domingo, 5 de junio de 2011

Capítulo 1.- Adorable. Alto.

Él era adorable. Su carita redonda se iluminaba cuando lo llamaba por su nombre y luego se escuchaban sus pasitos correr, sus pequeños bracitos cerrándose en un abrazo al rededor de su cuello. Su vocecita infantil gritando: Abuelo.

Sabía que era adorable aún cuando no podía verlo, por que el abuelo era casi ciego.
No se quejaba, sin embargo. Aunque no pudiera ver mucho, la vida le parecía muy buena.

Si. Mientras aquella vocecita siguiera llamándole con tanta alegría: Abuelo; las cosas irían bien.


El abuelo madrugaba, iba al templo y agradecía. A veces una figura pequeñita estaba junto a él, bostezando casi siempre, a veces distrayéndose con los bichos que excursionaban en el altar mohoso. De vez en cuando él también rezaba como su abuelo. Pero eran oraciones menos fervorosas y más bien simples. Las oraciones de un niño.

Agradecía por el almuerzo y que por fin llegaba el verano. Pedía por los amiguitos de la escuela, por la pata del perro que había atropellado el camión de la leche la semana pasada. Pedía por su mamá, su papá, su hermano y su abuelo. Sobre todo por su abuelo.

No era como que quisiera más al abuelo que al resto de la familia. O simplemente no lo sabía. Porque la única familia que conocía era el abuelo.

Era muy pequeñito cuando los dejaron al anciano y a él en esa casa.

No se acordaba mucho de sus papás, pero recordaba que el día que se fueron había mucha gente en la casa. Y luego de pronto ya no hubo nadie, más que el abuelo y así fue desde entonces.


Pero nunca le molestó demasiado éso. Era, a pesar de todo, feliz y nunca echó en falta nada.

Lo único que llegaba a preocuparle y demasiado a veces era su abuelo, porque el anciano se quedaba cada día más corto de vista.

Entonces el crío tenía que encargarse más y más de las labores en la casa para ayudarle al viejo.

El abuelo, a pesar de la ceguera que le comía los ojos, continuaba con su labor diaria de tallar figuritas en madera y que luego vendían los fines de semana en el mercado de la tarde.

Tampoco era como que fuera un gran negocio, y siempre terminaba regalando más figurillas de las que vendía. Pero de alguna manera tenían lo suficiente para vivir bien los dos.

Donde vivían era una casona antigua con pisos de madera y muchas habitaciones.

El pequeño se llevaba horas en limpiarla toda, y eso lo hacía una vez por semana, generalmente después de regresar del templo y de desayunar.

El abuelo se había encargado siempre de preparar las comidas, pero eso también tuvo que cambiar porque el anciano no reconocía muy bien que cosas le ponía a lo que cocinaba, y tampoco podía aprender a distinguir los ingredientes con las manos porque las tenía tan cuarteadas y callosas que a su piel le faltaba sensibilidad.

Así que el niño aprendió a preparar comida, aunque fueran cosas sencillas al principio. Luego el abuelo ponía un banquillo en la cocina donde se sentaba y le dictaba las instrucciones a su nieto mientras platicaban de alguna cosa.

La voz del niño aliviaba al viejo.

Estar con su abuelo era lo que al niño le gustaba más.

El abuelo le daba permiso de salir, de ir a jugar con los niños del parque, de ir a casa de los amiguitos luego de la escuela. Aún así muchas veces el crío prefería quedarse en casa a platicar con él y hacerle compañía.

A la casa era raro que invitara a alguien. Los amiguitos eran muy bulliciosos y él no quería incomodar al viejo. Aunque su abuelo nunca se enojaba.

Por lo general si llegaba a haber visitas eran otros ancianos que venían a tomar muchísimo té y café mientras se miraban en silencio.

Pero cada vez venían menos los ancianos y el niño entendió por qué cuando notó que cada vez había más tumbas que visitar el primer lunes de cada mes, que era cuando iban al cementerio.

Al crío le gustaba acompañar al anciano cuando salía, así que había ido al cementerio muchas veces, y también al mercado.

Justo aquella mañana, luego de volver del templo, estuvo el problema de que no había huevos para el desayuno, carne para la comida de la tarde , ni barras de jabón para el baño, así que el niñito tomó la bolsa de tela y las monedas del jarrón del estante donde les gustaba guardar el dinero, y corrió hacia el mercado, saltando los charquitos que había dejado la lluvia.



