jueves, 30 de junio de 2011

Capítulo 2.- Lucas Daza. Maravillosamente fascinante.

Era Lucas Daza. Su nombre. El abuelo no tenía que preguntárselo por que ya lo sabía. Reconocía la voz aún sin poder distinguir el rostro. Incluso si hubiera intentado reconocerlo por su apariencia no hubiera podido. Después de todo, aquel muchacho tenía la apariencia de un vagabundo, y no la del niño que el abuelo recordaba en su anciana mente.

No. Ese ya no era el que había conocido. Estaba más alto, más peludo y más andrajoso. El abuelo no podía distinguir eso, pero lo olía. No olía al niño que se había marchado años atrás. Ni siquiera olía mucho a persona (aunque nunca lo había sido realemnte) más bien era el aroma de las calles y de porros de mariguana. De la perdición y de un verdadero monstruo.
El viejo se quedó frente a ese tipo que se sonreía muy divertido.
-Ajax. ¿Trajiste tú a esta persona?-
-Si- confesó el niño haciendo tierrita con el pie.
-Vete, Lucas- ordenó el viejo. Se había puesto de mal humor.
-Yo me voy sólo si el que me invitó lo pide- desafió el vago buscando la mirada nerviosa de Ajax, que nunca había visto a su abuelo ser desatento con nadie.
Parecía que ahí frente a él había alguien a quien el viejo odiaba. El abuelo fruncía el entrecejo, más porque no lograba enfocar bien que por que estuviera enojado.
-¿Qué te pasa en los ojos?- cuestionó el vago acercándose más. -¡Ah! Te estás quedando ciego. ¿Verdad?- se echó a reir.
El anciano cerró los ojos y los puños al mismo tiempo. Se fue en silencio por el pasillo.
Ajax se asustó, y no supo muy bien que hacer con su persona. Se arrepintió de no haber seguido con su costumbre de no llevar a nadie a la casa.
Pero tampoco sentía muchas ganas de que el vago se fuera. Le daba muchísima pena. Y no dejaba de sentirse mal.
El vago se tumbó frente a la mesa otra vez, mientras se tomaba todo el vaso de limonada. Tenía una sed que ningún líquido podía calmar. Pero la limonada ayudaba.
-Tú- le habló tan de repente que el crío se estremeció. -¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones nervioso? Ni que te fuera a hacer algo...-
Al muchacho le hacía gracia ver temblar al niño. Aunque luego de un rato comenzaba a fastidiarle.
-¿Quieres que me vaya?-
Silencio. Ajax negó con la cabeza, despacio. Como esperando que no lo viera. Pero lo vio. Y el vago sonrió de nuevo, con muchas ganas.
-Jajaja. Parece que ya conseguí una casa para vivir.-
Los ojos suplicantes de Ajax se clavaron en él.
-Ya. Es broma. Yo no quería venir. Tú me trajiste. Me voy mañana temprano.-
Esos ojos suplicantes continuaron mirándolo fijo. El vago seguía pensando que era un niño adorable. Sonrió. Con menos descaro.
Ajax volvió a la cocina. Y regresó con platos repletos de la comida que había preparado y los dejó frente al vago, que comió sin dejar de ver al niño.
-¿Por qué te asustas tanto?- cuestionó, más por hacer plática y no aburrirse que porque realmente quisiera saberlo .
-No me asusto- contestó el niño sentándose.
-¿No? Mmm...-
El crío miró sus dedos.
-Nunca vi a mi abuelo odiar a nadie- comentó.
-¿Me odia?- una zanahoria se resbaló de la boca del vago.
El niño agitó el cabeza, contrariado.
-Nunca lo vi molestarse así- trató de corregir.
El vago recuper
ó la zanahoria.
-Nhh. No se enojó contigo. ¿Qué te importa?-
-Si se enoja puede hacerle daño-
El vago dejó de prestar atención a la conversación por que justo pasaban una persecución policíaca en la televisión, y se estaba poniendo muy divertida.
Un rato después volvió a acordarse que el crío todavía estaba por ahí. Seguía allí sentado observándolo.
-¿Qué? ¿Nunca habías visto uno como yo?-
- Yo... yo. ¿Puedo preguntar?-
-¿Qué?-
-¿Por qué te conoce mi abuelo?-
-Por que también es abuelo mío- respondió como si fuera algo obvio.
El crío se quedó mudo y prefirió ir a comenzar con la limpieza de la casa.

