lucas pensó que podría haber elegido algo menos inútil. Pero Ajax estaba contento con su regalo.

-Hey... Ajax. ¿Te gustaría que fuéramos al parque?- preguntó el vago cuando se detuvieron frente al semáforo.

-Si.- forzó una sonrisa.

La luz del semáforo cambió y ellos continuaron caminando.

-Iba a decírtelo anoche. ¿Sabes? Lo de... ser medios hermanos. En verdad iba hacerlo, fue por eso que regresé. Pero había decidido esperar un poco más...- explicó Lucas con las manos en los bolsillos.

-Si. Está bien.-

-No sé si está bien. El hecho es... que eres lo único que tengo en el mundo. Así que no quiero que estés enojado conmigo ni nada. Eso me molesta mucho.-

-¡Pero no estoy enojado!- se apresuró a decir -En verdad. Yo no podría... no estoy enojado- sonrió, esta vez con sinceridad. En realidad había querido decir "Yo no podría enojarme contigo-" pero de haberlo dicho se habría apenado muchísimo. Y en realidad no estaba molesto. Confundido si. Y en parte aliviado, porque su parentesco con el vago explicaba porque le hacía tan feliz pasar el tiempo con él, y porque le agradaba más de lo que le agradaba normalmente el resto de las personas.

-¿Porqué... no vivías con nosotros?- preguntó el crío

-Err... bueno. Donde vives ahora nunca lo consideré mi casa. Yo tenía mi propio hogar, con mi mamá... pero ella ya está muerta.-

-Ah.- Ajax pensó en que aquel muchacho era en verdad como un animalito abandonado. Y de pronto se sintió como él.

-Y...¿mi mamá? ¿mi papá? ¿mi hermano?-

-Bueno ellos... también están muertos.- se sintió incómodo al decirlo.
Por un instante se imaginó que Ajax iba a llorar o algo parecido. Pero el niño no pareció reaccionar demasiado a la noticia. Aunque en su interior le estaba doliendo mucho.

Llegaron al parque, con una nube de pesado silencio sobre ellos.

Había unos niños cerca de la caja de arena. Eran conocidos de Ajax.

-Ve a jugar con ellos si quieres. Aquí te espero.-

El crío, más porque se lo habían dicho que porque quisiera fue hacia el grupo de niños y se integró al juego.

Lucas se sentó en uno de los columpios a observarlo. Corría entre los otros niños. Y parecía que había comenzado a disfrutarlo porque se estaba riendo. Lucas ,que nunca lo había visto reír, tuvo una agradable sensación de bienestar. Después de todo era su hermano.

Suspiró.

-No va a ser tan fácil como pensé.- se habló a si mismo.

-¿Qué es lo que no va a ser fácil?- cuestionó una voz detrás de él.

El vago giró la cabeza sobre su espalda.

-Ah. Bijou.-

Era un hombre impecablemente vestido con un traje negro, anteojos oscuros y un sombrero bajo el que asomaba su cabello negro y bien peinado.

Se acercó con su paso elegante y se sentó en el otro columpio, junto al vago.

Sus apariencias contrastaban enormemente, sin embargo eso no influía en ellos ni en el hecho de que eran viejos conocidos.

-¿Qué es lo que va a ser difícil?- volvió a preguntar el hombre.

-Nada, nada. ¿La traes?-

-Jajaja. Ya. Te pones impaciente si no fumas. ¿Cierto? Sinceramente no creí que te volvieras adicto- dijo el hombre sonriendo lúgubremente. Sacó algo de un bolsillo en el forro de su saco. Una bolsita hermética con algo de hierba.

-Si no fumo no me controlo. Ya lo sabes.- respondió el muchacho tomando la bolsa con ansiedad. El hombre detuvo su mano con firmeza, y lo jaló hacía él. Los columpios se acercaron lo bastante como para que el hombre pudiera ser escuchado al susurrar.

-Se supone que te ayude a controlar tu condición, no que te controle a ti. No me decepciones, Lucas. Tú no eres un consumidor cualquiera.-

-Por supuesto.- respondió el vago soltándose. -¿Traes cigarrillos? Necesito un pitillo.-

La sonrisa del hombre se hizo más extensa. Sacó una cajita plateada con bordes ribeteados. La abrió para extraer el cigarro que luego le extendió al muchacho. Lucas se apresuró a hacerse un porro. Lo contempló unos segundos cuando estuvo listo.

Era como reunirse con un antiguo y querido amigo. Se palpó entre la ropa para luego golpearse la frente con exasperación.

-Me jode. No traigo el... Hey, tú. Fuego.-

El hombre sacó el encendedor y se lo pasó a Lucas, encendió el porro y al darle la primera probada sintió desaparecer la tensión de su cuerpo.

Lo disfrutó un rato hasta que estuvo lo suficientemente relajado.