Huevos, carne, jabón, un silbato plateado y delgadito como una varilla y que servía para entrenar perros. Ese lo había comprado porque le había cogido mucha curiosidad cuando lo vio sobre el estante en una cajita de terciopelo. Además, no había costado casi nada.

Los ojitos negros le brillaban de entusiasmo mirando el pedazo de metal. Y de pronto se le cayó y rodó hasta un charco. Lo levantó y lo limpió con la camisa. Luego siguió caminando sin dejar de admirarlo. Después el pequeño tubo volvió a saltar al piso y rodó con energía calle abajo por la avenida. El crío corría tras él deseando que el silbato conociera el significado de: ¡Hey tú, vuelve acá!

Obviamente no lo conocía porque continuó rodando su libertad. Sin embargo el silbato no contaba con el pie del vago con el que chocó, así que topó contra él, lo que finalmente lo detuvo.

El vago miró el silbato con desprecio. Le pareció un atrevido pedazo de metal, así que lo pateó al borde de la banqueta. Luego continuó fumando su porro.

No parecía en realidad un vago, si no más bien un tipo mugroso disfrutando un porro en la calle. Pero igual cualquiera le hubiera llamado vago para ahorrar tiempo. Y porque la palabra le sentaba bien.

El crío llegó corriendo, agitado y con toda la cara roja y sudorosa. Sintió pena por el silbato que había sido pateado pero igual lo recogió y volvió a limpiarlo con la camisa.

Una vez más el pequeño metálico volvió a relucir y a sentirse orgulloso de su plateado ser, pero el niño había dejado de admirarlo con los ojos llenos de ilusión, y en vez de éso observaba al vago.

Luego de un rato el extraño tipo levantó la cabeza. Tenía en los ojos enrojecidos una mirada pesada y viciosa que clavó sin piedad en el niño. Se rascó la cabeza, una vez y luego otra, y luego la barba de tres días se estiró para mostrar una especie de sonrisa.

-Que gracioso. Me parece que te conozco- soltó con una voz rasposa -¿Cómo te llamas?-

El crío apretó el silbato con los dedos.

-Ajax- contestó con una vocecita tímida.

Él era adorable. Eso pensó el vago.






Era alto. Ajax debía estirar mucho el cuello hacia arriba para poder ver tan sólo el mentón del vago, asomándose por sobre el poncho polvoroso que éste vestía.

Los pequeños pasos del niño se esforzaban por alcanzar los que ese tipo daba y que eran muy largos.

El crío no había visto antes y tan de cerca a un vago, mucho menos hablado con uno, por lo que estaba lleno de curiosidad hacia el zarrapastroso.

Ajax en lo normal no invitaba a nadie a la casa, pero éste no era un amiguito bullicioso, era un vago y no parecía demasiado ruidoso. Además le daba la sensación como de que era algún tipo de animalito abandonado al que podía llevarse a casa y alimentar.

Si. El vago era como una mascota que quería adoptar porque era un bicho muy curioso.



El silbato resbaló de nuevo de las manitas sudorosas del niño, en un intento de rodarse bajo un automóvil, pero el vago lo atrapó y lo puso otra vez en las manos del pequeño, quien volvió a apretarlo.

-Así vas a terminar perdiendo esa cosa- dijo el vago sacándose algo de entre la ropa. Se arrancó una cadena que llevaba al cuello y de donde colgaba una plaquita de metal con una inscripción.

-Lucas Daza- leyó Ajax cuando el vago le pasó la cadena.

-Así me llamo. Contestó arrebatándosela de prisa para quitarle la placa, la cual se guardó en el bolsillo de los vaqueros y luego devolvió la cadena al niño.

-Pon ahí el silbato-

El niño lo colgó de la cadena y se lo puso al cuello. Así terminaron los sueños de escape del pequeño silbato metálico.

-Es un silbato para perros. ¿Tienes perro?- preguntó el vago. El niño negó con el cabeza, apenado.

-¿Para qué lo quieres entonces, vaya?-

El niño se encogió de hombros. -Me gusta- dijo. Acomodó el pitillo en sus labios y sopló con fuerza. No se escuchó el sonido. A lo lejos aullidos caninos y ladridos de protesta. Ajax sonrió.-Porque sólo los perros lo oyen-

-Yo también lo escucho. Es un ruido fastidioso, así que no lo hagas si yo estoy cerca.-

El niño dejó colgar el silbato e continuó con la cabeza baja.