Se llevó el resto de la tarde en eso. A veces pasando frente a la habitación del abuelo pero la puerta estaba cerrada y no se atrevía a entrar. Luego pegaba la cabeza en la puerta pero no había ruidos en la habitación, que pudiera captar.
A media tarde el vago pidió permiso para darse un baño. Nadie en su sano juicio se lo hubiera negado por en verdad que lo necesitaba y con urgencia.
El niño calentó el agua. El vago agradeció.
Ajax comenzaba a pensar que debería llevarle algo de cenar al abuelo. Y seguro el vago tendría hambre también, y...
-...- y luego se acordó que no había jabón en el baño. Tuvo que ir por él a la alacena y regresar al cuarto de baño. Pero el vago ya se estaba duchando. Se podía escuchar el agua de la regadera.
Ajax tocó, pero no fue escuchado. Abrió la puerta. Un poco primero. El vapor le golpeó la cara. Luego empujó más la puerta y se metió.
Se quedó junto a la entrada.
-Esto... te... traje jabón.- dijo aumentando el volumen de voz, intentando ser escuchado.
-¿Eh? Si, gracias. Lo estaba extrañando.- respondió el muchacho desde la niebla vaporosa. Luego una mano apareció buscando a tientas la barra de jabón. Como no la alcanzaba se acercó más. Por fin la tomó, cuando alcanzó a ver a Ajax entre la densa nube de vapor que se había encapsulado dentro del cuarto de baño. Iba a comentarle algo de que el agua tenía buena temperatura, cuando distinguió un par de ojitos obscuros muy abiertos frente a
él.
El vago no sentía pudor de que lo vieran desnudo, pero se sentía más desnudo que nunca si lo veían con tanto asombro.
-Bueno, ya. ¿Qué tanto me ves? Tengo lo mismo que tú pero más grande- dijo quitándole la envoltura a la barra de jabón. Ajax no encontraba un lugar seguro donde poner su vista, así que cerró los ojos.
-P-perdón.-
-Ya... da igual...eh- soltó el vago sonrojándose por estar desnudo frente Ajax, ya que parecía que el crío se lo había tomado muy enserio.
El niño asintió sin abrir los ojos y se regresó despacio hasta la puerta.

El viejo no abrió la puerta cuando Ajax llamó, así que el crío se devolvió a la cocina con la bandeja de la cena y una preocupación encima. El vago tampoco quiso cenar. Al crío le pareció que pasaba demasiado tiempo en la cocina como para que nadie comiera de lo que preparaba.
-Buenas noches. Ert...¿Está bien si tomo uno de los cuartos de atrás?- pregunt
ó Lucas.
El niño meneó la cabeza para decir que si, luego el vago se fue. Lo miró alejarse. Le daba mucha tristeza de sólo verlo. Aunque tuviera comida y techo, aunque se quitara la suciedad y la barba de días seguía pareciéndole un animalito abandonado. Pero tenerlo en casa causaba problemas.