-Era una emergencia. Por eso te llamé. No tengo ni un quinto y me quedé sin trabajo. Disculpa las molestias.-

- Lo sé. Tú sólo llamas cuando es una emergencia. Pero sabes bien que me gusta ayudarte cuanto pueda.-

-Me has ayudado bastante ya y a costa de tu propia seguridad. Eso me pone en tremenda deuda contigo. Y deberle algo a alguien me molesta mucho.-

El hombre dirigió su mirada hacia los chicos que jugaban cerca de la caja de arena.

-¿Ese pequeño es tu hermano?- preguntó con una mueca extraña en el rostro, velada por la profunda oscuridad de los cristales de sus anteojos.

-Si. Es él.-

-Así que lo encontraste. Pensé que no te interesaba saber de él.-

-No, no, no. Fue él quien me encontró a mí. Me guió hasta su casa y me dejó entrar. Le gusta estar conmigo más que con cualquier otra persona que haya conocido antes. Y es porque él también puede sentir a los suyos, aún cuando no lo entienda. Es el llamado de la sangre.-

-Jajajaja. ¿En verdad crees que es por eso? No me parece que sea así. Es demasiado joven para despertar sus instintos. Incluso, es posible que él no haya heredado los genes de Alphonse. Por eso no creo que pueda escuchar el llamado del clan.-

-¿A no? ¿Qué te imaginas que es entonces?- lo retó.

-Pues yo creo que lo que le pasa a ese niño es que tiene un enamoramiento contigo.-

-Ya. ¿Qué sabes tú? Imaginativo.-

-Es enserio.- dijo riéndose de la expresión de Lucas. -Yo llevaba aquí un rato cuando ustedes llegaron. ¿Sabes? ¿No lo notaste? Y bueno, tuve la oportunidad de verlos hablando. Déjame decirte que la forma en que te mira... está enamorado de ti.-

-Te digo que no.-

-Claro. Podría equivocarme.-

-Si me preguntas, tú te equivocas muy seguido.-

El hombre volvió a reír.

-Por cierto, Lucas. Si te molesta tanto quedar en deuda, hay una forma en la que puedes pagarme. ¿Te apetece?-

El vago se levantó del columpio, estirando los brazos.

-Y bastante. Anoche me quedé con ganas.-

-¿Con ganas?- el hombre volvió a mirar hacia donde estaba los chicos. -¿Te refieres con...-

-Hey...es un niño...no te imagines cosas raras....-

-Entiendo.- el hombre se levantó con una pasividad abrumadora. - Al anochecer en el hostal.-

-Si, si.-

Se despidieron. Luego el vago fue a llamar a Ajax. Había que volver a casa. Era hora.


domingo, 3 de julio de 2011

Capítulo 4.- Una verdadera lástima

Era una verdadera lástima. El desayuno estaba delicioso y caliente. Pero nadie lo estaba disfrutando nada. Y era una sensación terrible. Un pesado y silencioso ambiente había anidado dentro de la casa.
Conforme pasaban los días, iba empeorando. Aquel crío se había convertido repentinamente en otro. Y el abuelo se lamentaba.
La voz de Ajax se había vuelto un sonido opaco. Eso cuando hablaba, porque estaba callado casi todo el tiempo.
En las noches no dormía. El viejo los escuchaba en los pasillos. No lograba imaginar que hacia el niño toda la noche levantado. Y él no le había dicho nada, ni le había enviado a la cama, porque entendía un poco de lo que le pasaba. Y era lo más doloroso, entender. Porque estaba obligado a aceptar que no había nada que él pudiera hacer para evitarlo.
Era la naturaleza. El feroz llamado de la sangre.

Había querido creer todo el tiempo que llevaba con Ajax, que él era diferente. Que la genética se había apiadado del pequeño, y no lo había engendrado monstruo como a su hermano. Como a Lucas. Como a su padre no.
El padre de Ajax, el hijo del viejo, Alphonse. El no había sido cosa de la naturaleza. Era más bien el fruto de la perversa curiosidad humana. Eso sabía el viejo. A pesar de eso lo crió como si fuera su hijo en verdad. Lo era. Lo amaba como tal. Lo habría protegido de cualquiera hasta la muerte, incluso de su propia naturaleza. Pero debió saber entonces que una bestia nunca pasaría de ser eso. No se puede domesticar a un monstruo. Por eso deseó desde el fondo de su corazón que Ajax no heredara aquello de su padre. Pero su reacción ante Lucas hacía indudable que era el llamado de la sangre. Si no, como iba a ser que de todos los vagabundos de la ciudad, el crío fuera a recoger precisamente a ése.