-No es cierto...- susurró.-¿Puedes escucharlo de verdad?-

-Te digo que si.-

Entonces el pequeño se dio cuenta que el tiempo se pasaba muy rápido estando con el vago y que ya era cerca de medio día. Y él tendría que haber llegado hacía horas a la casa para hacer el almuerzo. Ya era tarde para eso y cuando llegara tendría que empezar a hacer la comida. Pensó en correr las calles que le faltaban para llegar, pero el vago iba con él. No iba a dejarle atrás, podría creer que quería deshacerse de él.

Pero luego pensó en que su abuelo se estaría preocupando mucho.

-Tengo...que apurarme. - dijo con pena. -Se me hizo tarde-

-Se te hizo tarde. Pues corre, anda-

Ajax se retorció las manos, mirándolo casi con piedad.

Y entonces el vago entendió que era una mascota a la que acababan de adoptar. Suspiró impaciente y sin avisar levantó el pequeño cuerpo de Ajax y lo acomodó en su espalda. Los pequeños brazos estrecharon su cuello.

-¿Por donde queda tu casa?- El niño señaló hacia el este, y el vago comenzó a correr muy rápido en esa dirección.

Se detuvo frente a la grande y vieja casa.

-¿Aquí?- preguntó el vago.

-Si- respondió el niño preguntándose si tendría que saltar para poder volver al suelo. No fue necesario. El vago lo bajó.

Luego el niño debió halar la mano del tipo, porque éste se había quedado inmóvil mirando a la entrada. Finalmente consiguió hacerlo pasar.

-Ahora mismo voy a preparar la comida.- informó el crío. El vago lo seguía por el pasillo, y mientras caminaban el pequeño revisaba cada habitación frente a la que pasaban, como si estuviera buscando algo.

-Siéntate-

El vagó se sentó frente a una mesita. En la habitación había una televisión. Ajax la encendió y luego se fue a la cocina. Volvió enseguida con una limonada y la puso frente al vago. Éste sonrió.

Ajax regresó a la cocina y comenzó con la comida. Justo picaba la carne cuando el vago dejó oír su voz desde la otra habitación.

-¿No hay nadie más en casa?-

El niño se preocupó de que su abuelo no estuviera. Suspiró tallándose la frente con el antebrazo.

-No- contestó a la pregunta que le habían hecho.

-Ahhh- dijo el vago recargado en el marco de la puerta de la cocina.

-¿Con quién vives?-

-Con mi abuelo-

El vago sonrió de nuevo. Una sonrisa menos confiable que todas las otras que había mostrado antes.

-¿Dónde está el baño?-

Ajax señaló una puerta al final del corredor y el vago se fue hacia ella.

Un caldo infestado de verduras se cocía en la estufa. En una cazuela había arroz. Ajax lo revisaba cuando escuchó a alguien en la puerta de la entrada.

-¡Abuelo!- exclamó tomando la mano del anciano que recién llegaba.

Contrario a lo que el niño imaginaba el viejo parecía muy contento y despreocupado.

-Disculpa que se me hizo tarde. El vecino se fue de pronto porque su esposa estaba a punto de dar a luz. Jojojo. Tuvo que dejarme cuidando su casa por unas horas. Y al final tuvo una hermosa niña. Eso me dijo cuando volvió. Se disculpó. Le dije que estaba bien pero insistió. Estaba tan contento. Y me obsequió queso.-

El anciano puso una bolsa en las manos de su nieto, quien no entendía nada.

-¿El vecino?- preguntó confundido.

-¿Eh? La nota... en la repisa-

Ajax buscó. Allí estaba en la repisa de arriba. Una nota de letra ilegible (por que el abuelo aun que no veía aún escribía letras de formas retorcidas que eran imposibles de leer) que explicaba que había salido a visitar a los vecinos.

-Ah-

-Lamento la tardanza-

El niño movió la cabeza sonriendo mientras caminaba por el pasillo tomando la mano de su abuelo. Con la otra mano llevaba el queso.

Ayudó al anciano a sentarse frente a la mesa y le trajo un vaso de agua, porque el viejo no tomaba limonada. El limón le parecía lo más repulsivo que podía poner sobre su lengua.

-La comida está lista- avisó Ajax.

-¿Tienes visitas?- preguntó el viejo, percatándose del otro vaso sobre la mesa, y que estaba lleno de limonada. Pero no lo había preguntado por la limonada, si no por un olor extraño que percibía, y que era conocido y disgustante.

-Si que tiene visitas- contestó el vago que venía entrando.

El anciano se levantó y se paró frente a ese tipo que era alto.

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