-Cuando lo vi... lo reconocí enseguida. Fue como escuchar a su sangre llamándome: Hermano.-
-Él no es tu hermano- interrumpió el viejo como si sintiera asco de las palabras del vago.
-Si que lo es. Así no te guste.- respondió sentándose junto al anciano. Sonreía. Sonreía cínico y complacido de que bastara la verdad para lastimar a su abuelo.
-Yo no quería venir. ¿Ves? Él me trajo. A ti te desprecio. ¿Crees que vendría a visitarte?. Es por él. Estoy pensando... en que haría bien en llevármelo.-
El viejo dijo no. El vago se burló.
-Aunque no quieras. Es más mío que tuyo.-
-El único hermano de ese niño ya está muerto. Lo asesinaron.-
-¿Eso dices? ¿Y qué le has contado a él?-
-Nada. No tiene que saber. Aléjate de él.-
-Es mi sangre. Además contigo no está bien. Lo est
ás domesticando.-
-Él vive tranquilo aquí. No es un monstruo como...-
-¿Un monstruo así como yo? ¿O cómo tú? Tú le quitaste a su familia. Los vendiste. Entregaste a tu hijo. ¿Quién es el monstruo en realidad? ¿Quién es peor? Traidor.-
-Tú no entiendes nada. Eras un niño entonces.-
-¿Y qué por ser un niño era estúpido? ¿O ciego? -
Le encantó llegar a ese punto. Se pasó la lengua sobre el labio.
-Tú siempre fuiste el ciego porque no querías ver. Pero ahora aunque quieras ya no verás nada.- el vago comenzó a reír con una euforia enfermiza.
-Que sabes tú si no fue nuestra maldición la que te está comiendo los ojos. Que sabes tú si no es tu castigo por traicionarnos.- dejó de reírse . Su cabeza cayó sobre sus rodillas con un repentino dejó de melancolía en todo su ser.
-Pero que te quedes ciego no alcanza. No es suficiente venganza.-
El viejo se veía pálido y cansado. A la luz de la luna se veía todavía más anciano y gastado.
-No está en ti juzgar ni castigar. He tenido mis razones para actuar como lo hice... y sin embargo no llega un nuevo amanecer que no me amenace con la carga de la culpa.-
El muchacho escuchaba. Pero las palabras del anciano no lo dejaban satisfecho. El viento agito sus cabellos y ropas.
-No existe una sola razón válida para justificar una traición a la familia. Es natural, no está en ti el instinto del clan. Tu sangre no grita como la nuestra. Y la sangre de mi padre clama por venganza. Tú no tenías derecho a entregarlo. -
-Lo hice porque se estaba convirtiendo en un asesino. Mató a su primogénito, y tarde o temprano haría lo mismo con Ajax. Tu padre era un monstruo. Pensé que podía cambiar eso... pero el instinto de una bestia nunca se apaga. Es un fuego que lo devora y destruye todo. Por eso no quiero que estés aquí. Márchate-
-Ohh...- Lucas lo miró despiadadamente con una sonrisa sardónica. -En verdad no voy a estar mucho tiempo por aquí, te lo prometo. Pero cuando me vaya el niñito vendrá conmigo.-
-Ajax no pertenece a tu estirpe maldita, Lucas. Es diferente con él.-
-Que no le aúlle a la luna no quiere decir que no sea como yo.-
El hijo de alguien, el nieto de alguien, el hermano de alguien. Era Lucas Daza.

Era maravillosamente fascinante. La luz nocturna y somnolienta de un cuarto de luna amarillento brillando en el cielo. Se colaba por la ventana corrediza, arrastrándose sobre los tablones del piso hasta la cama del niño. Invadiendo la blancura de sus sábanas y de su piel.
Ajax no podía dormir. Veía la luz lunar revolotear por la habitación, como si de pronto se animara y cobrara vida y movimiento voluntario. La luz se disolvía en partículas que flotaban bailando sobre él.
Luego cuando la danza de la luz comenzaba a dejarle dormido le sobresaltaban sus pensamientos.
El vago. Todo estaba distinto desde que lo había conocido. Parecía un desastre todo, como si la presencia del muchacho sacara de orden la vida que él y su abuelo habían llevado.
El abuelo y el vago se conocían. El abuelo era también abuelo del vago. Eso era lo que el vago había dicho.
Si era así. Si por cualquier cosa fuera cierto, eso convertía a Lucas en su pariente.
Ajax sabía que su abuelo había tenido un sólo hijo. El padre de Ajax. Se llamaba... bueno, en realidad Ajax no recordaba su nombre. Pero se había casado con su madre y habían tenido dos hijos. A él y a su hermano mayor.
Ajax no hablaba nunca de eso con su abuelo. Algunas veces, tratando de tocar el tema había notado que el viejo se ponía horrendamente triste y melancólico. Entonces desistió. No precisaba saber mucho de los que se habían ido, en verdad no lo había necesitado, hasta ahora.
Ahora quería saber sobre ellos. ¿Por qué se habían ido? ¿A donde? ¿Dónde estaban? ¿Lo habían dejado porque no le querían?
Y luego una idea desbordó la mente del pequeño. El abuelo sólo había tenido dos nietos. Él y su hermano mayor. Si Lucas era su nieto también, quería decir que era el hermano de Ajax. ¡Era su hermano!.
Un ruido le hizo regresar de golpe a la realidad, olvidando momentáneamente sus ideas reveladoras. Había sido el sonido de un golpe seco. Como si hubieran golpeado el piso en algún lugar de la casa. Luego escuchó el murmullo de dos voces. Las distinguía. Apenas. Eran su abuelo y Lucas. Las voces continuaron hablando unos instantes y luego se quedaron en silencio.
Un poco después unos pasos se acercaban por el pasillo de su habitación y parecieron detenerse justo frente a su puerta. Ajax se quedó tan absorto en lo que ocurría del otro lado que pudo escuchar una respiración que venía del pasillo. Tuvo la sensación de que alguien iba a entrar. Observaba atentamente la perilla, esperando verla girar en cualquier momento. Pero no ocurrió. Los minutos pasaban sin que nada sucediera. Finalmente se escucharon los pasos de nuevo, alejándose hacia el otro corredor. Luego no hubo más ruidos que los provocados por los insectos en el jardín y el de el motor de la nevera ronroneando muy quedo en la cocina.
Ajax respiró profundamente porque había estado conteniendo la respiración para poder escuchar mejor. Su atención volvió a fijarse en las partículas de luz lunar danzantes.