El sol de medio día sobre su piel, lo despertó. Intentó ignorarla y continuar durmiendo. Luego pasó un autobús y otro, echando una espesa nube de humo maloliente sobre su cara, y había personas casi caminando sobre él. Alguien le piso la mano. Difícil de ignorar.
Definitivamente no podría continuar durmiendo ahí. Porque a medio día la parada del autobús estaba atestada y no era un buen lugar para tomar un descanso.
Se levantó y se sacudió la ropa. Revisó sus reservas. Cero porros y unas moneditas que alcanzaban para una botella de agua. Tenía la boca seca y con grumos y el agua le hubiera caído bien, pero prefirió comprar chocolates y luego se encaminó a visitar a la pelirroja, porque aunque no le daba trabajo, siempre le daba de comer.
Ella estaba ahí, entre los polvorosos estantes, empaquetando cosas dentro de unas cajas de madera.
-Hola.- saludó él, sentándose pesadamente sobre una de las cajas.
-Hola.- contestó ella, sudando. Luego se quedaron en silencio mucho tiempo. Tanto que Lucas abría podido quedarse dormido. Aún sentía mucho sueño. Bostezó repetidamente y echó la cabeza hacia atrás, recargándose en la pared mientras su vista se elevaba hasta el vitral pintado con la imagen de Cassandra la vidente.
La luz se filtraba por el vidrio de forma irregular, haciendo escasa la iluminación de lo que utilizaban como bodega.
Sin embargo a él el ambiente mate y viciado que tenía la habitación no le molestaba. Había tenido que vivir en lugares peores. Cuando lo llevaron al laboratorio de House of Sound Inc., los meses que lo habían mantenido ahí, había sido en la más diminuta jaula que podían haberle conseguido, en un corredor subterráneo a treinta metros bajo tierra.
Tenía que estar tan abajo, por la sencilla razón que aquel lugar se suponía que fuera un secreto.
El recuerdo estaba tan presente aún, a pesar de los años, que al quedarse sobre la fría pared de piedra con los ojos cerrados, pudo imaginarse de nuevo dentro de la pequeña celda. Con cadenas en pies, manos y cuello, tirado sobre su propia inmundicia y calmando su sed lamiendo el agua que goteaba desde una tubería hacia la pared.
Estaba siempre oscuro. Pero la vista no le hacía falta para percibir el lugar, y notar que no estaba solo.
Había un montón de aromas mezclados, el olor del moho y la humedad, y olor a animal, a sangre, a rabia, y el inconfundible tufo de la muerte que venía de una de las celdas del fondo.
Algo llevaba mucho tiempo pudriéndose ahí, y Lucas se preguntaba si lo mismo le pasaría a él.
Estando así, el recuerdo de sus días en el psiquiátrico lo acechaba. Entraba en pánico, y a veces, terminaba sollozando, cuando la desesperación llegaba al punto más insoportable.
A veces de las otras celdas recibía contestación a sus lamentos. Pero eran pequeños murmullos y gemidos casi inaudibles, y ninguno en un lenguaje que él pudiera comprender.
Llegó a creer que pasaría una eternidad en aquel lugar, hasta el día de su muerte, y ya estaba resignándose a ello cuando vinieron a llevárselo y no precisamente a un lugar mejor. Únicamente lo liberaban de su encierro para hacer en él un montón de pruebas extrañas y experimentos crueles.
Su abuelo. Odiaba tanto a ese viejo, porque por él había terminado en aquel lugar. Y al recordarlo, sentía la furia encendiéndose una vez más dentro de él, clamando por venganza. Exigiéndola. El viejo tendría que pagar de la forma más dolorosa su traición. Decidió entonces que no podía olvidarse de ello. Tenía que volver y destrozarlo y hacerle experimentar en carne propia todo el dolor y desesperación de su familia. No le perdonaría.
Nunca.
-¿Porqué estás gruñendo, Lucas? - preguntó la pelirroja. El vago se acordó entonces que estaba ahí, frente a ella. Iba a responderle cuando algo cayó de una caja.
De la cosa que se había caído comenzó a salir una melodía. Lucas se acercó, asomándose por sobre los estantes.
Lo que había caído era un muñeco. Un muñequito de tela con una sombrilla roja en la mano y con la expresión más horrorosamente melancólica. Una melancolía casi inhumana. La melodía plasmaba esa misma emoción en su sonido. Era tan deprimente que era hermoso. Y a Lucas le gustó. Podría haberse quedado observándolo para siempre, pero la pelirroja interrumpió levantando el muñeco y girándole el interruptor en la espalda. La música se detuvo.
-¿Qué miras?... Si te gusta, llévatelo- dijo la mujer alzando el muñeco hacia Lucas. Él lo tomó.
-¿Por qué?-
-Ahh.- suspiró -Me parece una cosa tan fea y lúgubre. Lleva años aquí y no le he podido encontrar comprador. Tal vez estaba esperándote a ti. Como sea llévatelo.-
El vago sacudió al muñeco para quitarle el polvo.
-Sabes, Harley.- le habló a la pelirroja. - Estoy pensando en volver a la casa de mi abuelo.-







Había alguien parado frente a su puerta. La sensación lo despertó repentinamente, como si hubieran golpeado violentamente. Sin embargo la noche continuaba sumida en su pacífico silencio interrumpido apenas por sonidos aislados como el de los grillos entre los arbustos del jardín y más lejos, la campana del tren y su rumor al deslizarse sobre las vías. Pero había algo más. Ajax se esforzaba por seguir el sonido que venía del otro lado de la puerta, en el pasillo. El sonido de una respiración, como había pasado antes. Había alguien del otro lado, esperando entrar. Ajax permanecía quieto en la orilla de la cama mirando intensamente en la oscuridad hacia la puerta, como si esperara ver a través de ella.
-¿Puedo pasar?- susurró una voz conocida.
No podía decir que estuviera sorprendido. En el fondo, de alguna manera el crío sabía, o más bien esperaba que la persona al otro lado de la puerta fuera Lucas.
-Si.- respondió y en seguida la puerta se abrió y se cerró cuando el vago ya había entrado. Desde donde estaba, Ajax sólo podía distinguir su larga silueta. Estuvieron así un rato, mirándose en la oscuridad. La media luna de esa noche no conseguía filtrase dentro del dormitorio porque la ventana y las pesadas cortinas color crema habían sido cuidadosamente cerradas.
-Te traje algo- la voz susurrante de Lucas se dejó oír de nuevo. El crío ladeó la cabeza. Lucas se acercó muy lentamente, como si temiera asustarlo y cuando estuvo junto a la cama se sentó también.
Sacó algo de entre su poncho. En la oscuridad no se notaba la forma de lo que tenía en las manos pero el vago comenzó a desatar la envoltura de papel, luego hubo un ruido, como si hubiera girado una pequeña tuerca. Y después música. Una melodía triste que era en si mismo una poesía sin palabras.
Ajax contuvo la respiración hasta el final, hasta que el silencio se impuso de nuevo haciendo aún más pesado el recuerdo de aquella melodía que había contagiado su melancólica existencia a todas las cosas de su habitación.
Lucas puso el muñeco en las manos de Ajax.
-Es tuyo.- le dijo. El niño no podía distinguir los detalles en medio de la penumbra, pero supo enseguida que era un muñeco, con una sombrillita en una mano y con cabellos de algún material sedoso y perfumado. Un pequeño muñeco.
-Gracias.- respondió. Lucas estaba casi seguro que el crío se había sonrojado. Incluso podía sentir su ritmo cardiaco aumentando.
-Hay algo que... quiero preguntar.. te.- soltó el niño acariciando la cabeza del regalo que acababan de darle.
-¿Qué?-
-¿Quién... eres?-
Lucas sonrió en la oscuridad. Una sonrisa perversa. Había estado esperando esa pregunta. Casi podía saborear la respuesta que daría. Tenía un sabor a revelación y venganza. Se relamió. Deambuló por la habitación unos momentos buscando las palabras correctas. Palabras que expresaran la verdad en toda su extensión. Cualesquiera que fueran estaba seguro que estremecerían al niño, al revelar ante él su verdadera naturaleza. Sería algo tremendamente bueno.
Repentinamente la habitación se iluminó. El vago había ido hacia la ventana y la había abierto. Se estaba extendiendo demasiado el suspenso.
-Pues yo...- comenzó a decir volviéndose al crío. Y eso lo desarmó. Los ojos de Ajax fijos en él de esa manera, porque siempre lo miraba con piedad. Y con el muñeco en sus manos, haciéndolo lucir más pequeño. Era insoportable. Si fuera un niño más fuerte, pero tenía que parecerle tan frágil. Y simplemente Lucas no pudo hacer lo que tanto deseaba. Su verdad tendría que esperar.
Probablemente, pensó, era por la música del tonto (en sus palabras) muñeco, que lo había conmovido... algo.
Esperaría un poco más. Había tiempo.
Los ojos de Ajax seguían sobre él.
-Soy un monstruo ¿Sabes? Uno de verdad.- le dijo, sentándose de nuevo. La expresión del niño no decía nada. A Lucas no le importó. Se estaba sintiendo frustrado.
-¿Qué clase de monstruo?- preguntó el niño de pronto.
-Un licántropo.- contestó tallándose el rostro.
-¿Qué es un...-
-Un hombre lobo.-
-¿En verdad?-
-¿Por qué te mentiría?- preguntó como si la idea de mentir fuera completamente ridícula y asquerosa. El niño se encogió de hombros.
-No sabía que en verdad existían.-
-Hay un montón de cosas que no sabes.- soltó con resignación. -Sólo tienes que preguntarme, siempre voy a responderte con la verdad. Eso mismo.-
Ajax se mordió el labio.
-Entonces...yo quiero saber si tú...eres... mi hermano.-
Era inevitable. Ajax pedía con sus preguntas conocer eso que le habían ocultado siempre.
-¿Por qué piensas eso? ¿Tu abuelo... te dijo algo?-
El crío negó con la cabeza, se había puesto más pálido.
-Yo conocí a tu hermano. Cuando era niño venía aquí a jugar con él. También... me acuerdo de ti, eras muy chico entonces.-
Ajax mecía sus piecitos en el borde de la cama, de atrás para adelante.
-En verdad. Yo no me acuerdo.-
-Te digo que eras muy chico.- Lucas se dejó caer hacia atrás, acostándose. Se estaba sintiendo horriblemente cansado. No le hubiera importado quedarse dormido ahí mismo. Pero Ajax se acurrucó como gato junto a él, y la sensación rara que le dio tenerlo tan cerca le ahuyentaba el sueño.
-No es eso. Es que... no me acuerdo de nada. Ni mi mamá, ni mi papá, ni mi hermano... no me acuerdo de ellos.-
-Eso está mal. Nunca debes olvidarte de la familia.-
-Yo nunca quise olvidarlos.- se disculpó. -Es que... no puedo recordar.-
-Nh... Yo voy a hacerte recordar, Ajax-
El niño levantó la cabeza y la acomodó sobre el pecho de Lucas para poder verlo de frente.
-Entonces... ¿Vas a... quedarte?-
-Si tú quieres.-
Ajax se sonrojó. Porque algo dentro suyo se había puesto muy feliz. Quería a Lucas cerca. Él hacia desaparecer su vacío interno.
Sin embargo estaba conciente que al viejo no iba gustarle nada aquello. Y se sintió culpable por tomar esa decisión.
Escondió su rostro entre el poncho, aferrándose desesperadamente al vago.