El vago no tenía idea de que el anciano y el crío madrugaban a diario para ir al templo. Y el vago no se hizo idea de nada de eso porque seguía durmiendo a pierna suelta todavía cuando los otros ya estaban de vuelta. Se despertó al oírlos cruzar el umbral. Se levantó rascándose la cabeza y otras partes y le dio asco el sabor amargo de su boca. Además le estaban machacando unas ganas terribles de fumarse un porro. Estaba pensando en hacerlo cuando unos pasitos ligeros y rápidos cruzaron el pasillo. Se imaginó que era Ajax.
-Ya. Casi no me acuerdo de que estoy en esta casa.- suspiró mirando con tristeza el cigarrillo que tendría que esperar.
El cabello del vago no era castaño como parecía el día anterior. Se veía así por las capas de mugre acumuladas durante semanas. Pero ya lavado el cabello era de un color negro brillante. Se lo peinó con la mano, aplastándolo hacia abajo, con los mechones sobre su cara, y se alistó a salir. Ya en el pasillo le olió a desayuno.
-Ese crío... Como si fuera un ama de casa. ¿Es qué se pasa todo el día en la cocina?.... ¡Hey! ¡Buenos días!-
Exclamó cuando entró al comedor. Igual no había nadie ahí. Le sonrió al televisor encendido mientras se sentaba.
-Buenos días.- saludó el pequeño entrando. El silbato para perros seguía colgado de su delgado cuello.
-Hey- repitió el vago ya medio embobado con la mujer desnudista que daba el clima en la televisión.
-El... desayuno. ¿Quieres?- preguntó el niño. El vago asintió. El desayuno le fue servido y comió. No le molestó entonces que Ajax se pasara todo el día en la cocina, porque tenía hambre y la comida estaba muy bien.
-¿Dónde está tu abuelo?- preguntó cuando dieron comerciales.
-El vecino lo llamó. Lo llama siempre a estas horas para conversar. Dijo que volvía pronto.-
-Nhh.- respondió en lo que mordía un pedazo de queso. -Y... ¿Te dijo algo sobre mí?-
El niño negó. En realidad el abuelo apenas había pronunciado palabra esa mañana. Incluso durante el trayecto de ida y vuelta del templo había estado silencioso de manera inusual.
Pero el niño respetó el silencio de su abuelo, más bien porque no sabía como lidiar con él. Así que él también se mantuvo callado, soportando las preguntas que habían nacido en él y que exigían violentamente respuestas, corroyendo la mente del confundido jovencito.
A su abuelo no podía preguntarle por que lo molestaría, pero allí estaba el vagabundo. Podía preguntarle a él. Pero le daba muchísima pena.
Se apretaba los labios con fuerza, indeciso de si hablar o no. El vago le ponía nervioso. No que él fuera así. En verdad.
-¿Qué? ¿Qué quieres? Si vas a decir algo, hazlo. Me pone mal la gente ansiosa.- habló Lucas. El niño intentó dejar de estar ansioso.
-¿Vas a... irte... hoy?-
-Nhh. Aunque quisiera quedarme, que no quiero, es más que obvio que no soy bienvenido. Así que me voy, como te dije. Además esta casa me enferma, no puedo estar mucho tiempo encerrado. Yo soy de la calle. Ahí me recogiste. ¿Te acuerdas?-
El niño asintió. Su transparente y pequeño ser no ocultó la desilusión.
-¿Tienes prisa de que me vaya o qué?-
Ajax negó. Al notar que su gesto había sido exagerado se sonrojó.
-Todo te da pena.- bufó el vago medio divertido -Anoche, por ejemplo, en el baño. ¿Qué nunca habías visto a otro hombre desnudo?-
El niño se mordió el labio inferior, azorado al recordar lo del baño.
-A mi abuelo.- soltó con una vocecita
-Entonces no entiendo tu problema...- el vago se quedó repentinamente en silencio, contemplando a Ajax. Fue muy rápido. Se inclinó sobre él y mordió muy suavemente sus pequeños labios, capturándolos.
El niño se echó hacia atrás, aterrado. Sus ojitos negros completamente abiertos parecían gritar histéricos "¿Qué me haces?".
Pero de su boca salían sólo jadeos entrecortados.
Lucas no parecía ni mínimamente alarmado. Había echo aquello sin pensar. Y es que Ajax de tan nervioso se había mordido tanto los labios que le habían quedado de un rojo intenso. No había podido resistirse al color palpitante de esa pequeña boca húmeda. Pero no le había dado mucha importancia. Había sido mero instinto.
Sin embargo le estaba dando mucho morbo la reacción del crío. Se había asustado. Temblaba, confundido... curioso.
Era maravillosamente fascinante