Las manitas ligeras y tibias entre su ropa le dieron a Lucas unas repentinas ganas de sentirlas más. En otras partes de su cuerpo.

-Quédate.- musitó el niño con la voz ahogada en el poncho de lana.

Esa vocecita sofocada provocaba a Lucas. Porque Ajax era tan pequeñito, tan tierno, que se hubiera dejado hacer cualquier cosa. Estaba seguro. Y eso lo excitaba. Pero mejor reprimirse. Su instinto primitivo y bestial que pedía satisfacer su calor con el pequeño e inocente cuerpecito que estaba a su lado, tendría que esperar, y tendría que conformarse con una persona más adecuada, porque Ajax era un niño y no iba a aprovecharse de él.

La lealtad a la familia se anteponía al placer y a casi cualquier otra cosa. Lo que Lucas lamentó momentáneamente, porque no aprovechar la oportunidad de tener algo tan lindo entre las piernas era una verdadera lástima.

viernes, 1 de julio de 2011

Capitulo 3.- Un alivio. Un vacío.

Era un alivio. Un ligero y casi imperceptible pero liberador alivio para el aterrado Ajax ver entrar a su abuelo en la habitación. Así podía fingir de momento que nada había pasado.

El abuelo entró al comedor. No había tardado casi nada en casa del vecino y es que tenía prisa en volver, para no dejar a Ajax mucho tiempo a solas con el vago.

Por lo que no se alegró cuando los encontró a los dos en el comedor. Los escuchaba. Estaban en silencio pero sus respiraciones los delataban. La del crío se sentía ligeramente irregular.

-Ajax. ¿Me servirías el desayuno, hijo?- soltó el abuelo queriendo contener su descontento.

-¡Si!- exclamó el niño corriendo a la cocina. Disimulando en la prisa de traer el desayuno, su deseo de estar solo.

Estaba avergonzado. El sabía que las personas sólo se besaban en la boca cuando se amaban, y que eso era entre un hombre y mujer. Pero de todas formas, Lucas sólo lo había mordido, lo cual no dejaba de ser extraño pero al menos no había sido un beso. ¿Cierto?. Quiso convencerse. La idea lo tranquilizó. Un poco.



-Márchate, Lucas- susurró el abuelo.

-Nh- contestó el vago haciéndose el desentendido.

-No te quiero en mi casa- volvió a murmurar el viejo. No hubo tiempo de más porque Ajax reaparecía ya con el desayuno para su abuelo.

El niño puso los platos en la mesa, evitando a toda costa mirar al vago. Pero falló. Sus ojos se encontraron. Ajax enrojeció completamente y se volteó hacia otro lado. Lucas se sonrió.

-Ajax. ¿Me traerías el salero?- pidió el viejo. Ajax corrió de vuelta a la cocina.

-Vete.- ordenó tajante. Lucas se inclinó sobre la mesa hasta él. Le susurró.

-Cuando él conozca la verdad, entonces me voy. Promesa-

-¡No vaya a ocurrírsete decirle nada!-

-Díselo tú si quieres. O yo. O el vecino. O la tía del vecino. Es igual. Pero que se entere.-

-La sal.- el crío apareció de nuevo. -Abuelo... ¿Puedo ir al parque hoy?-

-¡Claro! Claro. Anda, vete ya.-

Ajax no perdió tiempo en salir de ahí. El abuelo se aclaró la garganta, revolviendo las flemas de su interior. Esperó hasta oír al niño saliendo rumbo a la calle.

-¿No lo entiendes? Saberlo no le haría ningún bien. Ajax es feliz tal como está ahora-

-¿Si? Pero no va a ser feliz siempre. ¿Verdad? Abuelo. El secreto de la vida está en la elección. Si él se entera, y te elige a ti... me quedaré en paz. Eso. Pero no voy a dejar que sigas engañándolo. Que sepa lo que eres, y lo que él es.-

Lucas se levantó arqueando la espalda y apagó el televisor de una patada.

-Voy a salir.- avisó de camino a la puerta. El abuelo hubiera deseado detenerlo, pero se sentía emocionalmente molido. El pasado había regresado y lo golpeaba brutalmente con sus palabras de reproche.




El vago había salido de la casa con la firme intención de seguir a Ajax. Pero ya en la calle le dio pereza, y más cuando se acordó que traía el cigarro de mariguana en uno de los bolsillos. Podría irse por ahí y fumárselo. Necesitaba hacerlo. Era preciso. Un poco al menos. Suave y fiel porro. Tan dulce. Se babeó un poco de pensarlo mientras caminaba hacia el centro. Estaba de vuelta en la calle del día anterior donde la pasaba tranquilo justo antes de ser recogido por el crío.

Se acordaba de eso exhalando el humo con un placer casi obsceno. Se dejó caer en la banqueta, con el cuerpo bien relajado y una sonrisa de completa felicidad al estilo hierba mágica.

Aquello valía la pena. Uno por la mañana y pasaría el resto del día de estupendo humor.

Era adicto, en cierta forma. Bien podía aguantar varios días sin fumar, hasta una semana, pero luego no se haría responsable de sus acciones, porque él tendía a ser algo violento.

No era su temperamento, en verdad. Él por lo general era alegre y agradable. Era una de esas personas con quienes es excelente ir de fiesta.

Pero había ocasiones en que algo dentro de él se alocaba. Algo salvaje y furioso y que era difícil de controlar. Le había sucedido desde los doce años.

Al principio había sido brutal, pero poco a poco podía ir conteniéndolo más.

Una vez, a los doce años precisamente, se había caído de un árbol. Considerando la altura, en cuanto a lastimaduras le había ido bien. Sólo se había rasgado la piel de la espalda en una herida de diez centímetros. Sangre hubo. Y un ardor terrible. Pero el doctor dijo que no era nada. La madre de Lucas se sintió aliviada. La enfermera le hizo la curación al chico, lo vendaron y los enviaron a casa.

Sin embargo al pasar las semanas, la herida no parecía mejorar. Al contrario, se había puesto de un color extraño y había comenzado a salirle pelo. Por más que la madre insistía, el doctor siempre les decía lo mismo y los hacia volver a casa con más antibióticos.

Y un día la herida por fin cerró. Sin dejar la menor prueba de su existencia.

Nadie consideró que ese hecho tuviera relación con lo que ocurrió después, cuando empezaron a llevar a Lucas al psicólogo y de allí se pasó al psiquiatra.

El chico presentaba cambios de humor drásticos, a veces se volvía extremadamente violento. Había mordido y arañado a su madre. Tenía alucinaciones y le aullaba a la luna.

Le diagnosticaron esquizofrenia y lo internaron en un hospital. A veces parecía estar normal del todo, pero esos momentos fueron escaseando conforme pasaba el tiempo internado. Comenzó a portarse como una bestia salvaje. Gruñía y lanzaba dentelladas. Sus dientes y uñas estaban más afilados, y había conseguido enviar a algunas personas al hospital. Una de ellas directo a terapia intensiva. No podían controlarlo. Por lo que fue encerrado en una celda acolchada con la camisa de fuerza puesta todo el tiempo. Y sólo por si acaso lo mantenían medicado.

Entonces, cuando estaba dopado, era cuando los guardias resentidos por haber sido alguna vez agredidos por el chico, aprovechaban la situación y abusaban de él, procurando lastimarlo mucho.

Los guardias hacían fila mientras otro de su compañeros atendía al chico, penetrándolo por cada orificio de su cuerpo.

Era peor cuando las enfermeras participaban de aquello. Lo que ellas hacían era competir por ver quien podía meterle el objeto más grande por el trasero.

Hasta que un día una botella astillada le provocó una hemorragia severa. Las enfermeras se encargaron de curarlo y evitaron a toda costa que el médico responsable se diera cuenta. Pero desde entonces tuvieron que dejar sus juegos a riesgo de ser denunciados por algún doctor o de perder el empleo, según se viera.

Igual no dejaban pasar la oportunidad de torturarlo. Ya fuera moliéndolo a golpes o dejándole morir de hambre para luego hacerlo comer un platón de desperdicios.

Un día apareció el padre de Lucas . Le había visto un par de veces cuando era pequeño, pero a pesar del tiempo y de las drogas que le hacían tomar para mantenerlo calmado, supo en seguida que el hombre que acababa de entrar a su celda era su padre. Lo sintió. Era como despertar recién por primera vez. Su cuerpo se estremecía y algo le hervía dentro.

Su padre se arrodilló junto a él y lo abrazó, mojándolo con sus lágrimas.