viernes, 10 de junio de 2011

La historia de Aliento de Berkerser


Empecé a escribirla en 2007. Inicialmente quería hacer una historia corta y pervertida sobre la relación incestuosa de unos hermanos, pero poco a poco se fue convirtiendo en un largo cuento sobre hombres lobos, brujas y la relación incestuosa de unos hermanos.


Es la historia en la que más he trabajado hasta ahora. Normalmente suelo ser vaga con historias largas y me da por dejarlas incompletas, pero desde que empecé con Aliento de berserker, a pesar de que su desarrollo ha sido lento (extremadamente lento~) nunca he pensado en abandonarla.

Supongo que uno de los factores más importantes ha sido que casi al empezar a escribirla la subí a Amor Yaoi, y entonces, a pesar de mis frustraciones me ha sido imposible darme por vencida con una historia que ya tiene lectores, que de alguna manera la han apoyado y que han sido muy pacientes.

Actualmente la historia cuenta con 22 capítulos publicados, creo, y tengo dos más ya completos en espera de ser subidos, aun que aún necesitan correcciones. También tengo claro el final de la historia desde hace tiempo, sólo que me ha sido difícil llegar hasta ahí, mwha~

Incluso había pensado en un par de historias extras, más cortas, por su puesto, aun que aún está por verse, digo, si algún día logro finalizar con esta primera parte.


Los licántropos en esta historia están basados en una versión muy libre de las leyendas típicas de los hombres lobo. Algunas cosas se apoyan en la mitología nórdica (berserker, Gleipnir) aun que no es la única mitología usada de referencia.

Hace referencia a muchas cosas, algunas personales... como aquello de no poder pronunciar tortuga por estar ebrio.


Y bueno, que más, que no me considero escritora. Me faltan como mil años para alcanzar ese status, empecé con esto para complacerme a mi misma, luego también fue por el gusto de crear algo que otros disfrutaran. Por diversión, más que nada. Y la verdad es que me ha traído cosas buenas.

Este blog es por que quería la oportunidad de subir los capítulos reeditados (la verdad es que no les he cambiado tanto) y además poder subir cosas referentes, como dibujos y lo que salga.

Todos los comentarios son más que bienvenidos, siempre me he beneficiado de los comentarios que hacen, sobre todo de las criticas constructivas.

Y nada más. Espero que sigan disfrutando la historia.


domingo, 5 de junio de 2011

Capítulo 1.- Adorable. Alto.

Él era adorable. Su carita redonda se iluminaba cuando lo llamaba por su nombre y luego se escuchaban sus pasitos correr, sus pequeños bracitos cerrándose en un abrazo al rededor de su cuello. Su vocecita infantil gritando: Abuelo.

Sabía que era adorable aún cuando no podía verlo, por que el abuelo era casi ciego.
No se quejaba, sin embargo. Aunque no pudiera ver mucho, la vida le parecía muy buena.