-No estás enfermo. Es tu naturaleza floreciendo.- le dijo.

Lucas supo que estaba a salvo.


Eso había ocurrido, pero tenía la fortuna de no poder recordar mucho del tiempo que pasó en el psiquiátrico. Sabía que no debía querer recordarlo, por su propio bien.

Exhaló de nuevo el humo. Alguien alguna vez le había dicho que podía controlar los ataques de ira con pequeñas dosis de una mezcla de marihuana y otras hierbas.

Pero no era la única razón por la que había decidido fumarlas.

Y además de todo, un pequeño porro siempre era un alivio.



Era un vacío. Lo que sentía. Hambre. Un hambre profundo que le hacía doler el estómago. Ya era pasada su hora de comida. Pensó en que si volvía a la casa el crío seguro ya habría preparado algo.

Pero regresar allí sólo por la comida le parecía demasiado descarado.

Y no le molestaba aprovecharse del viejo, pero Ajax le caía bien.

No. Mejor iría a su trabajo. Hacía algunos días que no pasaba por ahí y ya debían estarlo extrañando algo.

-El trabajo no es de permanencia voluntaria.- dijo la jefa.

-Ya sé.-

-Me alegra saber que sabes. Si tan sólo actuaras conforme a tus conocimientos. Pero tú ya no tienes trabajo y Oswald si-

-¿Quién... es Oswald?-

-Oswald es el nuevo. Yo supuse que... Pásame esa caja, si esa... como no habías venido, lo contraté.- explicó la pelirroja. -¡Ah! Mira, aquí viene. Saluda, Oswald.-

-Hola- dijo Oswald levantando la escoba.

-Hola- respondió Lucas y luego se volvió a la mujer. -Por favor, personita. Dame trabajo... otra vez-

-Si te contrato tendría que despedir a Oswald. ¿Eso quieres?-

-No- interrumpió Oswald.

-Si tú quieres, Lucas, tengo un montón de otros trabajos que puedo darte. Pero son de alto riesgo.-

-Hah, hah. Nada ilegal.-

-Bueno. Pues entonces no hay nada más. Pero puedes quedarte a comer. Vamos a pedir pizza.-

-Asco de pizza.-



-¡Ajax!- gritó el amiguito, pero Ajax estaba distraído, así que el balón le dio en la cabeza.

-¡Yay! ¡Gana el equipo rojo!-

-¡¡Ganamos!!-

-¡Ajax!- los compañeritos de equipo de Ajax, el equipo verde, no estaban contentos.

-Perdón.- se disculpó él poniéndose de pie luego de que la pelota lo había dejado tirado.

-¡Revancha!- gritó alguien.

-Nada, nada. Este juego ya es aburrido.-

-Enserio. Vayamos al río.-

A todos los demás niños les gustó la idea.

-¡Ajax!¡No te quedes atrás!-

-No voy.- contestó. Entonces los amiguitos le dejaron atrás y se marcharon rumbo al río.

Ajax no era tanto que no quisiera ir, más bien que tenía otras cosas que hacer, como irse a su casa a preparar la comida. Y de todas formas, pensó, que no se sentía con tantas ganas de jugar. Se sentía un poco mal, como mareado y más y más mareado conforme se acercaba a su casa. Más y más cuando se acordaba que al volver estaría Lucas por ahí. Le daba muchísima pena con él. ¿Y si lo mordía de nuevo? ¿Qué haría?. Nada. ¿Qué iba a hacer? ¿Enojarse?.

Bueno. No estaba seguro, por que aquello en realidad no lo hacía sentirse enojado. Tampoco estaba seguro de como debía sentirse. Pero no estaba disgustado en absoluto. Y eso le daba más vergüenza.

Se detuvo. Ahí plantado en la esquina de la calle, desde donde alcanzaba a ver la entrada de su casa, se acordó que lo más probable era que no tuviera que preocuparse ni nada, por que Lucas había dicho que se marchaba esa mañana. Al llegar a la casa él no estaría.

Ajax corrió entonces. Entró desde la puerta al corredor en un mismo suspiro. Revisó las habitaciones. Todas. También la habitación donde había dormido el vago. Y nada.

-¿Ajax?- llamó el abuelo

-¡Ya llegué!- gritó el niño saliendo al jardín. El viejo estaba en un banquillo bajo el árbol de ciruelas, tallando en un pedazo de madera la figura de un lobo.

-¡Abuelo!- lo abrazó.

-¡Bienvenido, pequeño!- el abuelo besó su cabeza.

-Ahora preparo la comida. ¿Qué se te antoja?-

-Ah, espera... espera.- el viejo palmoteó en el aire con la mano, intentando pescar a Ajax antes de que se fuera. -Ya me encargué de la comida. No te preocupes.- sonrió


Iba a preguntarle sobre Lucas. En verdad que tenía ganas de hacerlo. Pero le daba demasiado miedo ver esa expresión sombría que ponía el viejo cuando le mencionaban algo de lo que no quería hablar. Y el crío sentía que Lucas era uno de esos temas que el abuelo olvidaría si pudiera.