Si. Mientras aquella vocecita siguiera llamándole con tanta alegría: Abuelo; las cosas irían bien.


El abuelo madrugaba, iba al templo y agradecía. A veces una figura pequeñita estaba junto a él, bostezando casi siempre, a veces distrayéndose con los bichos que excursionaban en el altar mohoso. De vez en cuando él también rezaba como su abuelo. Pero eran oraciones menos fervorosas y más bien simples. Las oraciones de un niño.

Agradecía por el almuerzo y que por fin llegaba el verano. Pedía por los amiguitos de la escuela, por la pata del perro que había atropellado el camión de la leche la semana pasada. Pedía por su mamá, su papá, su hermano y su abuelo. Sobre todo por su abuelo.

No era como que quisiera más al abuelo que al resto de la familia. O simplemente no lo sabía. Porque la única familia que conocía era el abuelo.

Era muy pequeñito cuando los dejaron al anciano y a él en esa casa.

No se acordaba mucho de sus papás, pero recordaba que el día que se fueron había mucha gente en la casa. Y luego de pronto ya no hubo nadie, más que el abuelo y así fue desde entonces.


Pero nunca le molestó demasiado éso. Era, a pesar de todo, feliz y nunca echó en falta nada.

Lo único que llegaba a preocuparle y demasiado a veces era su abuelo, porque el anciano se quedaba cada día más corto de vista.

Entonces el crío tenía que encargarse más y más de las labores en la casa para ayudarle al viejo.

El abuelo, a pesar de la ceguera que le comía los ojos, continuaba con su labor diaria de tallar figuritas en madera y que luego vendían los fines de semana en el mercado de la tarde.

Tampoco era como que fuera un gran negocio, y siempre terminaba regalando más figurillas de las que vendía. Pero de alguna manera tenían lo suficiente para vivir bien los dos.

Donde vivían era una casona antigua con pisos de madera y muchas habitaciones.

El pequeño se llevaba horas en limpiarla toda, y eso lo hacía una vez por semana, generalmente después de regresar del templo y de desayunar.

El abuelo se había encargado siempre de preparar las comidas, pero eso también tuvo que cambiar porque el anciano no reconocía muy bien que cosas le ponía a lo que cocinaba, y tampoco podía aprender a distinguir los ingredientes con las manos porque las tenía tan cuarteadas y callosas que a su piel le faltaba sensibilidad.

Así que el niño aprendió a preparar comida, aunque fueran cosas sencillas al principio. Luego el abuelo ponía un banquillo en la cocina donde se sentaba y le dictaba las instrucciones a su nieto mientras platicaban de alguna cosa.

La voz del niño aliviaba al viejo.

Estar con su abuelo era lo que al niño le gustaba más.

El abuelo le daba permiso de salir, de ir a jugar con los niños del parque, de ir a casa de los amiguitos luego de la escuela. Aún así muchas veces el crío prefería quedarse en casa a platicar con él y hacerle compañía.

A la casa era raro que invitara a alguien. Los amiguitos eran muy bulliciosos y él no quería incomodar al viejo. Aunque su abuelo nunca se enojaba.

Por lo general si llegaba a haber visitas eran otros ancianos que venían a tomar muchísimo té y café mientras se miraban en silencio.

Pero cada vez venían menos los ancianos y el niño entendió por qué cuando notó que cada vez había más tumbas que visitar el primer lunes de cada mes, que era cuando iban al cementerio.

Al crío le gustaba acompañar al anciano cuando salía, así que había ido al cementerio muchas veces, y también al mercado.

Justo aquella mañana, luego de volver del templo, estuvo el problema de que no había huevos para el desayuno, carne para la comida de la tarde , ni barras de jabón para el baño, así que el niñito tomó la bolsa de tela y las monedas del jarrón del estante donde les gustaba guardar el dinero, y corrió hacia el mercado, saltando los charquitos que había dejado la lluvia.



Huevos, carne, jabón, un silbato plateado y delgadito como una varilla y que servía para entrenar perros. Ese lo había comprado porque le había cogido mucha curiosidad cuando lo vio sobre el estante en una cajita de terciopelo. Además, no había costado casi nada.