-¿Hice algo mal?- preguntó por fin, aunque no lo que realmente quería saber. Agitó la cucharilla sobre el plato. -¿En la cocina? ¿Ya no quieres que prepare yo la comida?-

El anciano dejó de sorber la sopa. Con los ojos nublados, perdidos en algún punto lejano al crío, se quedó en silencio. Y de pronto comenzó a reír sonoramente.

-Por supuesto que no. Lo haces todo muy bien, hijo. Pero... que sea ciego no supone que te deje a ti todas mis obligaciones. Soy yo quien debe cuidar de ti, y últimamente ha sido todo lo contrario.-

Una melancólica sonrisa asomó. -Y no está bien. Eres un niño, todavía. Debes ocuparte más de jugar que de hacer las labores de la casa.-

-No me molesta, en verdad-

-Yo lo sé. Eres un buen niño. Pero está bien si lo intento de vez en cuando. Dime. ¿La sopa tiene buen sabor? En esta ocasión me aseguré de poner los ingredientes correctos.

-Si.-






Ebrios. En los bares. Muchos de ellos, porque era noche de fin de semana, y era también suficiente motivo para celebrar.

Tres de esos ebrios estaban en la barra de algún lugar en el centro.

Uno de piel morena, una pelirroja y un vago. La pelirroja había rebasado su límite hacia tres botellas y ahora deliraba en medio de la alegría de la embriaguez.

-...entonces la tort...jajajjaaa... la tortu... jajaaja... la tortu...-

-¿Tortuga?-

-¡Si!... explotó-

La explosión de la tortuga les hizo gracia y todos se rieron.

Oswald, menos bebido, miró el reloj.

-Yep. Hora de que me vaya.-

-Oh. No, no, no. No me dejes bebiendo sola. Me... - se empinó el vaso hasta vaciarlo. - Me siento tan abandonada.-

-Lucas se queda.- contó Oswald

-¡Bah! Ése es pé-si-mo. Le falta mucho para alcanzar mi ritmo con el ron. Es un niño. ¡Pésimo!. Te voy...- abrazó a Oswald dándole la espalda a un Lucas que se deshacía en carcajadas. -Te voy a contar un secreto del mundo empresarial... nunca... contrates a alguien que no sepa beber. No son buenos empleados... Ahora ¡Otra botella! Oswald, bebe conmigo o te despido.-

Y continuaron bebiendo.

Despertaron cerca del amanecer en un callejón, sin tener muy claro como y porque razón habían terminado ahí.

-Mi novia me va a matar.- Oswald parecía preocupado por su novia mientras buscaba un zapato que le faltaba. Se cansó de buscar y decidió irse así. -Nos vemos en la tarde.- se despidió.

-¡Llega temprano al trabajo!- gritó la pelirroja lamentando su resaca.

Miró a Lucas que seguía acostado sobre unos periódicos. Él había contado que estaba de vuelta en la casa de su horrible y antipático abuelo al que detestaba desde niño.

-Entonces...- se arrodilló frente a él -¿Vas a volver a su casa?-

Lucas, que parecía muy cómodo sobre el piso mugroso, elevó la vista al cielo.

-No. No quiero volver nunca más.-

-Mmm. Vale...- le dio una palmada en la pierna. -Puedes venir conmigo. No sé tú, pero me hace tanta, tanta falta un café-


Ajax seguía sin poder dormir. La luna invadiendo su cama le daba frío. Y aunque se movía de un lado a otro sobre el colchón, no lograba sentirse cómodo.

-Abuelo.- llamó a la puerta, aunque suponía que el anciano ya estaría dormido.

-¿Qué sucede?- respondió. El niño tuvo repentinas ganas de no haberse levantado de la cama, pero ya que había llegado hasta ahí, debía preguntar y saber.

-Abuelo... ¿Quién es él?-

Se refería a Lucas, y lo preguntaba de esa manera cuando en realidad quería decir: Abuelo. ¿Él es tu nieto también? ¿Es mi hermano?

La garganta del viejo se secó. Carraspeó, balbuceó, pero no fue capaz de hilvanar una frase coherente.

Ajax suponía desde antes que no recibiría una respuesta directa. Se recargó sobre la puerta.

-¿Va a regresar?-

El viejo gruñó dentro de la habitación.

-Espero que no. Sería mejor que no lo hiciera, pequeño.-

Sus palabras sonaron como una súplica. Como el deseo de que la existencia de Lucas Daza se borrara de la faz del Universo. Suspiró.

-Buenas noches, abuelo.-

-Buenas noches.-

El niño se fue por el pasillo, cargado de una secreta e incomprensible desesperación. Un desastre. El vago había dejado hecho todo un desastre. Ya nunca sería completamente feliz. Ahora tenía dentro algo doloroso. Era un vacío.