Los ojitos negros le brillaban de entusiasmo mirando el pedazo de metal. Y de pronto se le cayó y rodó hasta un charco. Lo levantó y lo limpió con la camisa. Luego siguió caminando sin dejar de admirarlo. Después el pequeño tubo volvió a saltar al piso y rodó con energía calle abajo por la avenida. El crío corría tras él deseando que el silbato conociera el significado de: ¡Hey tú, vuelve acá!

Obviamente no lo conocía porque continuó rodando su libertad. Sin embargo el silbato no contaba con el pie del vago con el que chocó, así que topó contra él, lo que finalmente lo detuvo.

El vago miró el silbato con desprecio. Le pareció un atrevido pedazo de metal, así que lo pateó al borde de la banqueta. Luego continuó fumando su porro.

No parecía en realidad un vago, si no más bien un tipo mugroso disfrutando un porro en la calle. Pero igual cualquiera le hubiera llamado vago para ahorrar tiempo. Y porque la palabra le sentaba bien.

El crío llegó corriendo, agitado y con toda la cara roja y sudorosa. Sintió pena por el silbato que había sido pateado pero igual lo recogió y volvió a limpiarlo con la camisa.

Una vez más el pequeño metálico volvió a relucir y a sentirse orgulloso de su plateado ser, pero el niño había dejado de admirarlo con los ojos llenos de ilusión, y en vez de éso observaba al vago.

Luego de un rato el extraño tipo levantó la cabeza. Tenía en los ojos enrojecidos una mirada pesada y viciosa que clavó sin piedad en el niño. Se rascó la cabeza, una vez y luego otra, y luego la barba de tres días se estiró para mostrar una especie de sonrisa.

-Que gracioso. Me parece que te conozco- soltó con una voz rasposa -¿Cómo te llamas?-

El crío apretó el silbato con los dedos.

-Ajax- contestó con una vocecita tímida.

Él era adorable. Eso pensó el vago.






Era alto. Ajax debía estirar mucho el cuello hacia arriba para poder ver tan sólo el mentón del vago, asomándose por sobre el poncho polvoroso que éste vestía.

Los pequeños pasos del niño se esforzaban por alcanzar los que ese tipo daba y que eran muy largos.

El crío no había visto antes y tan de cerca a un vago, mucho menos hablado con uno, por lo que estaba lleno de curiosidad hacia el zarrapastroso.

Ajax en lo normal no invitaba a nadie a la casa, pero éste no era un amiguito bullicioso, era un vago y no parecía demasiado ruidoso. Además le daba la sensación como de que era algún tipo de animalito abandonado al que podía llevarse a casa y alimentar.

Si. El vago era como una mascota que quería adoptar porque era un bicho muy curioso.



El silbato resbaló de nuevo de las manitas sudorosas del niño, en un intento de rodarse bajo un automóvil, pero el vago lo atrapó y lo puso otra vez en las manos del pequeño, quien volvió a apretarlo.

-Así vas a terminar perdiendo esa cosa- dijo el vago sacándose algo de entre la ropa. Se arrancó una cadena que llevaba al cuello y de donde colgaba una plaquita de metal con una inscripción.

-Lucas Daza- leyó Ajax cuando el vago le pasó la cadena.

-Así me llamo. Contestó arrebatándosela de prisa para quitarle la placa, la cual se guardó en el bolsillo de los vaqueros y luego devolvió la cadena al niño.

-Pon ahí el silbato-

El niño lo colgó de la cadena y se lo puso al cuello. Así terminaron los sueños de escape del pequeño silbato metálico.

-Es un silbato para perros. ¿Tienes perro?- preguntó el vago. El niño negó con el cabeza, apenado.

-¿Para qué lo quieres entonces, vaya?-

El niño se encogió de hombros. -Me gusta- dijo. Acomodó el pitillo en sus labios y sopló con fuerza. No se escuchó el sonido. A lo lejos aullidos caninos y ladridos de protesta. Ajax sonrió.-Porque sólo los perros lo oyen-

-Yo también lo escucho. Es un ruido fastidioso, así que no lo hagas si yo estoy cerca.-

El niño dejó colgar el silbato e continuó con la cabeza baja.

-No es cierto...- susurró.-¿Puedes escucharlo de verdad?-

-Te digo que si.-

Entonces el pequeño se dio cuenta que el tiempo se pasaba muy rápido estando con el vago y que ya era cerca de medio día. Y él tendría que haber llegado hacía horas a la casa para hacer el almuerzo. Ya era tarde para eso y cuando llegara tendría que empezar a hacer la comida. Pensó en correr las calles que le faltaban para llegar, pero el vago iba con él. No iba a dejarle atrás, podría creer que quería deshacerse de él.

Pero luego pensó en que su abuelo se estaría preocupando mucho.

-Tengo...que apurarme. - dijo con pena. -Se me hizo tarde-

-Se te hizo tarde. Pues corre, anda-

Ajax se retorció las manos, mirándolo casi con piedad.

Y entonces el vago entendió que era una mascota a la que acababan de adoptar. Suspiró impaciente y sin avisar levantó el pequeño cuerpo de Ajax y lo acomodó en su espalda. Los pequeños brazos estrecharon su cuello.

-¿Por donde queda tu casa?- El niño señaló hacia el este, y el vago comenzó a correr muy rápido en esa dirección.

Se detuvo frente a la grande y vieja casa.

-¿Aquí?- preguntó el vago.

-Si- respondió el niño preguntándose si tendría que saltar para poder volver al suelo. No fue necesario. El vago lo bajó.

Luego el niño debió halar la mano del tipo, porque éste se había quedado inmóvil mirando a la entrada. Finalmente consiguió hacerlo pasar.

-Ahora mismo voy a preparar la comida.- informó el crío. El vago lo seguía por el pasillo, y mientras caminaban el pequeño revisaba cada habitación frente a la que pasaban, como si estuviera buscando algo.

-Siéntate-

El vagó se sentó frente a una mesita. En la habitación había una televisión. Ajax la encendió y luego se fue a la cocina. Volvió enseguida con una limonada y la puso frente al vago. Éste sonrió.

Ajax regresó a la cocina y comenzó con la comida. Justo picaba la carne cuando el vago dejó oír su voz desde la otra habitación.

-¿No hay nadie más en casa?-

El niño se preocupó de que su abuelo no estuviera. Suspiró tallándose la frente con el antebrazo.

-No- contestó a la pregunta que le habían hecho.

-Ahhh- dijo el vago recargado en el marco de la puerta de la cocina.

-¿Con quién vives?-

-Con mi abuelo-

El vago sonrió de nuevo. Una sonrisa menos confiable que todas las otras que había mostrado antes.

-¿Dónde está el baño?-

Ajax señaló una puerta al final del corredor y el vago se fue hacia ella.

Un caldo infestado de verduras se cocía en la estufa. En una cazuela había arroz. Ajax lo revisaba cuando escuchó a alguien en la puerta de la entrada.

-¡Abuelo!- exclamó tomando la mano del anciano que recién llegaba.

Contrario a lo que el niño imaginaba el viejo parecía muy contento y despreocupado.

-Disculpa que se me hizo tarde. El vecino se fue de pronto porque su esposa estaba a punto de dar a luz. Jojojo. Tuvo que dejarme cuidando su casa por unas horas. Y al final tuvo una hermosa niña. Eso me dijo cuando volvió. Se disculpó. Le dije que estaba bien pero insistió. Estaba tan contento. Y me obsequió queso.-

El anciano puso una bolsa en las manos de su nieto, quien no entendía nada.

-¿El vecino?- preguntó confundido.

-¿Eh? La nota... en la repisa-

Ajax buscó. Allí estaba en la repisa de arriba. Una nota de letra ilegible (por que el abuelo aun que no veía aún escribía letras de formas retorcidas que eran imposibles de leer) que explicaba que había salido a visitar a los vecinos.

-Ah-

-Lamento la tardanza-

El niño movió la cabeza sonriendo mientras caminaba por el pasillo tomando la mano de su abuelo. Con la otra mano llevaba el queso.

Ayudó al anciano a sentarse frente a la mesa y le trajo un vaso de agua, porque el viejo no tomaba limonada. El limón le parecía lo más repulsivo que podía poner sobre su lengua.

-La comida está lista- avisó Ajax.

-¿Tienes visitas?- preguntó el viejo, percatándose del otro vaso sobre la mesa, y que estaba lleno de limonada. Pero no lo había preguntado por la limonada, si no por un olor extraño que percibía, y que era conocido y disgustante.

-Si que tiene visitas- contestó el vago que venía entrando.

El anciano se levantó y se paró frente a ese tipo que era alto.